...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
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Eduarda Mansilla.
Entre-ellos, una escritora argentina del siglo XIX

Biografía familiar, espacio político

Irene Chikiar Bauer / Periodista, docente y escritora
Master en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural por la Universidad de San Martín, en la que se desempeña como docente. Es autora de la biografía Virginia Woolf, la vida por escrito (Taurus, 2012). Ha publicado ensayos literarios sobre San Juan de la Cruz (Ejercicio de amar, 1993), Julio Cortázar (A propósito de Rayuela, 1994), Felisberto Hernández (Aproximaciones a un autor, 1995) y Juan L. Ortiz (Un pensamiento realizado de la luz, 1996). Edita la sección bibliográfica de la revista El Arca.

En un libro de reciente edición sobre una de las primeras escritoras argentinas, Eduarda Mansilla (s. XIX), la ensayista Irene Chikiar Bauer se ocupa de revisitar la obra publicada en el país y en el exterior y muestra cómo esa autora, a pesar de las limitaciones impuestas a su género, pudo interpelar a otros escritores y debatir sobre temas culturales y políticos. Aquí, un extracto de la obra.

 

Eduarda Damasia Mansilla nació el 11 de diciembre de 1834 en Buenos Aires. Fue la segunda hija de Agustina Ortiz de Rozas (1816-1898), hermana de Juan Manuel de Rosas, y del general Lucio Norberto Mansilla (1789-1871).
Su padre luchó en las invasiones inglesas al mando de Liniers; fue capitán de San Martín; participó en la batalla de Chacabuco, y en la Campaña del sur de Chile, al mando de Las Heras. En su larga trayectoria, Mansilla fue gobernador de Entre Ríos, con el apoyo de Estanislao López y de Rivadavia, y además de pelear en Ituzaingó, el año del nacimiento de Eduarda, fue nombrado jefe de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires. En 1845 se destacó en el combate de la Vuelta de Obligado y, luego de Caseros, se exilió largo tiempo en Francia.
La infancia de Eduarda y de su hermano mayor, Lucio Victorio (1831-1913), transcurrió durante el gobierno de su tío. En Mis memorias (1904) Lucio recuerda anécdotas de niñez y señala que Eduarda asistía a la escuela de Misia Candelaria Soria, que también estudiaba idiomas, principalmente francés (C1880: 12). Por su parte, en una semblanza biográfica, publicada en El Plata Ilustrado en 1872, el escritor romántico y diplomático colombiano Rafael Pombo recuerda que la madre de Eduarda, Agustina, fue considerada por el embajador inglés en el Plata, Lord Hawden, “la belleza de ambos hemisferios” (Pombo, 1872: 574). Este escritor también menciona que el “primer ensayo formal de la pluma de Eduarda […] no fue en castellano sino en francés […] un “Diálogo sobre la resignación, a semejanza de Fedón”, (1872: 575). Hasta sus 17 años, Eduarda vivió rodeada de poder y belleza.
Eduarda Mansilla (1834-1892). Un oscuro destino: desde su último libro en 1885, hasta la reedición de 1933, pasaron cuarenta y ocho años.

De niña, si la anécdota que relata Pombo es cierta, el contacto con las personalidades más importantes de su época era común para ella: “Apenas los once bailaban en su travieso palmito, servía de intérprete entre el Presidente y el Embajador. Espectáculo curioso, y temible recurso diplomático: la voz de semejante criatura sirviendo de conductor a un orgullo patrio sin límites y a una voluntad de hierro: la sonrisa de una niña fulminando el rayo” (Pombo, 1872: 574).
Es probable que su sonrisa se desvaneciera en 1852, tras la caída de Rosas, cuando su familia pasó a ser señalada por haber sido parte del círculo íntimo y de poder, de quien, a partir de ese momento, pasó a ser no ya tío, sino “tirano”.
Dos años después de Caseros, en diciembre de 1854, pocos días antes de que Eduarda se casara con Manuel Rafael García (1826-1887), abogado y diplomático, hijo de Manuel José García, ministro de Relaciones Exteriores de Rivadavia, Mariquita Sánchez de Thompson escribió en una carta a su hija: “¡Qué misterio es la tristeza de Eduarda! Mucho me temo que sean infelices. La vida de representación continua a que está acostumbrada la ha de extrañar” (P: 69).

