...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


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José Luis Mangieri

Mangieri por Mangieri, y otras miradas

Los valores en la vida

José Luis Mangieri*

A partir de sus recuerdos y retratos de otros intelectuales, esta aproximación
al singular personaje –ciudadano, poeta y editor– que fue José Luis Mangieri
en su recorrida de más de medio siglo por el escenario público y las sombras represivas. Todos los reconocimientos y títulos –de la Universidad, el
de Ciudadano Ilustre o los premios como el Konex y otros– no logran
enmarcar su figura.

 



*Poeta y editor, nació en Buenos Aires en 1924 y falleció en 2008. Publicó Quince poemas y un títere e inédito Poemas del amor y de la guerra. Cofundador con Carlos A. Brocato de La Rosa Blindada. Dirigió la editorial Libros de Tierra Firme y Caldén.
Fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 2007.
Extractado de Es rigurosamente cierto. Entrevistas a José Luis Mangieri. Libros del Rojas. Buenos Aires, 2004.


Uno no vive una vida cronológica. La cronología es apenas una enumeración del almanaque; lo que vale es –te guste o no– lo que hacés desde que nacés hasta que te morís.
Pero allá vamos: nací el 14 de diciembre de 1924 (hijo único), en un conventillo de Parque Patricios, en la calle Salcedo entre 24 de Noviembre y Loria. Los tres en la misma pieza. En la esquina de 24 de Noviembre estaba la farmacia de Félix, donde iban todos los tangueros de la época a darse la “línea”, ¡legal!; en la otra esquina, en Salcedo y Loria, estaba el almacén de Máximo que, naturalmente, era gallego, y ahí todos los obreros del barrio iban a jugar al sapo, un juego que exigía una gran habilidad, un ojo muy avizor y un gran pulso. Los pibes nos juntábamos alrededor de las mesas donde ellos tomaban el vermouth con ingredientes para ver si pescábamos algo: sólido, naturalmente. A medida que íbamos creciendo, escuchábamos a esos hombres, todos obreros, la mayor parte anarquistas, socialistas, todos de izquierda (consideremos que estoy hablando de una época pre-peronista, de la década del treinta). Y naturalmente, como siempre, violenta. Recuerdo que una noche la yuta tiró abajo la puerta de nuestra pieza y se lo llevó a mi viejo a la antigua cárcel de Caseros. Acompañaba a mi madre los días de visitas donde la pobre llevaba para comer lo no mucho que teníamos. Del conventillo tengo los mejores recuerdos sin idealizarlos. La vida allí, por lo menos para los pibes, era muy alegre. Nuestros padres eran todos obreros y, naturalmente, había dos prostitutas; una, se llamaba María y nos traía siempre caramelos. Nuestras viejas, con María, no tenían mala relación, pero bueno, el prejuicio de los pobres, Dios mío, ¿no? Decía que todos eran laburantes: carpinteros, albañiles (me acuerdo del viejo don Angiulín, el zapatero que trabajaba gratis para todos los inquilinos). Todos los domingos una de nuestras madres hacía una gran chocolatada con “miñuelitos” –después supe que se decía “buñuelos”–; bueno, esos miñuelitos en cruz, que tenían el relleno con dulce de membrillo, son de los mejores recuerdos de mi infancia en el conventillo.
Cosa curiosa, la gente leía el diario. Me acuerdo que mi viejo compraba El Mundo y otro compraba Crítica y se lo iban pasando. Los domingos alguien compraba La Prensa y ahí yo leí los primeros suplementos culturales, aunque sin entender demasiado. Algunos tenían una pequeña biblioteca; mi viejo tenía una edición del Martín Fierro maravillosa y aquellos libros de la vieja editorial Claridad que se vendían a veinte centavos en los quioscos.
Mi vieja era nieta de chacareros italianos. Se llamaba Herminia Muro. Había nacido en la provincia de Buenos Aires, más precisamente en el partido de 25 de Mayo, plena pampa húmeda, en 1896. Allí en 25 de Mayo el cura Bibolini paró al malón con el cual pactó y no hubo más problemas. Mi viejo, en cambio, era porteño e hijo de porteños. Había nacido en Parque Patricios en 1892 y se llamaba José Ángel Rafael Mangieri.
Mi vieja era una petisa rubia, de ojos azules. Sus padres venían del norte de Italia. Mis bisabuelos, en cambio, como corresponde, eran de un pueblito llamado San Pedro perteneciente a Reggio de Calabria. Mi madre era linda y, además, una mujer de una bondad impresionante.
Mi viejo era obrero municipal, ayudante de veterinaria; sabía mucho de caballos, y creo que los quería mucho más que a las personas. Tal es así que una vez llevó una yegua a mi casa, la sacó de la clínica veterinaria del Corralón Municipal y se la llevó al jardín de mi casa –ya mudados a Floresta– para curarla. Era muy honesto, muy buen tipo... y para qué negarlo, muy mujeriego.

