...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


El Arca del Nuevo Siglo no se responsabiliza por material de cualquier tipo no solicitado, ni tampoco por la devolución del mismo. Las colaboraciones firmadas expresan la opinión de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión de la revista. La línea editorial de la revista se expresa exclusivamente a través de los textos firmados por su Consejo Editor.

 

 



De las andanzas de Pizarro, Álvar Núñez y otros

Entre los metales y el Paraíso

Roberto Hosne / Periodista e historiador
Publicó una decena de libros, entre ellos, Gente sencilla, 1958, Stílcograf; El Regreso, 1962, Nueva Expresión; Narradores argentinos contemporáneos (Barletta, Hosne, Manauta, Onetti, Rivera, Wernicke), 1963, Nueva Expresión; La aventura austral, 1988, Ediciones Bancal; Barridos por el viento, 1996, Planeta; Historias del Río de la Plata, Planeta, 1998; Francisco P. Moreno, 2006, Emecé; Patagonia, history, myths and legends, 2008, Kel Ediciones; Adventures in the Patagonian Andes, 2009, Kel Ediciones.


Roberto Hosne falleció el 8 de octubre de 2013, durante la preparación de este número.


“Por aquí se va al Perú a ser ricos; por aquí se va a Panamá a ser pobres: escoja todo buen castellano lo que mejor le estuviere”, esclarecía Francisco Pizarro en el siglo XV en su ruta hacia el oro y la plata. De paso, “arreaban mujeres para su servicio como quien va a una feria y trae una manada de ovejas”. Las bajas, en parte, eran compensadas por los miles de mestizos concebidos por los conquistadores.

 

Uno de los primeros mapas que se conservan de Perú. Pizarro aportó al Imperio Español la que se consideraba como la más rica de sus colonias de ultramar.
Francisco Pizarro (1478-1541) conquistador del Imperio Incaico.

Y los conquistadores que incursionaban por el Río de la Plata, convencidos de que en la región no obtendrían riqueza alguna y que para ello habían desafiado al océano, repelían el menoscabo de tener que afrontar todos los días la obtención del sustento y concluir en siervos de la gleba.
Entonces, se consagraron febrilmente a emprender las entradas a las minas de los metales preciosos.
Después de su trágico fracaso expedicionario Pedro de Mendoza instaba a Juan de Ayolas a llevar a toda la gente “que cupiere en los bergantines” y, llegado el caso, “pasar derecho a la otra mar, (océano Pacífico) pero que siempre deje casa en Paraguay para saber siempre de él”. Y si “os encontréis con Almagro o con Pizarro procura de haceros su amigo…”.
Mendoza disponía, dentro de la exorbitante porción de Sudamérica que le otorgó Carlos V, doscientas leguas sobre el Pacífico. Ayolas adhirió al plan de Mendoza y dejó interinamente a cargo a Domingo Martínez de Irala como teniente de gobernador, quien compartió el plan que consistía en llegar a la Sierra de la Plata.
Irala deseaba convertir a Asunción en una plaza fuerte y organizar allí las expediciones a la región de los metales. Comisionó al capitán Juan de Ortega para derribar todo lo que se hallaba en pie en Buenos Aires y trasladar a los pobladores a Asunción.
En 1541, Alonso Cabrera, oficial del rey, aprobó la evacuación de Buenos Aires estableciendo en sus considerandos que era “fría y la mayor parte de la gente está tan desnuda que no tienen con qué cubrir sus carnes”. En cambio, por ser Paraguay tierra caliente “los que están desnudos podrán mejor vivir lo que les durase la vida”.
Postrado por los padecimientos, atacado por el morbo gallico (sífilis), Pedro de Mendoza, en su agonía, suplicaba a Ayolas: “…si Dios os diere alguna joya o alguna piedra, no dejéis de enviármela porque tenga algún remedio de mis trabajos y de mis llagas”. Poco después fallecía.

“Los que allí no dejaron el pellejo, quedaron de prisioneros… En una sola escaramuza ganamos mil esclavos.”
(Schmidl)


