...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


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REFLEXIÓN

Horacio Walter Bauer / Abogado

Genocidios

Esa antigua práctica de eliminación
sistemática de grupos anatematizados

 

Existió genocidio mucho antes de que se lo definiera como tal. Incluso se ha mencionado, como precedente remoto, la eliminación de los neandertales  (Homo neardenthalensis) por parte de nuestros primeros padres sapiens. Hace de esto unos 30 mil años en el pleistoceno medio.
El término genocidio es obra del jurista polaco Raphäel Lemkin, que combinó la raíz griega “genos” (familia, estirpe, linaje) con la terminación latina “cidio” (derivada de “caedere”, eliminar, matar).

ONU

La Convención para la Prevención y Sanción del Delito, que nos ocupa, consigna (art. 2): “Se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:
a) Matanza de miembros del grupo;
b) Lesión grave a la actividad física o mental de los miembros del grupo;
c) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo;
(Art. 3) Serán castigados los actos siguientes:
a) El genocidio;
b) La asociación para cometer genocidio;
c) La instigación directa y pública a cometer genocidio;
d) La tentativa de genocidio;
e) La complicidad en el genocidio.
(Art. 4) Las personas que hayan cometido genocidio o cualquier de los otros actos enumerados en el artículo 3 serán castigadas, y ya se trate de gobernantes, funcionarios o particulares. ONU. Resolución del 9.XII.1948. Ratificada por Argentina según dec. ley 6286/56.

La Biblia

Si nos detenemos en la Biblia, encontraremos un profuso catálogo de episodios que hoy denominamos genocidios, a los que cabría la adjetivación de “machazos”, conforme la calificación que empleaba el querido profesor Esteban Raúl Eulalio Vergara Frías para aludir a actos de tipicidad rotunda.
A título meramente enunciativo pueden citarse los acontecimientos descriptos  en los siguientes libros: Génesis 6-5/7 (Diluvio), 23-5 (Sodoma y Gomorra); Deuteronomio 20-13/4 (La conquista de las ciudades) 27-15 y sigts. (La maldiciones), 32-25/6 (Cántico de Moisés); Josué 6-17 (Anatema sobre Jericó), 8-28 (Anatema sobre Ay), 10-28 y sigts. (Conquista de las ciudades meridionales de Canaán), 11-10 y sigts. (Conquista de Jasor y otras ciudades) 11-21 (Exterminio de los anaquitas).
Y la enumeración podría extenderse mucho si se deseare continuar repasando estas contingencias de implacable condena divina. Pero solamente vamos a detenernos en un episodio de la misma familia que los anteriores, aunque con ciertos ribetes de humor para el lector contemporáneo de estos textos sagrados.
Se trata de la guerra contra los amalecitas, contenida en el Libro Primero de Samuel, capítulo XV.
Samuel le dice a Saúl que YHWH (tetragrama de 4 consonantes utilizado por la Biblia hebrea para designar a Yahvé) lo ha enviado para ungirlo rey de su pueblo, Israel. “Esto dice YHWH: He decidido castigar a Amelec por lo que hizo a Israel, cortándole el camino cuando subía a Egipto. Ahora ve y castiga a Amalec, consagrándolo al anatema con todo lo que posee. Y no tengas compasión de él: mata a hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y ovejas, camellos y asnos.”
Saúl cumple a medias el anatema. Deja vivo a Agag, rey de los amalecitas y solamente sacrifica la hacienda “vil y sin valor”. Es decir, ha obrado sin tomar en serio la orden de YHWH y ése es el drama, su falta consiste en haber elegido, por complacer al pueblo, una manera distinta de honrar a YHWH, quien se arrepiente de haberlo hecho rey de Israel, siendo –en consecuencia– refusado como monarca.
Ahora bien, ¿quién es el responsable de estos anatemas? La respuesta es nadie, porque si los ordenó Dios no responde ante nadie. ¿Pero por qué los ordenó?

Tentativa de respuestas

1) No se sabe. Dios es el absolutamente distinto del hombre; ergo, del pensamiento, juicio o sentimiento humano (conf. Karl Barth. Este teólogo luterano cuestiona la “analogía entis”, la semejanza de esencia o ser entre Dios y el hombre. Dogmática de la Iglesia, 1932).
2) Por amor a su pueblo elegido (conf. monseñor Juan Straubinger en su notable versión de la Biblia, al comentar el capítulo XV del Libro Primero de Samuel).
3) Porque el dios del AT es un dios cruel (Marción, circa año 100 d. C.), a diferencia del Padre Celestial del NT, cuyo reino es el del amor (Mateo, capítulo V, “Las bienaventuranzas”).
4) Porque la presunta voluntad vete-rotestamentaria de YHWH, interpretada por principio por algún intermedia-rio entre aquel y algún jefe o caudillo, fue transmitida por procedimiento oral a un receptor popular rudimentario y aficionado a los mitos, para tratar de configurar su derrotero (v. gr. Baal, Astarté, Serpiente de bronce, Becerro de oro; Jueces 2-13; Números 21-9; Éxodo 32-1).

