...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


El Arca del Nuevo Siglo no se responsabiliza por material de cualquier tipo no solicitado, ni tampoco por la devolución del mismo. Las colaboraciones firmadas expresan la opinión de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión de la revista. La línea editorial de la revista se expresa exclusivamente a través de los textos firmados por su Consejo Editor.

 

 



Renovación en la Iglesia católica romana

Carisma y dignidad, una marca propia

Juan Carlos Cardinali / Abogado
Ex juez de Instrucción y de la Cámara Penal de la Nación.

¿Estamos a las puertas de una suerte de segundo aggiornamento de la cristiandad? El autor de esta nota traza un puente que une al papa Francisco con Juan XXIII y Paulo VI a partir de la renuncia de Benedicto XVI. Y al reflexionar sobre las resoluciones tanto formales como de fondo que el Papa argentino está presentando, propone final feliz con los grandes teólogos Hans Küng y Joseph Ratzinger.

 



En su último libro, La extinción de la diáspora judía, Santiago Kovadloff nos dice que “la Revolución Francesa consumó la escisión entre el orden nacional y el religioso. El orden nacional configuró el escenario de la vida pública. El religioso fue asignado por el poder político a la vida privada”.
Está claro que esto fue producto de la modernidad. De ahí que los católicos preconciliares, que aún los hay, y que se consideran más ortodoxos, pretendan el regreso a las prácticas y a los ritos anteriores al mundo moderno, a quien le reprochan la desaparición de Dios de la vida pública. Los gobernantes ya no lo invocan y el Estado laico destaca su preeminencia en casi todo el orbe, al menos en el mundo occidental.
Pero pareciera que esta actitud que se nos muestra como irreversible, merece más nuestra atención que nuestra desazón. La catolicidad, lejos de asumir su desventura y golpear constantemente contra toda expresión de modernidad, lo que debe hacer es disponerse a “escrutar el signo de los tiempos”, como nos lo manifiesta “Gaudium et Spes” y procurar introducirse en este mundo que así se nos ha aparecido, volcar en ella todo nuestro caudal espiritual y adaptar lo que sea posible de hacerlo a estos nuevos tiempos. Quien advirtió que había una solución para insertarse en la modernidad fue Juan XXIII, al convocar al Concilio Vaticano II, y proclamar el famoso aggiornamento que le dio a la Iglesia católica un cauce para su fecundación en medio de un mundo embravecido, laico y arreligioso que todo lo abarcaba. El complemento de esa apertura, tal vez exaltada, fue la moderación que impulsó Pablo VI, otro visionario que, cerrando alguna ventana, puso el correctivo necesario para continuar el camino de su predecesor. En esa tarea de apertura, varios quedaron a un costado, pero muchos otros emprendieron la marcha con renovado éxito. Entre ellos dos teólogos que fueron en apariencia compañeros en su juventud, enfrentados en su madurez, y todo hace suponer que reconciliados en sus últimos años. El suizo Hans Küng y el alemán Joseph Ratzinger desde diferentes ángulos, y en el carácter de asesores privilegiados, ya sea por el obispo a quien acompañaban o por su designación directa hecha por el propio Papa, mostraron las distintas facetas que se ofrecían propicias para ir configurando los nuevos tiempos de la Iglesia desde 1959 en adelante. Ambos teólogos, junto a Karl Rhaner, Yves Congar y otros, fueron modelando los cambios necesarios para la configuración de la apertura bajo el signo de los nuevos tiempos. Todo hacía suponer que con la designación de Juan Pablo I estaba garantizada la continuidad del espíritu prevaleciente. Pero el sueño se extinguió.
Con la aparición de Juan Pablo II no solamente se cerraron algunas ventanas, sino casi todas las puertas, al compás de un papado carismático que encandilaba a propios y extraños. Cuando Ratzinguer fue designado secretario para la Congregación de la Doctrina de la Fe, denominación que dulcificaba la mentada antigua Inquisición, todo hace presumir que dio fiel cumplimiento bajo su deber de obediencia a las directivas del propio Juan Pablo II. De todos modos cabe señalar que cuando Juan Pablo II, el 2 de junio de 1979, besó el suelo al descender en el aeropuerto de Varsovia, había comenzado a caer el Muro de Berlín. Aun así, éste fue un tiempo de enfrentamiento entre ambos teólogos, con severas críticas del suizo, en especial recordando que se estaba imponiendo lo que llamó sin ningún eufemismo la “Gestapo romana”.

