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| Teatro de Manaos. Un edificio del Renacimiento italiano en el corazón de la selva virgen. Se inauguró en 1896 y actualmente funciona como centro de espectáculos regionales, nacionales e internacionales. |
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* Periodista y crítico de arte |
Hace unos pocos años, entidades científicas de reconocimiento internacional como la Sociedad Geográfica de Londres y otras de similar prestigio, han determinado que el Amazonas sudamericano es el río más largo del mundo.
Tratándose de un recorrido que supera los siete mil kilómetros de extensión, puesto que nace en los Andes peruanos y discurre a través de zonas selváticas de tres países (Perú, Colombia y Brasil), no debiera extrañar la frecuente presencia de prodigiosos escenarios naturales y algunos otros artificiales, producto de la directa intervención del hombre.
Al ingresar en territorio brasileño, donde recibirá el aporte de más de mil ríos tributarios de importancia, el Amazonas cambia su nombre por Solimaes y pocos kilómetros antes de acceder a bañar las riberas de la ciudad de Manaos, se llamará río Negro, caracterizando así la transformación del color de su cauce que del habitual marrón que lucía se vuelve negro. Lejos de ser un paulatino intercambio de tonalidades de aguas que se entremezclan, el fenómeno se produce abruptamente, como si se tratara de dos cuerpos líquidos diferentes.
Desde Manaos, capital del estado de la Amazonia, distante casi dos mil kilómetros de la costa atlántica, emprendemos una visita a la selva vecina abordando una embarcación que, junto a un centenar de turistas y trabajadores de la zona, nos llevará hasta un punto donde es necesario mudarnos a pequeños botes para continuar el viaje.
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| Navegar por riachos tapizados de vegetación es común en esta zona. |
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El loto gigante Victoria Regia se reproduce abundantemente.
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| El cambio del color señala donde el río Negro se une al Amazonas. |
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Lo que viene luego es alucinante. En la época de crecimiento el cauce atesora en esta zona la quinta parte del agua potable del planeta. No es de extrañar que las grandes potencias intenten modificar el estatus político del área recurriendo a postular presuntas internacionalizaciones que legalizarían un posible saqueo.
Corriendo en búsqueda del océano Atlántico, el Amazonas transporta más caudal de agua que el Mississippi, el Nilo, el Don y el Obi juntos. Su nivel aumenta 16 metros de altura, por lo que un paseo por la selva significa entrar con botes y canoas por las áreas aseguradamente navegables.
En los claros propicios flotan magníficas Victoria Regia, nenúfares que pueden llegar a tener un metro de diámetro y que juntándose tapizan el agua con intenso color verde.
El paseo se ve matizado por la presencia de carpinchos gigantes, diferentes familias de monos y grandes y al parecer inofensivas serpientes que más tarde veremos en manos de los habitantes del lugar.
Entrar caminando en la selva por alguno de los pocos senderos abiertos al efecto es una vivencia estremecedora. La luz, el aroma que flota en el aire, los sonidos que vienen del impenetrable y los pájaros y miles de mariposas que rodean a los visitantes conforman una experiencia única e inolvidable. Un antiguo esplendor
El regreso a Manaos significa dejar la selva al atardecer y anclar en una ciudad que parece perdida muy allá en el tiempo.
Con una superficie de 11400 kilómetros cuadrados y una población de un millón setecientos mil ciudadanos, sus vecinos viven signados por una pobreza hiriente. Para el visitante es difícil conciliar los sentimientos de la belleza paradisíaca del entorno y su potencial económico latente, con la visible precariedad física y social en que viven sus habitantes.
Es posible que las distancias jueguen un rol importante en las posibilidades de desarrollo y crecimiento de la ciudad que, alguna vez, tuvo el mismo nivel de vida que San Pablo y Río de Janeiro y que era conocida en Europa como el París tropical, con líneas marítimas directas con Lisboa, Le Havre y Londres.
Manaos, capital mundial del caucho durante el siglo XIX, comenzó su decadencia a partir del año 1910, momento en que Malasia salió a competir al mercado internacional con su propia producción, obtenida de plantas originarias de Manaos, y llevadas al territorio asiático por la empresa inglesa que lo explotaba en Brasil, en busca de los sacrosantos bajos costos, posibles gracias a la mano de obra barata.
| Como buen perseguidor de sueños imposibles, el director alemán decidió recrear en la pantalla esa delirante empresa. Pero quiso hacerlo al pie de la letra, sin maquetas ni miniaturas ni trucos. |
En la ciudad apenas quedan rastros del esplendor de antaño. Alguna vieja casona o algún enrejado remanente del palacete que ya no existe nos permiten imaginar una vida distinta a la actual.
Aquí pueden observarse niñas en edad escolar que viven en las calles y piden comida por los restaurantes exhibiendo sus pancitas embarazadas, mientras que bares y lugares de diversión ofrecen un clima atemorizante.