Juan de Ayolas, a su vez, fue atacado por los indios payaguás y ultimados él y su gente.
Sucede a Mendoza el adelantado Álvar Núñez Cabeza de Vaca, precedido de cierta fama a causa de su temeraria exploración por la Florida. En octubre de 1541 emprende una histórica marcha de más de mil kilómetros a través de la selva, descubre las cataratas siguiendo el curso del río Iguazú hasta donde el río da “un grande salto por unas peñas abajo muy altas, y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe, que de muy lejos se oye”.
El 11 de marzo de 1542, Álvar Núñez llega a Asunción y es recibido por Irala quien ante tan inoportuno arribo se ve obligado a suspender su expedición a la Sierra de la Plata. Ambos percibieron ya en ese primer momento que se había declarado una sorda rivalidad.
Irala, consciente de su poder e influencia, ejercía la autoridad con firmeza y manejaba hábilmente a sus subalternos como a los nativos. Incitó subrepticiamente a los residentes a manifestar su decepción ante la falta de suministros y ropas que esperaban que les proveyeran los recién llegados, a lo que se sumó la protesta de los indios, los verdaderos proveedores de alimentos, por el aumento de la manutención a que obligaba el mayor número de personas.
Pero, por sobre todo, la autoridad de la que estaba investido el adelantado y su intromisión en la codiciada búsqueda de los metales preciosos.
Álvar Núñez, luego de informarse, hizo saber su contrariedad por la destrucción de Buenos Aires y manifestó su indignación considerando a “Asunción condenada a mil pecados” por merecer ser “llamada por el vulgo: el paraíso de Mahoma”.
Ocurría que las dulces y voluptuosas guaraníes mitigaban la dura vida de los soldados conviviendo varias con cada uno de ellos y ocupadas en mantenerlos. Ese sensorial y placentero giro en la vida de los conquistadores arribados con Pedro de Mendoza fue severamente condenado. El presbítero Francisco de Andrada informó al Consejo de Indias que los conquistadores se habían apegado “a la maldita costumbre de que las mujeres son las que siembran y cojen el bastimento”.
El presbítero Francisco González Paniagua refirió que el conquistador que “está contento con cuatro indias es porque no puede haber ocho, y el que con ocho porque no puede haber diez y seis” y que “no hay quien baje de cinco o de seis, la mayor parte de quince, y de veinte, de treinta y cuarenta, los lenguas y capitanes”. Entre ellas, promiscuamente, convivían madres e hijas, hermanas y parientes sometidas a un único dueño.
Irala, el caudillo de esa paupérrima comunidad y a la vez múltiple esposo era permisivo con el comportamiento de sus soldados. En su testimonio, el estante Jerónimo Ochoa de Eizaguirre expresaba: “No hay Alcorán de Mahoma que tal desvergüenza permita, porque si veinte indias tiene cada uno, con tantas o las más creo que ofende, que hay hombres tan encenegados que no piensan en otra cosa”. El clérigo Martín González denunció que, de unas cincuenta mil indias “ahora estarán entre los cristianos quince mil y todas las demás son muertas”, porque los conquistadores arreaban “mujeres para su servicio como quien va a una feria y trae una manada de ovejas, lo cual ha sido causa de poblar los cementerios de las iglesias de esta ciudad y haber perecido en la tierra más de veinte mil ánimas”.
En una década, y sin proponérselo, los conquistadores atenuaron los efectos de tanta muerte contribuyendo a fecundar alrededor de cinco mil mestizos.

Ulrico Schmidl (1510-1579), soldado alemán cuyas crónicas constituyen los primeros testimonios conocidos.
Una india que “sostuvo el candil y la lumbre mientras la jugaban” –refirió el clérigo González– fue obligada a acompañar desnuda al ganador porque el que la había perdido a los dados aseguraba no haber jugado el vestido que traía”.
El cronista Juan Francisco de Aguirre tampoco exculpó a Álvar Núñez y reveló que al regreso de una frustrada entrada en busca de oro y plata, el adelantado trajo prisioneros a indios samocos en carácter de esclavos a “perpetua servidumbre”.
En septiembre de 1543 organiza otra entrada a la Sierra de la Plata para situar las minas de los metales preciosos (trescientos soldados: arcabuceros, ballesteros y jinetes, y ochocientos indios) pretendiendo, además, diferir las controversias con la oficialidad a causa de diferencias en la paga de los diezmos o el “quinto del Rey”, enfrentamiento que fomentaba Irala.
En opinión de Villalta, “los rencorosos oficiales, la zapa de Irala, el agua, la selva, la enfermedad quebraron el impulso del adelantado. Presionado por capitanes, clérigos y oficiales de la Corona, Álvar Núñez se sintió obligado a retornar a Asunción, y aunque era evidente que su autoridad menguaba, despectivo y altanero creyó que su investidura lo protegería.
“(…) cuando la gente vio que el capitán general –refirió Ulrico Schmidl– no quería moderarse , nobles y villanos decidieron hacer una asamblea, pues querían prender al capitán general y enviarlo a Su Cesárea Majestad haciéndole saber cómo se había portado con la gente y cómo no podía gobernar el país”.

