...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


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Sergio Pujol - Historia del baile

"A bailar, que la orquesta se va..."

Jorge Lomuto / Periodista, poeta y escritor
Durante varias décadas fue redactor de La Nación. Publicó Cuentos escandalosos y los poemarios Rumor de arroyo, Predestinación y Carmen y la tarde. Su obra cancionística Vuelve a mi lado, con Ricardo Martínez, fue premiada por Sadaic; con su hermano Daniel Lomuto y el maestro Sebastián Piana compuso "Eterno Catulín", dedicado a Cátulo Castillo.

Desde siempre, la humanidad ha practicado el baile o la danza a través de movimientos y gestos donde se expresan sentimientos y emociones. Y, mayormente, lo ha hecho con música, que puede durar segundos, minutos u horas. El baile en la Argentina –y en sus más variadas expresiones– ha sido historiado por el investigador Sergio Pujol, cuyo extenso libro reseñamos en esta nota.

 

Es medianoche. La fila sobre la acera es larga y bulliciosa. Nos vemos a las puertas (puertas anchas, oscuras, misteriosas) de una discoteca o disco, a secas. La calle es Álvarez Thomas, en la ciudad de Buenos Aires, pero podría ser otra, entre las muchas en que se han afincado ese tipo de establecimientos. Hace frío. Hay jóvenes de uno y otro sexo. “En los boliches suelen ser rigurosos con el ingreso y hacen esperar a la gente”, nos refiere una joven. “Hasta las 2.30 a. m. se entra gratis o con descuento –prosigue–. A partir de esa hora, se paga entrada. Antes de las 2.30, las mujeres entran gratis y los varones, 2 x 1. Después de esa hora, mujeres 2 x 1 y varones, 100% de la entrada.
Picasso, Baile en el Moulin de la Galette

Cada una de éstas cuesta entre 50 y 100 pesos. En las colas están como máximo una hora. Hay quienes tienen conocidos y logran ingresar sin hacer fila.”
Otras versiones refieren alternativas de muy diversa índole. Existen boliches de muy distintas características. A la entrada de algunos, hay policías o patovicas, que impiden entrar a quienes tienen bebidas alcohólicas. En los años que siguieron a 1950 se comenzó a llamar patovicas a los fisicoculturistas que poseen brazos y tórax musculosos. Ello tuvo origen en los patos doble pechuga, llamados patos Vicca, alimentados con sustancias hiperproteicas e hiperhidrocarbonadas y leche reforzada con Glucolín. Hasta se exportaban. Vicca provenía del nombre del criador, Víctor Casterán. Esos vigiladores controlan la entrada ilegal de clientes y el consumo de alcohol. Ante una indicación del propietario o encargado del local, sacan del lugar, a menudo con gran violencia, a los supuestos infractores. Por su excesiva agresividad son ácidamente conceptuados.

Cada orquesta tenía su "barra" seguidora, que acudía a los bailes, numerosos y muy concurridos, en especial en carnaval, que constituía la apoteosis de los bailarines...


A veces hay detectores de metales, se palpa de armas, se revisan botas. En algunos lugares hay quienes fuman porro. Los hay donde admiten a más gente que la cantidad autorizada. Pero personas pendencieras surgen también entre el público. Desde los lejanos días en que dos guapos se retaban a duelo de puñales por una mujer o un agravio. En los años de mitad del siglo XX y hasta poco después, había locales como La Enramada o Palermo Palace, cercanos a plaza Italia, en la urbe porteña, donde en más de una oportunidad las puertas se abrían violentamente debido a una gresca generalizada que continuaba en plena calle. “Hoy hice quince fierritos”, contaba un expendedor de entradas que registraba a los concurrentes y les incautaba cortaplumas, dagas, cachiporras. Actualmente, en esas colas ante los boliches, de pronto algún joven varón afirma: “Hoy tengo ganas de agarrarme a trompadas. Si alguien me llega a decir algo, lo mato”. 
La danza tiene antiguos orígenes. Nada menos que desde el Paleolítico. Cuenta la tradición que comenzó con movimientos rituales, por imitación de animales y de la naturaleza.