Para incluir a Eduarda Mansilla en el canon literario argentino, se hace necesario ver que la actual crítica nacional asigna a las mujeres una posición marginal.


La preocupación de Mariquita se ha interpretado en relación con lo irreconciliable que parecían las familias de los novios. En ese sentido, puntualiza Juan María Veniard: “Se unían así dos familias enroladas en posiciones políticas antagónicas: los García, diplomáticos y jurisconsultos; liberales, rivadavianos, unitarios y amigos de los extranjeros; y los Mansilla, federales, nacionalistas y desconfiados de todo lo foráneo. Un diario de Montevideo dijo que se trataba del enlace de Romeo y Julieta” (1986: 25).
Nuevamente, una carta de Mariquita Sánchez de Thompson a su hija Florencia, escrita unos meses antes del enlace, parece convalidar la existencia de este conflicto: “¿Cómo está Agustina? Dile a Enrique que le diga a Manuel García que no he recibido la contestación de mi carta que me pregunta. Dile a Agustina que se empiece a consolar, que con el nieto se ha de empezar a sosegar la marea, que yo he empezado a ser amable y buena conforme me he ido arrugando, que dice Julio que si no le han dado las viruelas las rabias seguirán. Dime si es cierto que el gobernador la ha borrado de la Beneficencia” (Sánchez de Thompson, 2003: 275).
Al decir –en 1904– que había “más afinidad entre Rosas y su pampa […] que entre el señor Rivadavia o el señor García y el país que querían gobernar”, significativamente, Ricardo Rojas aludió a la diferencias entre las dos familias y concluye: “La barbarie siendo gaucha, puesto que iba a caballo, era más argentina, más nuestra” (R. Molas, 1982: 301).
Este tipo de afirmaciones induciría a pensar que ambas familias eran irreconciliables. Pero hay que destacar que Manuel José García, ministro de Rivadavia, siguió actuando en política incluso en los primeros tiempos del gobierno de Rosas; y aunque después se distanció del Restaurador, siguió viviendo en el país. Por otra parte, hay cartas donde Rosas llama a Manuel Rafael “mi montonerito”. También cabe señalar que Eduarda y Manuel Rafael estaban emparentados, a través de la rama de los Ortiz de Rozas.
Es probable que para 1855, fecha del casamiento de ambos, muchas de las asperezas y antagonismos se hubieran reencauzado. Incluso en los últimos tiempos del gobierno de Rosas, algunos de los que lo rodeaban no estaban conformes con su manera de actuar tras el pronunciamiento de Urquiza. Un recuerdo de Lucio V. Mansilla sirve para ilustrarlo. En diciembre de 1851, al tanto de los peligros que atravesaba el gobierno de su tío tras el pronunciamiento de Urquiza, Lucio decidió regresar de París, y sorprendió a su familia. Al día siguiente, sus padres lo enviaron a casa de Rosas a pedir la “bendición” acostumbrada, y éste lo tuvo esperando desde las cinco de la tarde en Palermo. Finalmente, Rosas recibió a su sobrino y comenzó a leerle, hasta las tres de la madrugada, un “Mensaje” que calificó de muy bueno, agregando que “ha durado varios días la lectura en la Sala” (Mansilla, L., 1945: I, 107). Al regresar a su casa, Lucio explicó la tardanza a sus padres, diciendo: “Había estado ocupado con mi tío”; también explicó que Rosas le había “estado leyendo” el “Mensaje”. Tras el relato, recordó Lucio, su padre, el general Mansilla, “se encaró con mi madre y prorrumpió con visible desesperación: “No te digo que está loco tu hermano. Mi madre se echó a llorar” (Mansilla, L., 1945: 111).

