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...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


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Limitaciones en nuestra conciencia ecológica

¿Bienvenidos al Antropoceno?

Ruth Irwin (Nueva Zelanda) / Pensadora en temas de Ética
Profesora de ética en la Universidad de Tecnología de Auckland (Nueva Zelanda). Autora de Heidegger, Politics and Climate Change; Risking It All, y dirigió también la obra colectiva Climate Change and Philosophy: Transformational Possibilities, publicados respectivamente en 2008 y 2010 en la editorial Continuum (Londres).

Los especialistas y los políticos discuten sobre el cambio climático, el efecto invernadero, las formas de producción. Pero el tiempo pasa y se nos viene encima el Antropoceno, uno de esos periodos de extinciones masivas como la que produjo la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años. Para ese entonces no habrá más debates.

 

El planeta ha pasado, pues, del templado Holoceno –una época geológica que duró más de 10 mil años y conoció el desarrollo de las civilizaciones agrícolas y urbanas– al turbulento y probablemente catastrófico Antropoceno (del griego anthropos,
hombre), la primera era condicionada por la actividad humana.
Puede afirmarse que esa transformación se operó a partir de 1945 (con nuestra entrada en la era nuclear), pero sin duda empezó mucho antes, hacia finales del siglo XVIII, cuando la Revolución Industrial alteró de modo significativo la manera en que el ser humano se relaciona con el ecosistema en el que vive.

Sin cadenas

Eslabones rotos entre el hombre y la naturaleza. Las tecnologías modernas nos han hecho perder la conciencia ecológica. El hombre actual tiene la sensación de que se ha liberado de las cadenas que lo ataban al resto de la naturaleza. Gracias al progreso tecnológico, las grandes ciudades ya no morirán de hambre, como en el pasado, si falla una cosecha.
Ya no dependen de las zonas rurales que las rodean y puede que ni siquiera estén al tanto de las inundaciones o las sequías que afectan a esas zonas.

El campo y la ciudad

¿Cuántos habitantes saben de dónde viene el agua potable de sus ciudades o en qué estado se encuentran los bosques vecinos? En las ciudades ya no dependemos de los productos de temporada pues los medios de transporte y almacenamiento favorecen el comercio internacional y modifican así la relación entre zonas urbanas y rurales. Además, las ciudades crecen, invadiendo el campo y absorbiendo migraciones masivas. A menudo, su construcción responde a imperativos tecnológicos y económicos, y no a necesidades públicas.
La configuración de nuestras ciudades, la agricultura, la minería, la producción energética, la silvicultura, la pesca y el comercio, todas las actividades humanas han cambiado radicalmente en el lapso de 150 años, transformando así nuestro planeta.

¿Cuán lejos estamos?

Estamos tan condicionados por las innovaciones tecnológicas, tan
encadenados a ellas, que hasta nuestra manera de vernos como “individuos”, como humanos, se ha modificado, a la vez que nuestra visión de la Tierra se ha tornado más estrecha y distante.
Aunque siempre han existido movimientos ciudadanos con conciencia ecológica, su influencia en las normas de la vida moderna ha sido limitada. La ética individual tiene un
peso insignificante frente a la apisonadora del progreso. Pero la toma de conciencia colectiva sobre el fuerte impacto ecológico del mundo moderno y los efectos devastadores que éste puede tener en el porvenir de la humanidad es algo totalmente nuevo.

El campo se ha expandido para abarcar los condicionantes de la salud, la pobreza, la alimentación, el acceso al agua, a los servicios de salud, a los medicamentos.

Aquel ideal superado

El Antropoceno podría convertirse en uno de esos periodos de extinciones masivas que la Tierra ya ha conocido, como la que produjo la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años. De una manera sin precedentes, el cambio climático muestra a las claras nuestras limitaciones. Y somos cada vez más conscientes de que se imponen transformaciones radicales.
Pero esas transformaciones tardan en llegar. Los sistemas internacionales de intercambio de cuotas de emisiones de gases de efecto invernadero muestran que todavía no tenemos en cuenta la envergadura del problema que plantea nuestra realidad ecológica.
No propongo una postura ludista.
Afirmo que no podemos permanecer ajenos a nuestro propio hábitat. La modernidad es hoy un fenómeno de alcance mundial, y también nuestro nicho ecológico se ha mundializado. La época en que el hombre soñaba con una realidad ideal ha quedado atrás. Las condiciones ecológicas nos obligan a volver a tener los pies sobre la tierra y a afrontar una realidad más dura, a la que la actividad humana, la tecnología y la economía deben adaptarse.
La conciencia de una ecología planetaria que el cambio climático despierta en nosotros debería forzarnos a cambiar el ángulo normativo desde el que miramos el mundo. No hay nada que podamos hacer sin decisiones políticas firmes tomadas a escala internacional. La mundialización debe ser vista también como una nueva ecología.

Sófocles, Áyax y la desmesura

En el 2000, Paul Crutzen, premio Nobel de Química por sus trabajos sobre el ozono atmosférico, forjó este nuevo término, el Antropoceno, para denominar la época en que adquirimos una potencia técnica inédita de modificar la Tierra. La desmesura ha sido considerada en la sabiduría de numerosos pueblos como un grave defecto que puede llegar a ser letal. Así, en la Antigüedad clásica, Sófocles pintó al personaje mitológico que la representa, Áyax, como victimario pero también víctima de su desmesura –hybris–. Podemos decir que el Antropoceno es tiempo de una desmesura tan enorme que, frente a ella, los errores de Áyax parecen insignificantes. Ya no se trata, como en la tragedia griega, de un hombre castigado por los dioses a causa de su soberbia y que decide, desesperado, darse la muerte, sino de millones de seres humanos que destruyen el ecosistema que habitan y del que forman parte, llevando a la humanidad al borde del abismo. OEA/Redacción