Sergio Pujol

Es historiador y escritor. Investigador del Conicet y profesor de Historia del Siglo XX en la Universidad Nacional de La Plata.
Ha sido profesor invitado en universidades norteamericanas, entre ellas Princeton, Iowa, Grinnell, Vanderbilt y Birmingham. Es profesor de Historia del Jazz en la Escuela de Música (EMU) de La Plata y conduce desde hace más de tres décadas la audición musical Influencias, por Radio Universidad Nacional de La Plata. Sus artículos y notas han sido editados en diversos medios del país y del exterior. En 2002 fue nombrado Fellow in Creative Writing por la Universidad de Iowa en reconocimiento a su producción bibliográfica. En 2007 fue premiado con el diploma Konex por su labor en el periodismo musical. Publicó varios libros sobre historia de la música popular en la Argentina, entre ellos Historia del baile. De la milonga a la disco, por Editorial Gourmet Musical.

Desde el Paleolítico

En especial, lo inspiraban las aves, por lo cual ciertos bailarines se adornaban con plumas. Por entonces se ideó la música, con instrumentos de madera, hueso, caña o piedra. El baile se remonta a los principios de la humanidad. Se cultiva en la adolescencia y para relacionarse entre personas de distinto sexo.
Pero el libro de Sergio Pujol está particularmente enfocado a la danza en nuestro país. Por algo al título Historia del baile le sigue el subtítulo De la milonga a la disco. Así, con hábil pluma y ameno estilo, comienza con los albores del tango, cuando éste era rechazado en casas de familia, y en algunas esquinas los hombres bailaban entre ellos para practicar con vistas a la noche. Tardó el ritmo tanguero en ser aceptado por la sociedad, hasta que poco a poco se fue imponiendo. Ello ocurrió desde fines del siglo XIX, pero es en las dos primeras décadas del XX cuando toma impulso. Al respecto, el novelista británico H. G. Wells definía a 1913 como “el año del tango”. En 1915, “el tango es citado en todas partes como el baile porteño por antonomasia”, señala Pujol (página 70). Padecía Europa, por entonces, la primera gran guerra (1914-18), después de la cual surge la figura de Rodolfo Valentino (Rodolfo Pietro Filiberto Raffaelo Guglielmo di Valentina, n. en Castellaneta, Puglia, Italia, 6/5/1895-fall. Nueva York, 23/8/1926, por peritonitis), quien, en la película Los cuatro jinetes del Apocalipsis, baila, con ímpetu aunque sin cortes, el tango La cumparsita, de Gerardo Matos Rodríguez (Montevideo, 18/3/1897- ídem, 15/4/1948).
Lejos de donde tenía lugar el horror bélico, desde 1914 se desarrollaron en Buenos Aires los Bailes del Internado, fiesta anual que reunía a médicos y estudiantes de medicina. Se realizaron primeramente en el Palais de Glace, en Recoleta; después en el Teatro Victoria, y también en el Pabellón de las Rosas. Pero el empuje venía de antes. En 1912, el barón Antonio María De Marchi, italiano, yerno de Julio A. Roca, amigo de Jorge Newbery y presidente de la Sociedad Sportiva Argentina, organiza una velada de tango en el Palais de Glace, y otra al año siguiente a la cual “concurren los mejores bailarines del momento: el Cachafaz, Juan C. Herrera, Oscar Serrano, más la actriz Olinda Bozán y el actor César Ratti, dos pioneros –e incurables– amantes del tango”, refiere el autor.
 
Laura y La Vasca
 
“No aflojés”, tango compuesto en 1933 con letra de Mario Battistella y música de Pedro Maffia y Sebastián Piana, glosa hechos ocurridos con bastante antelación. Sin nombrar al destinatario, le canta en la segunda parte: “Vos fuiste el rey del bailongo/ en lo de Laura y La Vasca.../ Había que ver las churrascas/ cómo soñaban tras tuyo./ Alzaba cada murmullo/ tu taconear compadrón/ que era como flor de yuyo/ que embrujaba el corazón...”. Esta obra fue éxito de Ángel Vargas con la orquesta de Ángel D'Agostino.