Manuel Rafael García Aguirre (1826-1887). Esposo de Eduarda Mansilla. En 1860 fue enviado a Washington para estudiar el sistema de justicia.
Como señala Halperin Donghi, la caída de Rosas “había sido anticipada y sus consecuencias exploradas en la etapa final del rosismo” (2007: 43).
La situación no fue fácil para Lucio Norberto Mansilla, por entonces general de Armas de la ciudad de Buenos Aires. Considerando oportuno dejar el país, se embarcó, junto con su hijo Lucio Victorio, en el vapor Prince, en el que también viajaba Sarmiento, que se dirigía al Brasil, enojado con Urquiza (Gibelli, 1968: IV, 7).
El caso es que al cumplirse tres años de Caseros, el 31 de enero de 1855, cuando Eduarda se casó con Manuel Rafael García, su padre estaba exiliado en París. En diciembre de ese año, nació Eduarda Nicolasa Agustina, su primera hija, y cuatro años después, Manuel José. Manuel Rafael García se desempeñó como juez de paz y, a partir de 1853, como diputado de la Legislatura de Buenos Aires (Sierra, 1980: 228), también se inició en el ámbito editorial al publicar un Manual del juez de paz. Mientras Buenos Aires estuvo separada de la Confederación, fue funcionario del gobierno de Pastor Obligado. El matrimonio con García reposicionó a Eduarda en el campo político. En 1860, García fue comisionado para estudiar el sistema de justicia de los Estados Unidos, por lo que el matrimonio y sus dos primeros hijos viajaron a ese país. En Washington hicieron amistad con Domingo Faustino Sarmiento, por entonces embajador argentino.
Ese año, Eduarda publicó en Buenos Aires, a manera de folletín en el diario La Tribuna, sus dos primeras novelas, con el seudónimo de Daniel. Primero apareció El médico de San Luis y luego Lucía; episodio sacado de la historia argentina, titulada después Lucía Miranda. En 1863, bajo la presidencia de Mitre, Manuel Rafael fue nombrado secretario de la Legación Argentina en Francia, Gran Bretaña, Italia y España, con sede en París.

Su superior era el yerno del general San Martín, Mariano Balcarce, que había sido nombrado enviado extraordinario y ministro plenipotenciario. En ese momento, comenzó la vida diplomática del matrimonio.
En 1868, y hasta 1873, Manuel Rafael García reemplazó a Sarmiento, elegido presidente, como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en los Estados Unidos. En 1868, Eduarda publicó en francés Pablo ou la vie dans les pampas, que apareció primero por entregas en la revista L’Artiste, de Arsène Houssaye, y luego, en 1869, fue editado como libro por E. Lauchaud. Poco después, entre el lunes 28, el martes 29 de noviembre y el viernes 30 de diciembre de 1870, con traducción al castellano de su hermano Lucio, Pablo o la vida en las pampas fue publicado en La Tribuna como folletín.
En 1873, Sarmiento, presidente de la República, encomendó a Manuel Rafael García la dirección y el seguimiento, en Inglaterra, de la construcción de la primera flota de guerra moderna de la Marina Argentina. Los García viajaron nuevamente a Europa. Eduarda fijó residencia en París, donde permaneció hasta 1879, cuando su marido fue nombrado embajador ante Gran Bretaña, momento en que ella decidió regresar a Buenos Aires con el menor de sus hijos, tras permanecer dieciocho años fuera del país.
En la Argentina, publicó artículos periodísticos, principalmente en La Gaceta Musical, El Nacional, La Nación y La Ondina del Plata. En 1879 fue nombrada socia honoraria del Círculo Científico y Literario, fundado por estudiantes del Colegio Nacional.
En 1880 apareció Cuentos, primer libro de relatos infantiles publicado por autor argentino. En 1881, la obra de teatro La marquesa de Altamira; en 1882, Recuerdos y la reedición de Lucía Miranda; en 1883, Creaciones y, finalmente, en 1885, la nouvelle Un amor.