“Como hijo único, una psicoanalista me dijo que en una casa no hay lugar para dos machos: si hay más de uno, el otro debe volar. Con mi viejo, siempre a los tumbos.”


A mi madre la manejaba con la mirada, cuando decía “Usted Herminia”, uno ya veía los nubarrones negros en el horizonte, pero jamás nos levantó la mano.
Como hijo único, una psicoanalista me dijo una vez que en una casa no hay lugar para dos machos: si hay más de uno, el otro tiene que volar. Con mi viejo, a partir de mi adolescencia, andábamos siempre a los tumbos.

La casa de los viejos

En 1935 nos mudamos a la casa donde vivo ahora. Mi viejo la compró a treinta años (ojo: que no se piense que volví vencido a la casita de mis viejos). Entonces, decía nos mudamos a la casita de Floresta, en Mercedes y Juan B. Justo, sobre el arroyo Maldonado –que todavía no estaba entubado–, sobre calles de tierra donde pasaban los lecheros con sus vacas y nuestras viejas salían con las lecheras a comprar la leche. Ahora las lecheras se llaman hervidores.

La secundaria y la colimba

Hice toda la escuela secundaria sin necesidad de trabajar, fui al “Justo José de Urquiza”, que estaba en Flores, en Pedro Goyena y Carabobo. Para esa época ya escribía poesía. Tenía una profesora, biznieta de Guillermo Hudson, que daba castellano. Se llamaba Violeta Shinya y nos hacía leer y leer. Cada tanto le mostraba mis escritos, y ella me alentaba de manera permanente. En quinto año tuve a la “Barbagelatta” en Literatura Hispanoamericana que te hacía “bailar” completa La cautiva de Echeverría y otros textos memorables para la época. De todas maneras, la verdadera relación con la poesía vino más tarde: por motivos familiares tuve que ir con mi madre a 25 de Mayo donde agonizaba mi abuelo. Como el viejo no se decidía ni a irse ni a quedarse, de puro aburrido, me metí en la biblioteca del pueblo y encontré los dos primeros libros de Raúl González Tuñón, El violín del diablo y Miércoles de ceniza. Sentí entonces por primera vez que la poesía era la exaltación de la belleza a través de la palabra, que trabaja con los sentimientos, esa zona confusa que manejamos con harta dificultad. Varios años después regresé a esa biblioteca y le pregunté, muy delicadamente, cómo en un pueblo tan chico se encontraban esos libros. Me pescó al vuelo y me contestó: “En las bibliotecas de estos pueblos hay una gran cantidad de estos libros donados por los médicos socialistas que son los únicos que vienen a atender por estos lados”.

Nazis y amores juveniles

Cuando volví de la colimba, se armó una rosca bárbara con mi viejo, una pelea muy dura. Yo, entre 1944 y 1946, estudié la carrera de Odontología en la Facultad, pero después largué. A raíz de eso se armó el despelote porque mi viejo no quería que yo abandonara. No llegamos a la violencia extrema, pero la cosa se puso muy difícil. La vi a mi vieja pálida, contra el fogón, y le dije: “Quedate tranquila, dame dos días que yo lo arreglo”. Teníamos unos primos pintores de brocha gorda, que se habían ido a Bariloche a trabajar, y me habían dicho que, si tenía algún problema, me fuera con ellos. Así que me fui para allá, en riguroso tren de segunda donde casi morimos helados en Pilcaniyeu. Trabajé en Bariloche como peón de pintura durante seis meses, hasta que entré en mancebía con una alemana. Yo tenía 21 años y ella 38: el romance ideal.
Estuve en Bariloche cinco años. La pasé realmente muy bien. Yo le compraba pan a Priebke, el tipo ése que está preso en Roma. Llegué un año antes que él. También lo conocí a Hans Mahler –que fue el que entregó a Priebke–, era abogado. Después me enteré de que se llamaba Reinhart no se cuánto... Era un tipo cultísimo. Heine, en un famoso poema, describe muy bien a los alemanes. Dice: “Algún día bajarán los dioses de las montañas, desenterrarán sus hachas de piedra y destruirán todo”. Estaba previendo al nazismo. Heine era muy amigo de Karl Marx, quien lo admiraba mucho. Pero volviendo a los alemanes de Bariloche, muchos eran gente muy inteligente. Yo vi a tipos de 45 ó 50 años, que venían sin nada y que se ponían a trabajar en cualquier cosa. Me acuerdo, por ejemplo, de un tipo que tenía una imprenta en Leipzig, que es la madre de la industria gráfica alemana; un imprentero de alto nivel que, después de haber sido prisionero en Rusia, entró a Bariloche con el capote, que era lo único que le quedaba.