Tratándose de zona declarada de comercio franco, donde los fabricantes (¿armadores?) producen en condiciones laborales ventajosas y libres de impuestos, un nuevo Manaos va creciendo junto al viejo, pero a unos 50 kilómetros de distancia. Allí se aloja la colectividad eurobrasileña que maneja este polo económico y ha sido responsable en los últimos años de un importante desarrollo inmobiliario.
Las riquezas de otras épocas dejaron en la ciudad como única huella, un teatro de ópera que asombra a quien lo visita. Teatro, río y selva
Dueño de una historia artística que está más asentada en el mito que en la realidad y luego de una larga etapa donde varias veces estuvo al borde de la desaparición, el Teatro de Manaos notablemente remodelado pero conservando sus características originales ha reabierto sus puertas, presentando espectáculos durantes los cortos períodos de tiempo fresco.
En el mes de abril de 1997, un distinguido grupo de artistas argentinos tuvo el privilegio de reactivar el Teatro luego de su extenso letargo de décadas.
Los cantantes Mónica Capra, Oscar Grassi, Cecilia Díaz y Rubén Martínez y los directores de orquesta Esteban Gantzer y Gustavo Plis, participaron de la puesta en escena de las óperas El Barbero de Sevilla de Joaquino Rossini y Carmen de Georges Bizet y de un concierto de música sinfónica con los que el hermoso edificio volvió a la vida.
Al año siguiente, otra importante delegación rioplatense confirmó la actividad en la sala. Fueron de la partida entonces los cantantes Ricardo Yost, Oscar Imhoff, Mario Solomonoff, Aldo Moroni, Patricia González, Oscar Grassi y Luis Gaeta y los maestros Mario Perusso y Susana Cardonet. Ellos asumieron principales roles y la dirección de las obras La Viuda Alegre de Franz Lehar y Tosca de Giácomo Puccini, cuya producción escénica y vestuario fueron cedidos en carácter de préstamo por el Teatro Argentino de La Plata.
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| El centro de Manaos refleja un importante desarrollo inmobiliario. |
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| De izquierda a derecha, Rubén Martínez, Oscar Grassi, Vera Krivienok (Ópera de Minsk), Esteban Gantzer y Mónica Capra, intérpretes del Barbero de Sevilla. |
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Desde entonces el Teatro de Manaos mantiene un discreto nivel de actividad, preferentemente durante los primeros meses del año.
Teatro, río y selva se complementan para que la visita al lugar sea una experiencia inolvidable.
Cabe recordar que la existencia del edificio fue recordada en el film Fitzcarraldo del director alemán Werner Herzog, realizado en el año 1982. En esa delirante historia, su protagonista imagina que el éxito de su emprendimiento laboral le permitirá contratar y presentar en la sala del futuro teatro de Iquitos al celebérrimo tenor italiano Enrico Caruso.
Luego de las múltiples alternativas de su aventura en la selva brasileña donde –imitando a los persas en su ataque a Atenas y a Mohamed II en la toma de Constantinopla– hace trepar su embarcación por una montaña, Fitzcarraldo consigue cristalizar su sueño de disponer de la colaboración artística de Caruso, personaje interpretado en el film por el extinto tenor argentino Liborio Simonella.
Tal vez el contrastado absurdo que ofrece la vivencia en Manaos forme parte del surrealismo sudamericano que a menudo tanto gustaba mencionar el escritor cubano Alejo Carpentier. Crónica de dos locuras
Territorio de desmesuras, prodigios y misterios, en la Amazonia todo cobra proporciones gigantescas. También sus exuberantes mitos y leyendas, algunas tan arraigadas como la historia de Fitzcarraldo, que fascinó a Werner Herzog desde que oyó hablar de ella en Perú cuando filmaba Aguirre, la ira de Dios.
La tradición hablaba del irlandés Brian Sweeney Fitzgerald, un rey del caucho de la época en que la fiebre desatada por el oro blanco de la selva sudamericana enriqueció a grandes compañías y encendió la imaginación de los aventureros. Y contaba que el hombre, a quien todos conocían como Fitzcarraldo, era tan apasionado por la ópera y en especial por Enrico Caruso (a quien habría oído cantar en la Opera de Manaos) que se obstinó en construir un teatro en Iquitos, su ciudad, aunque para concretar esa quimera (más exactamente, para llegar hasta las tierras riquísimas en caucho y casi inaccesibles que le darían la fortuna suficiente) le fuera necesario hacer pasar su barco a vapor de un afluente del Amazonas a otros, por encima de una montaña.