En 1884, Eduarda regresó a Londres, donde se encontró con su marido y sus hijos varones, ya que su hija “Eda” se había casado con un noble francés. Cuando García fue trasladado a la corte imperial de Austria-Hungría, Eduarda permaneció en París, junto a su hijo Daniel, estudiante de Derecho, que también fue diplomático y a quien acompañó en su primer destino, en Italia (García Mansilla, 1950: 172). En 1887, García sufrió un accidente que lo llevó a la muerte. Eduarda viajó a Viena y alcanzó a verlo antes de su deceso. La familia regresó a Buenos Aires para iniciar la sucesión. Eduarda permaneció en la Argentina hasta su muerte, el 20 de diciembre de 1892.

Considerando la figura del escritor-intelectual

Cuando se habla de los escritores argentinos del siglo XIX, suele partirse de la misma concepción que tenían los hombres de entonces, para quienes, se sabe, la literatura argentina estaba intrincada inexorablemente con la política, a tal punto que los escritores se veían a sí mismos como testigos y protagonistas de la historia. En ese contexto de producción, la figura del escritor se fundía con la del ideólogo, adquiría dimensión profética o mesiánica, se revestía de un destino heroico. Tal entramado no facilitaba, dada la posición que ocupaban en el espacio social, la inclusión de las mujeres.
Esta situación queda clara desde los inicios de la crítica literaria argentina con la figura de Juan María Gutiérrez, decano de los críticos, cuya extensa trayectoria se inició en la década de los treinta del siglo XIX y culminó en la de los setenta, y también en la obra fundante de Ricardo Rojas.

Lucio V. Mansilla (1831-1913). Hermano mayor de Eduarda. Derrotado Rosas, adscribió a nuevas políticas y apoyó a sus enemigos.

Lo que salta a la vista, particularmente en el caso de Eduarda Mansilla, es que la mayor parte de sus contemporáneos y los historiadores de la literatura y críticos que los continuaron, al analizar el corpus del siglo XIX, no problematizaron, sino que perpetuaron categorías de escritor e intelectual ya acuñadas, limitándolas a un conjunto de prácticas estéticas y políticas. En esa construcción programática, que relaciona estrechamente la literatura con la nación y a ambas con la identidad nacional y con la patria, a las mujeres se les reservó el espacio doméstico y privado.
Nuestra intención es repensar la categoría “escritoras” y actualizarla, de manera tal que podamos leer más y mejor una serie de obras olvidadas o desdeñadas, que gracias a valiosos trabajos críticos se encuentran en vías de legitimación. En este sentido el proyecto es ambicioso: recuperar y poner en valor la obra de Eduarda Mansilla, partiendo de los estudios contemporáneos realizados por María Rosa Lojo, en su edición crítica de Lucía Miranda (2007); María Gabriela Mizraje, responsable de la edición de Pablo o la vida en las pampas (2007), y Hebe Beatriz Molina, a cargo de la edición anotada de sus Cuentos infantiles (2011), así como también de otros autores que, sólo desde la década de los ochenta del siglo pasado, han iniciado este proceso de rescate.
Pero también es importante detenerse en algunas de las causas de este olvido. Citando a Bourdieu: “Sólo la historia puede librarnos de la historia”, es decir, “del dominio de un pasado incorporado que se sobrevive a sí mismo en el presente, o de un presente que, como las modas intelectuales, ya es pasado en el momento de su aparición” (1990: 56).
Un universo de supuestos y censuras, muchas veces inconscientes, opera en quienes detentan el poder simbólico, encargados de legitimar posiciones en el mundo intelectual del presente o del pasado, ya que, siguiendo a Bourdieu, la “lucha de las clasificaciones […] es una de las dimensiones de cualquier tipo de lucha de clases, bien sea de clases definidas por la edad, el sexo o las clases sociales” (1990: 58).
En el caso de Eduarda Mansilla, habría que preguntarse por qué el vacío clasificatorio la sigue afectando y por qué la crítica, siempre ávida de nuevos temas, no la incorpora a su tratamiento. Habría que considerar ciertos prejuicios de quienes parecen anclarse en nociones restringidas de los intelectuales y ciertos anacronismos conceptuales de las personas próximas al círculo de la escritora (sin olvidar a algunos de sus descendientes), que no han considerado oportuno difundir su obra ni divulgar su nombre.