Es posible que estemos a las puertas de una revolución
desde arriba en materia religiosa, con signo contrario a
la que propició Gregorio VII en el siglo XI.

Señales claras

Lamentablemente ha habido desde hace tiempo dentro del Vaticano señales demasiado claras de conflictos que van de la disputa severa entre cardenales que no se toleran hasta actos de corrupción que provienen desde antes de la designación de Juan Pablo I. Con el obispo Marcinkus, con el Banco Ambrosiano, con la P2, con el ocultamiento de los sacerdotes pedófilos, que recién con Benedicto XVI dejaron de ser amparados, por más que se haya querido evitar el escándalo escondiendo esas miserias.
Fue este Papa, un estudioso, un teólogo y filósofo profundo, quien en sus primeros movimientos insinuaba un atisbo de transformación en el seno de la Iglesia, y fue así que recibió a su antiguo colega, el suizo Küng, en una charla de cuatro horas, lo que jamás había hecho Juan Pablo II, y que dejó muy conforme al viejo amigo, que lo expresó sin ataduras. Claro que duró poco esa apariencia renovadora, y volvieron las críticas. 
Pero Benedicto XVI, persuadido de que se requería un cambio casi paradigmático, y no encontrando en sí mismo la fuerza física, y tal vez el temperamento para imponerse a las tensiones que le impedían avanzar en ese menester, decidió renunciar.

¿Renuncia?

Pero esa renuncia no parece haber sido una declinación. Por el contrario, aunque no sabemos qué le transmitió al entonces cardenal Bergoglio en la reunión que tuvo con cada uno de los cardenales, siendo Bergoglio el último en tener esa entrevista, podemos presumir que estaba buscando volver a las fuentes de aquel Concilio Vaticano II que quizá nunca abandonó.

Juan XXIII: encontró una solución para insertarse en la modernidad.

Papa Francisco: con el apoyo de la feligresía católica y los no creyentes.

No es demasiado audaz pensar que en el sentir de Benedicto XVI, con la complicidad del Espíritu Santo, haya tenido la satisfacción de ver cómo los cardenales acaudillados por los latinoamericanos hayan presentado con fuerte apoyo de norteamericanos, y algunos europeos y africanos, un frente ante las pretensiones de los italianos y sus seguidores, para imponer a ese cardenal del fin del mundo que ya los había impresionado favorablemente en una disertación previa al cónclave para la elección del Sumo Pontífice.

Los pasos iniciales

Así aparece el cardenal Jorge Mario Bergoglio, como el papa Francisco, argentino, que pudo sortear en su propio país los primeros embates que provenían del corazón del gobierno nacional, pero que en poco tiempo se desdibujaron por completo y contó con el emocionado apoyo de toda la feligresía católica y de otras creencias, incluidos muchos no creyentes que vieron con simpatía esa coronación. Los pasos iniciales de Francisco fueron propicios. Los inmediatos tuvieron un carácter formal. Cambió el trono de oro por una silla de madera; decidió usar sus viejos zapatos en lugar de los clásicos rojos; desechó la estola roja bordada en oro; modificó el anillo papal, que es de plata en lugar de usar el de oro; y la cruz, conservó su antigua cruz de metal despojado de la clásica de rubíes y diamantes.

Los anhelos

Desde hace tiempo que acuñamos varios sueños, y hoy podemos despertar con optimismo. Sin embargo el primero es de improbable cumplimiento. Pretender convertirnos en “católicos, apostólicos, jerosolimitanos”. Vale decir, aspirar a que el Papa viva en Jerusalén. Los avatares políticos lo harían casi imposible. Aceptando que permanezca en Roma, como bien dice Hans Küng, es muy difícil creer que Jesús asistiría a una misa del Papa en San Pedro. Por lo tanto, el segundo sueño es que Francisco, más temprano que tarde, decida alojarse en San Juan de Letrán, que es la Catedral de Roma, asiento del obispo de Roma. Hay que recordar que lo primero que dijo Francisco es que él era obispo de Roma y que la feligresía romana era la suya. Por lo tanto, sería un paso importante para la colegiación asumirse como obispo de Roma, y que en el futuro sean los Colegios Episcopales de cada país quienes, en una nueva refundación del espíritu que animó a Jesús, los cardenales sean sustituidos por un Cónclave de Obispos en las decisiones trascendentales para el gobierno de la Iglesia. El cardenalato no deja de ser un título honorífico que carece de sustancia, y ha puesto en riesgo más de una vez la prudencia como virtud cardinal, por lo cual deben ir desapareciendo, y los que queden que se conserven como cuerpo de asesores cuando sean requeridos como tales.