Pero, ¿quiénes eran Laura y La Vasca? ¿Existieron realmente? Era tiempo de promoción para las academias y los peringundines. En aquéllas se aprendía a bailar. Las hubo después famosas, como las de Manuel Dopazo y Domingo Gaeta. Los peringundines eran lugares de baile y bebidas. Se diferenciaban de los prostíbulos, llamados casas de tolerancia, que todos saben de qué se trata. A ello se agregaban las “casas de baile”, viviendas particulares convertidas en pequeñas pistas. Dice Pujol: “Hay tangos hasta el amanecer en las casas de Concepción Amaya (`Mamita´), la parda Adelina y, sobre todo, en lo de la Morocha Laura (Laurentina Montserrat) y en lo de María La Vasca (María Rangolla). Desde fines del siglo pasado, estas casas son los verdaderos laboratorios del tango como baile y como música instrumental. Por tres pesos la hora, una concurrencia masculina selecta se anima a danzar con bailarinas adiestradas por Laura (Paraguay y Pueyrredón) y María (Carlos Calvo 2721). Son espacios privados devenidos en espacios semipúblicos, más bien restringidos a los códigos de un baile pecaminoso y definitivamente sexista”.
Acerca de Laura, el escritor León Benarós mencionó la semblanza de antiguos clientes: “Laura deslumbraba, ciertamente, cuando aparecía. Se mostraba de pollera larga y estrecha, con algo de cola, cubierta con lujosa matinée, especie de casaca suelta, llena de encajes y de cintas que aparecían y desaparecían bajo el fino entredós. De María la Vasca se afirmaba: “Es hermosa, de cara llena, gordita casi, pero bien formada”. En el local de esta última, Rosendo Mendizábal estrenó “El entrerriano”, Ernesto Ponzio tocó por primera vez el tango “Don Juan” y Vicente Greco actuó con su orquesta. 

Tardó el ritmo tanguero en ser aceptado por la sociedad, hasta que poco a poco se fue imponiendo. Pero es en las dos primeras décadas del XX cuando toma impulso.

Buenos Aires del 40   
 
La Argentina había pasado por alternativas políticas de gran envergadura y pasaría después por otras, tal vez más que muchos países. Ello no influyó mayormente en los aspectos musicales, salvo cuando, desde 1943 hasta 1947, la Secretaría de Radiocomunica-ciones prohibió la emisión por radiofonía de letras lunfardas. Algunas obras fueron modificadas y otras, suprimidas. No así en bailes y grabaciones. Mas ello no constituye la esencia de esta nota, referida a una obra que trata sobre la danza, aspecto ligado íntimamente a la música. El público, sin embargo, lo vinculó todo. La letra se liga a la música por medio de los cantores, cuyas voces, por lo general afinadas y entonadas, son un instrumento más, al tiempo que expresan significados. Se dice que el primer tango con letra, en un nivel formal, fue “Mi noche triste”, antes un tema solamente musical, llamado “Lita”, del pianista Samuel Castriota, al cual después le puso versos Pascual Contursi. Lo grabó Carlos Gardel, en 1918, cuando ingresaba en su época más famosa. Gardel, tras viajar a Estados Unidos y Europa y filmar películas, murió en un accidente aéreo sucedido en Medellín, junto con el letrista Alfredo Le Pera y los guitarristas, salvo José María Aguilar (Montevideo, 3/5/1891-Buenos Aires, 21/12/1951), que moriría 16 años después de la catástrofe aérea en un accidente automovilístico.
Nada detiene la marcha del tango, que pronto ingresa en su apogeo. Lo canta “Buenos Aires del 40”, tango de Jorge Moreira, letra, con música de Dante Smurra y Enrique Campos, este último, cantor de Ricardo Tanturi. “Es sábado a la noche y hay baile en el Tranviarios...”, dicen los versos, que en su segunda parte señalan: “Buenos aires del 40,/ de Troilo con Fiorentino,/ Vargas, Ángel D'Agostino,/ D'Arienzo en el Chantecler./ Tangos en todos los barrios,/ viejos cafés con orquestas.../¡Buenos Aires del 40,/si te dejaran volver!” Cada orquesta tenía su “barra” seguidora, que acudía a los bailes, entonces numerosos y muy concurridos, en especial en carnaval, que constituía la apoteosis de los bailarines, en muchos casos disfrazados, hasta que fue perdiéndose en gran medida esa tradición, que afloró más adelante en Gualeguaychú, Entre Ríos.
 