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| Herzog y Kinski: una tormentosa relación personal en sus proyectos artísticos. |
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La ciudad, alguna vez, tuvo el mismo nivel de vida que San Pablo y Río de Janeiro y era conocida en Europa como el París tropical, con líneas marítimas directas con Lisboa, Le Havre y Londres. |
Como buen perseguidor de sueños imposibles, el director alemán decidió recrear en la pantalla esa delirante empresa. Pero quiso hacerlo al pie de la letra, sin maquetas ni miniaturas ni trucos. Quería que el público percibiera la verdad de lo que mostraban las imágenes. De modo que a diferencia de Fitzgerald, de quien se dice que desmontó el barco para cruzar la montaña con la ayuda de un verdadero ejército de indígenas y reconstruirlo del otro lado, Herzog multiplicó la apuesta. Lo trasladó entero, y buena parte de los percances, accidentes y desgracias que se ven, en los cuarenta y cinco minutos que la película dedica a esa secuencia épica, no hacen sino reproducir los que se sucedieron durante el rodaje.
Fitzcarraldo, el film, debía ser la crónica de una locura. Lo fue de dos. Difícil establecer cuál más extrema: si la de Fitzgerald o la de Herzog. La primera dio lugar a una leyenda; la segunda, a un film que con sus desequilibrios, su grandilocuencia operística y sus raptos de inspiración surrealista, se ha ganado un lugar en la historia del cine.
Sólo los soñadores mueven montañas, dice la película. Herzog no sólo debió hacerlo sino también enfrentar infinidad de contratiempos de toda naturaleza, como él mismo evoca en el apasionante diario de filmación que hace poco se editó en español y cuyo título es por demás elocuente: Conquista de lo inútil.
La primera tentativa de iniciar la filmación, a fines de 1979, en una región peruana próxima a la frontera con Ecuador, fue frustrada por los aguarunas (etnia perteneciente al grupo lingüístico jíbaro) que una noche atacaron el campamento y lo incendiaron después de haber ahuyentado, armas en mano, al equipo de filmación. Sólo en enero de 1981 pudo iniciarse el rodaje en otro lugar de la selva, igualmente alejado pero menos hostil.
El elenco también trajo problemas: a las cinco semanas de filmación, Jason Robards, el protagonista, se enfermó de disentería y debió abandonar el rodaje. Durante la obligada pausa que impuso ese infortunio y que se prolongó hasta que asumió el papel Klaus Kinski (cuyo carácter irascible y sus infinitos caprichos ya conocía Herzog desde los tiempos de Aguirre), también desertó Mick Jagger, pero éste por razones de agenda: tenía compromisos con los Rolling Stones. Total, que su personaje fue suprimido.
Hubo que descartar buena parte de lo ya filmado y empezar de nuevo.
Venía lo peor: la descabellada idea de filmar con un barco verdadero la famosa secuencia de la montaña, a la que el cineasta alemán no estaba dispuesto a renunciar (por esa causa la Fox había desistido de producir el film).
Herzog tenía a su disposición tres naves: una, bastante deteriorada que se usó para las escenas filmadas en Iquitos. Otra, igualmente antigua pero convenientemente puesta a punto, navegó hasta el lugar de la selva donde debía emprenderse la proeza y fue izada sobre la montaña mediante el complejo sistema de poleas que se ve en el film, diseñadas por un ingeniero brasileño. La tercera era una réplica de la segunda y fue construida especialmente para “simplificar” los planes de producción: mientras una era izada, la otra podía intervenir en otras escenas. Un detalle: el barco de Fitzcarraldo pesaba 30 toneladas; el de Herzog, 300.
Herzog luchó contra todo: la selva misma (si Dios la creó, debe haberlo hecho dominado por la ira, decía); el clima (el caudal del río disminuyó a causa de una terrible sequía y después creció desmesuradamente a raíz de una no menos terrible temporada de lluvias); los accidentes (hasta el ingeniero autor del sistema de los aparejos los había pronosticado cuando Herzog, contra su opinión, aumentó la pendiente de 20 a 40 grados); las desgracias (entre otras, la de un miembro del equipo a quien hubo que amputarle un pie para que sobreviviera a la picadura de una serpiente; y la del director de fotografía, Thomas Match, que se abrió la mano cuando el barco encalló contra las rocas y debió sufrir una operación de dos horas y media sin anestesia).
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| Fitzcarraldo, representado por el actor alemán Klaus Kinski, quien aportó su talento a la película de Herzog. |
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También sobrellevó como pudo las continuas trifulcas con Klaus Kinski, de cuyo comportamiento habla a las claras una anécdota. Se cuenta que uno de los aborígenes que trabajaban en el film (eran un millar y todos lo odiaban) le preguntó al director si quería que lo asesinara.
Habrá sido para Herzog una tarea ardua convivir tanto tiempo con su mejor enemigo, como lo llama en el documental que presentó hace diez años en Cannes. Pero hay que reconocer que el actor fallecido en 1991 era, sin duda, una mejor elección para el papel que Jason Robards, por las mismas razones que filmar un barco de verdad era mejor que trabajar con una maqueta. Quizá el temerario director alemán haya agradecido secretamente esa ayudita que, entre tantos contratiempos, le tendió el azar.
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