En tiempos menos remotos

En verdad que no existe una respuesta confortable para el dilema que se plantea precedentemente. Sin embargo, más arduo es el intento de análisis de aquellos sucesos espantosos, como los que devinieron después del decreto  del “Dritter Reich”: “Endlösung der Judenfrage” (solución final) para el “Aussiedlung” (exterminio) de los judíos. Aquí estamos ante seres presuntamente humanos, con capacidad para comprender sus actos y dirigir sus acciones, sin vidrios oscuros obstaculizadores para una visión clara.
Como en el que se menciona y en muchos otros de la familia de los ho-rrendos, nadie en sus cabales puede imputar a Dios la voluntad determinante de los sucesos criminales, surge la pregunta: ¿qué hacía Dios en esa instancia de dolor y muerte para multitudes humanas, con cientos, miles y miles de miles de lactantes, de niños, de mujeres, de viejos y de enfermos  indefensos?
Teólogos judíos y cristianos afrontaron la calamidad representada por Auschwitz y los otros campos siniestros.
Hans Küng en su obra El judaísmo (Trotta, Madrid, 1993) sintetiza varias opiniones, a saber:
1) ¿Impotencia de Dios frente al sufrimiento?
Para Hans Jonas –filósofo de la New School for Social Reserch de Nueva York–, después de Auschwitz es imposible mantener la vieja idea de Dios con sus atributos y predicados. Si Dios es bueno y comprensible, entonces Auschwitz es prueba de su impotencia.
A la representación de la omnipotencia divina, Jonás opone el Dios sufriente, desde el momento de la creación particularmente de la creación humana. Por lo tanto, en lugar de un Dios eternamente idéntico se trata de una realidad en proceso, un crecimiento a medida que maduran los tiempos (conf. Teilhard de Chardin, “El fenómeno humano”). Esta idea tiene precedente en la cábala, con la hipótesis del “repliegue” de Dios, en el momento de la creación, su “autorrenuncia”, “desposeimiento”, “vaciamiento”, “autolimitación” (conf. Isaac Luria, Gershon Scholem, doctrina del “Zim-zum”).
2) Dios, ¿un mero observador?
Sería una suerte de Dios agonizante, que no da más de sí, que no sería compasivo y del que habría que tener piedad y compasión (Küng).
3) ¿Un Dios crucificado?
No, atento que para el cristianismo la cruz no es el símbolo del Dios su-frente y agónico, lo es del hombre angustiado. Quien muere en la cruz no es Dios sino Cristo, el Mesías que clama al Padre por sentirse abandonado (Mateo, 27-46).
4) Respuesta de la teodicea (teología fundada en principios racionales):
a) Si Dios existe también estaba en Auschwitz.
b) ¿Cómo ha podido estar Dios en Auschwitz sin impedir el holocausto?
Küng piensa que para no dar una respuesta blasfema, soberbia o petulante se impone la teología del silencio.
Un viejo proverbio judío reza: “Si yo conociera la solución, entonces yo sería Dios”.
Elie Wiesel en su autobiografía recuerda a Kafka y escribe: “No creo que podamos hablar sobre Dios, sólo podemos hablar a Dios”. 
6) Si no se puede comprender teóricamente el sentido del dolor, ¿qué hacer?
Küng evoca la actitud de muchos judíos y algunos cristianos que, en los campos de exterminio, asumieron el propio dolor, invocaron al Dios escondido (“Shema Israel”) y socorrieron a otros en la medida de lo posible.
La cruz es una experiencia límite que conlleva el sentirse abandonado por los hombres, privado de la condición humana y hasta olvidado por Dios, aunque el aferramiento a la vida sea otra posibilidad del que padece, si se dan condiciones aprovechables.

Creo en el sol aunque no brille,
Creo en el amor, aunque yo no lo sienta,
Creo en Dios, aunque no pueda verlo.