Una de las causas del derrocamiento de Álvar Núñez –apuntó Pedro Fuentes– fue que les reprendía a los conquistadores “sus vicios y pecados que son tantos que exceden a la secta de Mahoma”. El adelantado también había acusado a Irala de ser tolerante con los arrebatos antropofágicos de los guaraníes.
El 25 de abril de 1544 partidarios de Irala y oficiales del rey, con las espadas desenvainadas y esgrimiendo arcabuces, irrumpieron en la casa de Álvar Núñez al grito de “¡Libertad! ¡Libertad!” y lo tomaron prisionero. Irala fue repuesto en el cargo y el adelantado, engrillado, incomunicado y encarcelado. Once meses después, con la barra de grillos remachada a los pies, fue llevado de los brazos y depositado en un estrechísimo calabozo de una carabela en el que apenas entraba un haz de luz por el techo y embarcado rumbo a España.
Álvar Núñez llevó el conflicto a las cortes pero el tiempo transcurría sin definiciones y jamás pudo regresar a Indias. El monarca, sin manifestarlo, admitía que el poder, en el Río de la Plata, es de quien lo ejerce y sabe perpetuarlo.
Analizando las experiencias anteriores, Irala –ahora el jefe absoluto– prepara cuidadosamente su expedición, que resultó ser la mejor organizada hasta entonces para ir a la búsqueda de la Sierra de la Plata, la mayor obsesión de todos los conquistadores arribados al Río de la Plata. Emprendió la aventura con 300 soldados y alrededor de 3 mil indios. No tuvieron mayores contratiempos, excepto algunos combates con algunas tribus. En general, los aborígenes con los que se cruzaban les facilitaban el sustento y finalmente llegaron al territorio de los macasís.
Relató Ulrico Schmidl: “Nos recibieron muy bien y en seguida nos empezaron a hablar en español; nos quedamos fríos donde estábamos y acto continuo les preguntamos a quién estaban sometidos o a quién tenían por señor”. Su señor era el español Pedro Anzures.
Irala y sus soldados se derrumbaron. Tantos años de búsquedas y preparativos para culminar en tal decepción. Estaban en jurisdicción ajena, por lo que a Irala se le ocurrió ofrendar sus servicios al gobierno de Lima y simultáneamente pedir –más bien suplicar– ayuda para la misérrima Asunción. No quería regresar al Paraguay sin nada, para que el fracaso resultara menos denigrante.
Al igual que Álvar Núñez, Irala mantenía censurada la correspondencia con España para impedir el despacho de información comprometedora. El aislamiento en que se desenvolvía el feudo lo condenaba a la ignorancia de lo que ocurría en la metrópoli y en los emplazamientos españoles dependientes de Lima.
Desencantados, emprendieron el regreso al Paraguay y cuando atravesaban tierras de los corocotoquis tuvieron que enfrentarlos porque se negaron a proveerlos de alimentos. El irascible Irala ordenó el ataque: “Los que no dejaron allí el pellejo, quedaron esclavos nuestros. En esa sola escaramuza ganamos como mil esclavos, aparte de los hombres, mujeres y niños que matamos”, registró Ulrico Smichdl.
Descarnado relato de un mercenario, a quien nada asombra o conmueve, ni tampoco intimida, saturado como está, aunque no remordido, en el oficio de matar y someter. Irala gobernó desde abril de 1544 hasta octubre 1556, muriendo al contraer una enfermedad a los sesenta años. Su principal iniciativa estuvo encauzada en la obstinada búsqueda de los metales preciosos.

De mano dura, taimado, permisivo cuando convenía a sus propósitos, fomentó el resentimiento contra los capitanes de linaje, en su mayoría infatuados e incompetentes, emplazando un feudo para hacer y deshacer a su antojo. Prefiguró al gobernador intolerante, despótico cuando los hechos escapaban a su control. Algunos historiadores lo calificaron como el primer caudillo del Río de la Plata.

Bibliografía:
AZARA, FÉLIX DE, Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata. Bajel .
FITTE, ERNESTO J., Hambre y desnudez en la conquista del Río de la Plata, Buenos Aires.
GROUSSAC, PAUL, Crítica literaria, Mendoza y Garay, Editorial de Belgrano.
HOSNE, ROBERTO, Historias del Río de la Plata, Planeta.
LAFUENTE MACHAIN, R. DE, Gobernador Domingo Martínez de Irala, Buenos Aires en el siglo XVII y siglo XVIII, Buenos Aires
MANDRINI, RAÚL, Argentina indígena, Centro Editor.
NÚÑEZ CABEZA DE VACA, Á., Naufragios, Cambio 92.
SCHMIDL, ULRICO, Viaje al Río de la Plata, Emecé.
VILLALTA, BLANCO, Historia de la conquista del Río de la Plata, Atlántida.
VIVANTE, ARMANDO, Pueblos primitivos de Sudamérica, Emecé.

La primera aventura indiana estimuló la imaginación del joven Pizarro que se alistó rumbo a La Hispaniola.