Otros ritmos
 
En 1945 comenzó a popularizarse el bolero, si se quiere bailado más estrechamente por la pareja. En 1948 surgió el mambo, con su creador, Dámaso Pérez Prado (Matanzas, Cuba, 11/12/1916-México D. F., 14/9/1989) y, en especial, las actuaciones en danza unipersonal de Blanquita Amaro (San Antonio de los Baños, Cuba, 30/6/1923-Miami, 15/3/2007) y Amelita Vargas (n. en Cuba en 1928). Fox-trot, shimmy, charleston, baión, conga, rumba, batucada, cumbia, samba brasileño, merengue, guaracha, son, boogie-woogie, cha-cha-cha, paso doble, corrido y otros ritmos compartieron con el tango y la milonga más de medio siglo. Empero, los compases porteños irían entrando en decadencia. Después aparecerían lugares de baile de tango, aislados y destinados en buena parte al turismo. Hubo, poco antes, orquestas de señoritas, que tocaban música clásica, melódica y algo de jazz y tango, en los palcos de algunas confiterías. Una película las inmortaliza: Orquesta de señoritas.

El auge de los discos, al comienzo de pasta de 78 rpm (revoluciones por minuto), pasando por los long-play hasta llegar a los CD y DVD, permitió los bailes con grabaciones, en los cuales el público argentino danzó al compás del entonces calificado jazz norteamericano de Glenn Miller, Benny Goodman, Artie Shaw, Tommy Dorsey, Duke Ellington, Count Basie. También llegaban así la música brasileña y la mexicana. Reunían ese repertorio de jazz y melódico las orquestas “características”, entre ellas Feliciano Brunelli, Varela-Varelita, Carlos De Palma, Continental, Savoy y otras. En los años 60 surgió el Club del Clan, con intérpretes de diversos géneros, y años después, los cuartetos cordobeses y, en lo foráneo, la lambada y la salsa.
En l955 había llegado el boom del rock and roll con la película Semilla de maldad, que trata sobre la rebeldía escolar en la postguerra norteamericana. Incluye el “Rock alrededor del reloj”, considerado el primero en su género.
En la Argentina los “boliches” reúnen multitudes. La música grabada y las luces láser dominan la noche.

Como en las salas cinematográficas en las que se proyectaba el filme seguían transmitiendo la música a través de la banda sonora cuando terminaba la exhibición y se encendían las luces, se daba el caso singular consistente en que el público, tras la función, bailaba esa danza suelta en la propia sala del cine. Después, se bailaba alrededor del Obelisco. Bill Halley y Elvis Presley –éste llegó a vender diez millones de discos– fueron figuras prominentes.
Había orquestas argentinas que interpretaban meritoriamente el jazz, como Raúl Sánchez Reynoso y los Santa Paula Serenaders, Luis Rolero, René Cóspito, Barry Moral, Héctor y su Jazz, y el quinteto de swing del notable guitarrista Oscar Alemán. Alternaban en los bailes con las típicas de Osvaldo Fresedo, Julio De Caro, Francisco Canaro, Francisco Lomuto, Miguel Caló, Aníbal Troilo, Carlos Di Sarli, Rodolfo BIagi, Juan D'Arienzo, Francini-Pontier, Alfredo Gobbi, Alfredo De Angelis, Osvaldo Pugliese, Domingo Federico, Osmar Maderna y otras. Los bailes folklóricos eran distintos y significaban una representación en la que el caballero cortejaba a la dama. 
“El bailar no es sólo un movimiento. Porque uno se conecta con la música, que nos conmueve, que moviliza todos los sentidos y, finalmente, se expresa con todo, cuerpo y alma”, afirma Julio Bocca. Y un tango, del músico Domingo Federico y el poeta Homero Expósito, nos exhorta “¡a bailar, a bailar, que la orquesta se va!”. Y el mismo tango, con respecto a la compañera de baile, previene: “Tal vez no vuelvas a verla nunca…”.