Küng narra la historia de Zwi Michalowski, joven de 16 años, del que tuvo noticia por la monografía ”El holocausto”, de Martin Gilbert. El 27 de setiembre de 1941, Zwi debía ser ejecutado junto a otros 3 mil judíos lituanos. “Cayó en la fosa inmediatamente antes de que los otros fueran alcanzados por la ráfaga. Durante la noche se arrastró fuera de la fosa común y huyó hasta la aldea más cercana. Un labrador le abre su puerta, lo ve desnudo y cubierto de sangre, y dice: `Judío, vuelve a la tumba que es lo tuyo´. Desesperado, llama por fin a la puerta de una viuda de edad y le impreca: `Soy tu Señor Jesucristo. He descendido de la cruz. ¡Mírame, la sangre, el sufrimiento el dolor del inocente! ¡Déjame entrar!´ La viuda se arroja a sus pies y lo esconde durante tres días. El joven huye al monte. Y allí se queda hasta el fin de la guerra como partisano”.
7. La invocación a un Dios vivo, actuante y misteriosamente presente en su ausencia.
Alguien vio en los muros del gueto de Varsovia la inscripción:
Creo en el sol aunque no brille,
Creo en el amor, aunque yo no lo sienta,
Creo en Dios, aunque no pueda verlo.
Es un ejemplo de invocación propia de los poetas místicos, colmo de hermosura en las situaciones trágicas, experiencia de muy pocos elegidos, como la santa y bella Teresa de Lisieux, que tentada –en su agonía– a desesperarse ante el silencio de Dios, tuvo la experiencia “del muro” al que se refirió en 1897:
“…no es un velo, es un muro el que se eleva hasta los cielos y cubre el firmamento estrellado… Es el momento de la alegría perfecta para el pobre y débil ser. Qué dicha para él (la santa se proyecta en un pajarito) permanecer allí, a pesar de todo y mirar fijamente a la luz invisible que se oculta a su fe” (Carta 175).
Parecido arrobo místico pudo haber experimentado la también santa carmelita Edith Stein, de origen judío,  filósofa fenomenóloga y discípula de Edmund Hüsserl, que fue gasificada e incinerada con leñas del lugar, junto a su hermana también monja carmelita, en agosto de 1942, en las proximidades de Auschwitz (ver El Arca N° 36).

Otras calamidades genocidas

Son muchos los casos que se podrían citar de devastación humana a congéneres. Desde las guerras de las Galias (concluidas 52 años a. C.), cuando los imperiales romanos, con Julio César a la cabeza, esclavizaron a un millón de personas y asesinaron a otros tres millones; pasando por los genocidios chinos de An-Lushan, en la dinastía Tang, con 35 millones de asesinatos; los de la dinastía Ming durante los siglos XIV a XVII; la rebelión Taiping, de mediados del siglo XIX; o las guerras del opio (1839-1860), con 60 millones de chinos asesinados; las cruzadas, incluyendo las matanzas de Constantinopla y de los cátaros (siglos XI a XV); las masacres de los mongoles en el siglo XIII, con 30 millones de muertos; la conquista de América, con su tendal de esclavos y masacrados; el latrocinio del reino de Bélgica, con Leopoldo II –genocida extremo– en el Congo; el genocidio al pueblo armenio por parte del gobierno turco entre 1915 y 1923; los desastres de las dos guerras del siglo XX, con genocidios de brutalidad descarada como el de Auschwitz y otros campos de exterminio, el bombardeo a Dresden el 13 de febrero de 1945, Hiroshima y Nagasaki; y después del 45, la masacre del ejército francés en Argelia y Vietnam; el genocidio por parte de las fuerzas armadas de Estados Unidos contra el pueblo vietnamita, con la utilización de bombas napalm y la muerte de millones de habitantes; y así podríamos seguir mencionando otros casos aberrantes, como los de Campuchea, Ruanda, Irak, además de los genocidios en Argentina contra las tribus patagónicas, en 1869-1888 (ver el artículo del Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni, publicado en Página 12 del 3 de agosto de 2008) y el más reciente protagonizado por la dictadura cívico-militar que asonó un aciago 24 de marzo de 1976, dejando una larga lista de latrocinios y desapariciones.
Pareciera por lo tanto, aunque nos consta que nos limitamos a efectuar una prieta síntesis del drama genocidio, que ha estado a la orden del día desde tiempos inmemoriales a la fecha. Aventarlo de la faz de la tierra no parece sencillo ya que viene asociado a la instancia del poder, vieja disputa a la que los poderosos no renuncian y en la que confían mucho más que en el servicio.
Algunos hombres de buena fe creen que será menester la parusía para erradicar el mal. Sería el momento de la pérdida absoluta de la vigencia y eficacia de los genocidios, en los que se han cifrado tantas banalidades (Hannah Arendt dixit), como perversas y siniestras actitudes de lo peor que expresamos como seres conscientes y libres.