“Entre 1944 y 1946, estudié la carrera de Odontología en la Facultad, pero después largué. A raíz de eso se armó el despelote porque mi viejo no quería que abandonara...”


No nos engañemos, a Alemania la reconstruyeron los dólares del plan Marshall, pero los alemanes trabajaron como burros y así era también en Bariloche. Los tipos, a los pocos años, tenían una vida, una casa...
Casi todos los alemanes que yo conocí eran nazis, muchos de ellos, curiosamente, hijos de pastores protestantes. Según Carlota, eran nazis convencidos, que habían peleado; eran del ejército o de la aviación, pero, aparentemente, no habían estado en los campos de concentración. No había forma de saber nada de ellos. Yo me iba enterando de algunas cosas porque Carlota me contaba: veíamos a uno y ella me decía “Éste debe haber sido SS”.
A mi vuelta de Bariloche, estuve unos ocho meses en la casa de mis viejos. Esa vez no hubo problemas, todo anduvo tranquilo. Al año me casé.

 


Un poeta que sabe leer Ricardo Piglia

Es un amigo de muchos años. Los primeros recuerdos que tengo de él se remontan a la época de La Rosa Blindada, a comienzo de los años sesenta. Sobre todo recuerdo una especie de gran reunión que se realizó una noche, creo, para lanzar el primer número, con mucha gente, lo que me parece que ya da la pauta del tipo de actividad que siempre llevó a cabo Mangieri, constituyéndose en un gran organizador y nucleando a la gente más diversa. En ese último sentido, la revista fue muy importante porque no solamente fue una publicación, sino también un núcleo alrededor
del cual se tejió una red de relaciones.
Creo que, primero que nada, habría que señalar esa capacidad de organizar, italiana digo yo, italiana en el sentido de gramsciana, de lo que Gramsci llamaba la organización material de la cultura, porque la cultura necesita redes y José Luis se ha pasado la vida construyendo esas redes. Me acuerdo muy bien no solamente de la revista, sino de los libros que José Luis publicaba, el tipo de iniciativa, de originalidad que tuvo en el momento de publicar esos libros, que se vendían de a cuatro, en pequeñas ediciones. Entonces conservo esa idea primera de alguien capaz de organizar y de trabajar sobre la construcción de redes y circulaciones múltiples que, desde hace muchos años, ha terminado por constituirse en una referencia central de la poesía en la Argentina. Creo que mucho de lo que se dice de la poesía en la Argentina está ligado al tipo de trabajo que ha hecho José Luis, básicamente con la colección “Todos Bailan”.

Él es un poeta que sabe leer, lo cual me parece un elemento importantísimo (en eso me hace acordar a Ezra Pound, que era tan generoso con los otros poetas como Mangieri) y que, con todos esos libros que ha publicado, ha creado las condiciones para que la poesía tenga el lugar que tiene hoy en la cultura de la Argentina y, fundamentalmente, de Buenos Aires que, digamos, ha sido su territorio, el espacio donde él ha sabido funcionar.
Entonces, al valorar una figura como la de Mangieri, yo creo que hay que poner la atención primero sobre esa capacidad de organización, sobre esa noción material de la cultura y, segundo, rescatar que, de acuerdo con la idea de Mangieri, ese tipo de estructuras culturales es siempre alternativo. Mangieri tiende a construir espacios alternativos, espacios autónomos. Yo diría que él es uno de los pocos que se ha mantenido fiel a la idea de construir una cultura alternativa y no quedar pegado a todos esos procesos de integración y de hegemonía, de concentración de los espacios culturales que se plantean como únicos. En este punto me parece que también hay que señalar esa capacidad que él ha tenido –que es una capacidad a la que llamaría política–, de construir esos lugares que se han mantenido, yo no diría al margen, sino en otra realidad paralela, en una red paralela donde circulan los libros de poesía, donde circulan los poetas y que tiene que ver con la idea de que la cultura tiene una lógica que es necesario construir, una lógica que no obedece a la lógica de la cultura dominante. Yo creo que eso está en el origen de sus proyectos, está en el origen de su concepción política.
Mangieri es autónomo y vive en la ilusión de un mundo autónomo, en la utopía de un mundo donde las cosas son muy materiales y, al mismo tiempo, están muy estructuradas, tienen que ver con acciones concretas y aspiran a cambiar la realidad, a construir lo que no existe.
Y por fin quisiera agregar algo sobre la amistad, el tipo de amistad que Mangieri genera, los amigos que ha construido a lo largo de su vida. Yo siempre digo, en broma, que si es cierto que las amistades inglesas empiezan por excluir la confidencia y después omiten el diálogo, o que –como decía Borges– las amistades inglesas tienden al silencio, la amistad argentina –si es que eso existe– plantea la palabra antes que nada, las conversaciones interminables en bares, los asaditos, los encuentros casuales. Me parece que José Luis es un gran representante de la amistad. argentina.