Nuestra intención es repensar la categoría "escritoras" y actualizarla, de manera tal que podamos leer más y mejor una serie de obras olvidadas o desdeñadas...


Recordemos que Gramsci se refería, en su distinción entre intelectuales y no intelectuales, a “la función social inmediata de la categoría profesional de los intelectuales” (1967: 31). Justamente, es esa “función social”, no reconocida a las mujeres argentinas del siglo XIX, la que problematiza la categoría intelectual cuando nos referimos a ellas. Así pues, cuando Oscar Terán estudia la vida intelectual de Buenos Aires de fines del siglo XIX, indaga los discursos producidos por la elite dirigente argentina para componer el “mundo de ideas y creencias” de agentes culturales ubicados en “la cumbre de la pirámide social porteña”. Para Terán, la cuestión “se torna históricamente significativa dada la función dirigente” (2008: 9-10) de los productores de esos discursos. Aparece de nuevo la categoría de función como condicionante de que concepciones intelectuales específicas regulen prácticas políticas concretas.

Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888). Siendo presidente, delegó en Manuel García la construcción de la primera flota de guerra de la marina.


Juan M. de Rosas (1793-1877). Tras su caída, la familia Mansilla vivió la incertidumbre de ser señalada parte de su círculo íntimo y de poder.
Creemos que las representaciones sociales e históricas, en tanto productoras de sentido, articulan, “al poner el acento en la función, más que en el agente que la produce”, la literatura femenina del siglo XIX argentino con el “proceso de formación de las conductas y orientación de las comunidades sociales” (Araya Umaña, 2002: 31). De hecho, las representaciones sociales e históricas pueden entenderse como “la manifestación concreta y objetivada de las ideologías que las engendran” (Araya Umaña, 2002: 43). En ese sentido, en las obras literarias de Eduarda Mansilla, se puede advertir cómo la ideología interviene en la génesis de representaciones sociales e históricas, ambos fenómenos están “estrechamente vinculados entre sí por relaciones de causalidad de tipo circular”.
A diferencia de lo que sucedió con Juana Manuela Gorriti, cuyos libros continuaron editándose más o menos regularmente después de su muerte, la obra de Eduarda Mansilla sufrió un destino oscuro. Entre la fecha de publicación del último libro en vida de la autora, en 1885, hasta la reedición de Lucía Miranda, en 1933, transcurrieron cuarenta y ocho años. Debió esperarse aún más para las reediciones, con tiradas muy limitadas, de El médico de San Luis, en 1962, de Recuerdos de viaje, en 1996, y de Pablo o la vida en las pampas, en 1999. A su vez, el pleno reconocimiento académico de una edición crítica recién llegó en 2007, con Lucía Miranda, editada por María Rosa Lojo y equipo, en el volumen 14 de la prestigiosa colección dirigida por Kart Kohut (Universidad Católica de Eischstät) y Sonia V. Rose (Universidad de París Sorbona). En el mismo año, en la colección “Los raros”, la Biblioteca Nacional reeditó Pablo o la vida en las pampas, con un estudio preliminar de María Gabriela Mizraje. En 2011, se publicó la edición académica de los relatos infantiles, Cuentos (1880), a cargo de la investigadora Hebe Beatriz Molina.
Mientras tanto, es por demás significativo que no se haya reeditado buena parte de su legado, me refiero a La marquesa de Altamira (1881), Creaciones (1883) y Un amor (1885).
Como autora, Eduarda Mansilla difiere de Juana Manuela Gorriti, quien no duda en convertirse en su propia publicista, en razón de que sus libros justifican sus ingresos. Nuestra escritora es esquiva y misteriosa, como sugiere la brecha temporal que existe entre sus libros: nueve años entre los dos primeros (Lucía Miranda y El médico de San Luis) y el tercero (Pablo o la vida en las pampas), once años entre éste y Cuentos, y finalmente el silencio que se produce entre la publicación de su último libro, en 1885, y su muerte en 1892.
Creemos probable que el mutis de Eduarda tuviera que ver con su preocupación por el futuro de sus hijos varones –su hija mujer se casó con un noble francés–, para quienes no era sencillo hacerse un lugar en las carreras militares y diplomáticas que habían elegido; además, habría que considerar, por una parte, que no vivía del ingreso producido por sus libros u obras periodísticas, y, por otra, cuál sería la imagen de escritora que deseaba construir.