Cabe señalar que cuando Juan Pablo II, el 2 de junio de 1979, besó el suelo al descender en el aeropuerto de Varsovia, había comenzado a caer el Muro de Berlín.

El Vaticano, ¿museo?

Tengamos presente que Jesús no fundó un Estado. ¿Qué necesidad hay de que existan secretarios de Estado, cancilleres y, más aún, nuncios que actúan como espías del Vaticano, correveidiles que fulminan obispos y sacerdotes que no acompañen las directivas romanas? Este último cargo data del Congreso de Viena de 1815, y la carta apostólica “Sollicitudo omnium Ecclesiarum”, de 1969, dispuso las atribuciones que debían cumplimentar. Cualquiera de ellas puede estar a cargo de un obispo del país que corresponda.  
Un sacerdote amigo nos decía que el Vaticano no debería perder su carácter de museo, que en definitiva, si no lo es, funciona como tal. Entonces sugería donarlo a la UNESCO o a alguna ONG, con cargo de conservación ad eternum.
Tal vez no sea más que un sueño, o quizás una utopía. Pero, como creemos en milagros, no descartamos que pueda ocurrir. El Espíritu Santo, que ya hizo de las suyas conspirando en la designación de Francisco, bien puede sorprendernos con un paso que resultaría de elocuente designio a favor de una Iglesia más cercana al pueblo, como pretende Francisco desde el primer día.
Es posible que estemos a las puertas de una revolución desde arriba en materia religiosa, con signo contrario a la que propició Gregorio VII en el siglo XI, haciendo en este caso realidad la esperanza de que este siglo XXI sea el de la espiritualidad, como el XIX fue el siglo de la cuestión social y el XX, el del desarrollo económico y de los derechos humanos, luego de las dos grandes guerras y las experiencias estalinistas y del nacionalsocialismo.
Apoyándose en Emmanuel Levinas, Kovadloff nos dice que “la irreligiosidad moderna está enhebrada con valores cristianos, de forma tal que entre lo público y lo privado circula una interdependencia”. Y luego agrega que “la cultura cristiana no sólo sobrevivió a la separación del Estado y la religión, sino que condicionó además, en múltiples aspectos, la organización e inteligibilidad del Estado”. Vale decir que las condiciones están dadas para que esa revolución prenda en lo espiritual, por cierto de lo privado, pero también de lo público, si suscribimos las premisas del filósofo.

Las primeras decisiones

Benedicto XVI: el predecesor promete aceptar toda la renovación eclesial.

Hans Küng: críticas y propuestas sobre la teología dogmática.

El papa Francisco ya ha dado, además de las señales formales, algunas más de fondo, como la separación de un sacerdote de la Iglesia Santa María La Mayor en Roma, a quien se le ha prohibido su ingreso; los convenios contra el lavado de dinero; la puesta en orden de las finanzas vaticanas con reformas en el IOR, que es el Instituto para las Obras de Religión, y en especial la destitución del cardenal Tarsicio Bertone, continuador de una línea conductora que, suprimida, ha sido como dar por tierra, con las debidas excepciones, con mil años de manejos complicados dentro del Vaticano.

Aun así, convengamos que los que depositamos toda nuestra confianza en él estamos persuadidos de que deberá luchar con los impedimentos internos que están al acecho.
Pero tal vez el mayor éxito del papa Francisco sea haber logrado el verdadero acercamiento al pueblo que, en audiencias en las que se reúnen más de sesenta mil personas, pone toda su atención sobre los impedidos y los pobres con la delicadeza y sencillez que están resultando las marcas de su propio carisma y del ejercicio de su dignidad papal. 
Debemos acordar entonces que la serpenteante relación entre Hans Küng y Joseph Ratzinger va a culminar como empezó. Hoy ya no son protagonistas directos de la renovación de la Iglesia, pero en su interior podrán rescatar, en sus últimos años de vida activa, la consagración por la que en sus años juveniles pusieron todo su empeño y sabiduría.