*Semblanzas

Andrés Fidalgo

Nació en 1919 y era el “escritor mayor” del  grupo Tarja –acompañado por Néstor Groppa (1928), quienes desde Jujuy y con una perspectiva nada localista, se inscriben en el catálogo de los grandes poetas nacionales. Como abogado asumió la defensa de los detenidos sociales, brega que le costó cárceles y exilio. Ya en democracia, paradójicamente, concluyó en la cátedra honoraria universitaria y designado Miembro del Tribunal Superior de Justicia de su provincia. Fidalgo publicó más de veinte libros, entre ellos Serenata (1943); Toda la voz (1971); La copla, ensayo (1958); Breve toponimia y vocabulario jujeño (1965) y Panorama de la literatura jujeña (1975). Una breve copla autobiográfica ilustra su compromiso de vida: “Primero cantó inocente/y con intención después; /no recuerdo su apellido/ pero su nombre era Andrés”

Nélida Rodríguez
de González Tuñón

Así como es imposible relatar el peregrinaje vital de Raúl González Tuñón, hay que señalar que la autora del presente relato Nélida Márquez Rodríguez, fue su segunda esposa desde 1952, madre de su segundo hijo Rodolfo (Fito) y compañera por medio siglo en la intensa vida social y creativa de Raúl. Y de tal modo, por propia presencia y protagonismo, quedó unida al espacio literario del país, un vívido testimonio que se expresa en el relato sobre su amigo José Luis Mangieri.

Ricardo Piglia

Nació en 1941 y por su calificación literaria y creativa está considerado uno de los principales escritores argentinos. Entre su obra se destacan La invasión (1967, premiado en Casa de las Américas; Nombre falso (1975); Argentina en pedazos (1993) y Plata quemada (1997). Su título Respiración artificial (1980) es considerada una de las novelas más representativas de la nueva literatura nacional. Su Ciudad ausente, que demoró doce años en aparecer, sirvió de texto para que, en 1995, el músico Gerardo Gandini realizara una ópera, con el mismo nombre, estrenada en el Teatro Colón.

La mayoría temían editarlo
Nélida Rodríguez de González Tuñón

 

Desde sus lecturas juveniles hasta el conocimiento personal del poeta Raúl González Tuñón, la devoción de José Luis Mangieri ha sido y sigue siendo constante. Cuando debía dar nombre a su editorial, en 1962, eligió el de uno de los libros más entrañables de Raúl, La rosa blindada –homenaje a la revolución de Asturias–, con el que también designó a la entrañable revista que codirigía con Carlos Brocato y en la que escribía un plantel selecto de colaboradores. Nombran a Raúl director de honor en un medio que abriría polémicas estéticas y políticas. Reeditó el libro en 1963 y en 1993, esta última en la colección de poesía “Todos bailan”, otro título de RGT. ¡Cómo hubiera gozado Raúl con esta edición, con portada de Carlos Gorriarena y una contratapa de Juan Gelman!
A partir de los años cincuenta y hasta el setenta, toda una ge-neración de poetas se reunía con Raúl y Mangieri en la redacción de Clarín o en la casa de la calle Amenábar. Se hablaba de autores, escuelas, de política.
Muchos de estos jóvenes le pedían a Raúl que leyera sus libros inéditos. A todos los alentaba, alguno llevó un prólogo de Raúl, otros una solapa. Y muchos de estos libros los editaba José Luis. ¡Qué dupla!
En el último período de su vida, Raúl escribió algunos libros nostálgicos y llenos de lirismo como Versos para el atril de una pianola, o Demanda contra el olvido, donde están las dos vertientes de su poesía, la lírica y la social. Ambos títulos fueron editados por José Luis junto con numerosas reediciones –La calle del agujero en la media, El violín del diablo, entre otras–, que difundieron entre los jóvenes la poesía de Raúl cuando la mayoría de las editoriales temían editarlo.
Nunca le agradeceré bastante a José Luis la alegría que le producían estas ediciones. Las agarraba eufórico y me decía: “Vieja, aquí están.” Estaba la palabra, estaba el verbo. Poco más necesitaba.
Dice Raúl en La luna con gatillo: “Cuando haya que lanzar la pólvora/ el hombre lanzará la pólvora/ Cuando haya que lanzar el libro/ el hombre lanzará el libro. De la unión de la pólvora y el libro/ Puede brotar la rosa más pura”.
José Luis ha cumplido esto al pie de la letra. Se propuso lanzar el libro y sin oficina, sin máquinas, sin secretarias, munido este último tiempo de una bolsa de tela negra, saca en cualquier mo-mento unos originales ardientes, los compagina y ya está el arma. Disparada al futuro y con exacta dirección. Desde hace años lo viene haciendo. Varias centenas de libros lo atestiguan.