No debemos olvidar que en una sociedad mayoritariamente analfabeta, sin amplios sectores medios y regida aún por un número reducido de familias de elite, la historia patria tendía a confundirse insensiblemente con la historia de las familias patricias […] eran los actos personales de esos notables una de las principales materias de controversia (Myers, 2003: 315).
En su rol de sobrina “preferida” (García Mansilla, D., 1950: 22) de Juan Manuel de Rosas, Eduarda Mansilla entraba en las generalidades de la ley, lo mismo que su hermano Lucio. Sus genealogías siempre los harían sospechosos, aun cuando, derrotado Rosas, adscribieran a las nuevas políticas y apoyaran a quienes, como Sarmiento, se declararían de por vida enemigos de su tío, el Restaurador.

En tanto Lucio V. Mansilla hizo todo lo que pudo por hacerse visible y salir del ostracismo, y fue reconocido –no de la manera que él hubiera esperado– por sus contemporáneos y por los críticos, los intentos de Eduarda estuvieron limitados por sus propias presiones internas, familiares y sociales. Presiones que afectaron también a sus descendientes, si se consideran las palabras de su hijo Daniel García Mansilla, quien en sus memorias, publicadas en 1950, se refiere a “aquel interminable duelo entre unitarios y federales, que perdura hasta hoy más o menos larvado”. Daniel hace alusión a dos estigmas, que trataremos en extensión más adelante, y que tuvo que sobrellevar su madre: “Hube de sufrir no poco por dos handicaps o impedimentos caracterizados: el ser católico observante y sobrino nieto de Rosas” (García Mansilla, D., 1950: 22).
De hecho, trataron con prejuicios familiares, sociales y hasta ideológicos. Resulta pertinente estudiar el campo intelectual argentino, tomando la categoría de Bourdieu, que, como señala Altamirano, puede extrapolarse a la realidad argentina, previendo la condición periférica de nuestra cultura respecto de la europea, y considerando la problemática de “identidad nacional como tema y problema, cargados a su vez de valencias sociales y políticas” (Altamirano-Sarlo, 1997: 13).
Para incluir a Eduarda Mansilla en ese campo y en el canon literario argentino, se hace necesario ver que, aun desde el distanciamiento y la ironía, la actual crítica nacional asigna a las mujeres una posición marginal. Persisten resabios, característicos del siglo XIX, y todavía aplicados a las escritoras del período, que propician la división entre una literatura de hombres y otra de mujeres, como si esta última se tratara de una literatura específica –y menor–, análisis limitante que agota en sí mismo el espesor de la literatura.
Portada del libro de reciente publicación Eduarda Mansilla. Entre-ellos. Irene Chikiar Bauer, Biblos, Buenos Aires, 2013.