Gracias por estar
Nélida y Andrés Fidalgo
Describir al amigo José Luis me resulta fácil.
Invitado a tomar mate, por otro residente de Senador Pérez 235, su amigo de la juventud, el poeta Néstor Groppa, llegó a nuestro hogar y sede de la revista Tarja, una tarde de junio de 1956. Después de agotadoras y largas 48 horas de viaje en tren, con su flamante esposa Cuca, acompañados de un bandoneonista  de fama, Alejandro Barletta, formaron el elenco matero de esa tarde. Barletta, invitado a conciertos por la dirección provincial de cultura, regresaba de conciertos en el Carnegie Hall y había viajado en el mismo tren. Entre mate y mate, historias de por medio, José Luis se adueñó de nuestras hijas, del hogar y de nosotros mismos. Al día siguiente, bolsas de dormir incluidas, se instalaron y compartimos el petit hotel familiar.
Recuerdo su sorpresa, cuando leyó un exhorto dirigido al “Señor Juez de Instrucción de 1a Instancia, Doctor Andrés Francisco Fidalgo”, encabezado como “Usía” y finalizado con un “Dios guarde a Ud.” A partir de ese día Andrés pasó a ser “Usía” hasta el día de hoy. De antología sus ocurrencias, su cáustico humor, sus ironías. Por esos días, Andrés y yo debíamos realizar un trámite en el Registro Civil (cambio de domicilio); cuando nos dirigíamos por la calle Belgrano, por la otra vereda, regresaba a casa José Luis que sabía bien nuestro destino. En voz bien alta, nos pregunta:

—¿Adónde van?
—Al Registro Civil.
Y no encontró nada mejor que contestar, en deliberada voz alta:
—Hacen bien, cásense, cásense, reconozcan las hijas, háganlo por la Peladita —se refería a nuestra hija menor.
Cuando Andrés estuvo preso de la dictadura, le pedí apurar la publicación del Panorama de la literatura jujeña. Le envié entonces un cheque para ir pagando la edición. El mismo me fue devuelto en pedacitos, con unas líneas: “Negra del alma mía, ¿cómo se te ocurre que voy a cobrarle al amigo en desgracia?”.
Así de simple, humano, generoso, apareció de sorpresa al cumplir Andrés sus ochenta años; otro día llama por teléfono al mediodía y pregunta qué menú tenía para Usía. Satisfecho con la respuesta, me pide que ponga otro plato y cubiertos en la mesa. Alarmada le pregunto dónde estaba. “¡No te asustes, petisa, estoy en Buenos Aires! Sólo quería saber cuánto me quieren.”
Más de cuarenta y ocho años de amistad hemos compartido con él, buenos y malos momentos, allanamientos, cárcel, exilio, ausencias entrañables, todo sirvió para unirnos, aun las polémicas, con desencuentros y reencuentros. Actualmente compartimos enfermedades y uno que otro tironeo por libros que nos sigue editando su mítica Rosa Blindada.
¡Qué fácil hablar de José Luis! Porque José Luis Mangieri es eso, el Amigo en toda la acepción de la palabra y todo lo que eso implica.
Gracias, José Luis Mangieri, por estar. Y por ser nuestro amigo.
Desde Jujuy, Nélida, Alcira, Estela y Andrés Fidalgo.