*Licenciado en Ciencia Política, Universidad de Buenos Aires (UBA). Master of Science in International Political Economy, London School of Economics.
Deportista olímpico y mundialista en equitación, Atenas 2004 y Jerez de la Frontera, España, 2002.
** Cortesía de Baylor College of Medicine
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Samuel Taylor Coleridge fue un escritor, crítico y filósofo que nació en Ottery St. Mary, Inglaterra, el 21 de octubre de 1792, y murió en Highgate, pueblo cercano a Londres, el 25 de julio de 1834. Poeta lírico de prominente nivel, sus obras más destacadas fueron Hojas sibilinas (1817), Biografía literaria (1817) e Iglesia y Estado (1830). En el verano de 1797, tuvo un sueño en el que concibió un poema, de unos 300 versos. Despertó con la certeza de recordarlo, pero sólo pudo transcribir una parte, presente en sus publicaciones. Una inesperada visita le impidió memorizar el resto.
En otro de sus trabajos, Primer ensayo sobre la población, este calificado autor decía: “¿Es que se necesita un volumen en cuarto para enseñarnos que de la pobreza vienen grandes miserias, enfermedades y vicios, y que siempre está presente, en su peor forma, donde hay más bocas que panes?”.
Cuando el mundo, como en la época actual, se debate en un cúmulo de males, engendrados, en no poca medida, por injustas condiciones sociales, esa frase cobra actualidad. La afirmación resulta particularmente aplicable al continente africano, esa dimensión no solamente olvidada, sino, lo que es peor, únicamente tenida en cuenta, a lo largo de la historia, para ejercer, sobre buena porción de su territorio y gran cantidad de sus habitantes, aberrantes formas de invasión y explotación.
África es una considerable extensión de 30 millones de km2, separada de Europa por el estrecho de Gibraltar y de Asia por el canal de Suez. Tiene 850 millones de habitantes. Casi en su mitad la cruza el Ecuador, por lo cual –con excepción de las altas cumbres y las noches en el desierto– no tiene climas fríos. Es, en consecuencia, el continente más cálido de la Tierra.
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Es la mayor productora de oro, cobre y diamantes, así como de algunos cultivos (cacao, maní, café, aceite de palma y otros), pero carece de tecnología. Por ello, exporta sin valor agregado su riqueza.
De los 53 países que la componen, 31 están entre los de más bajos ingresos, 9 entre pobres y medios, 8 entre los de ingresos medios y 5 entre los de nivel medio-alto. Ninguno tiene nivel alto. Hay dos mil pueblos, muchas lenguas, diversas religiones. En la región de los grandes lagos (Victoria, Tanganyka, Nyasa, Rodolfo, Malawi, Chad), dos millones y medio de personas viven en la miseria y padecen hambre. En no pocos casos, la mujer es víctima de discriminaciones y abusos.
“Estoy cansado y asqueado de oficiar funerales”, acaba de declarar en Nairobi (capital de Kenia, punto de partida de muchos safaris) el jesuita Angelo D’Agostino, ex profesor del Hospital Universitario de Georgetown en Estados Unidos y director del orfanato de Nyumbani, en la citada ciudad africana. El clérigo anticipó entonces que compraría los genéricos contra el SIDA que había ofertado una compañía de Bombay, a precio rebajado. El cóctel de drogas contra esa enfermedad costaba mucho más en España. “Sin embargo –agregó–, dicha compra nos permitirá atender sólo a 20 de los 70 huérfanos a nuestro cargo.” Señaló, también, que podría recibir el medicamento denominado AZT, elaborado en Brasil, país que con genéricos había logrado reducir a la mitad las muertes por SIDA. Ocurría que la iniciativa transgredía normas impuestas por la Organización Mundial de Comercio, que implícitamente –según ciertas opiniones– favorecían a las patentes de propiedad de empresas multinacionales; y, mientras ello estuviese vigente, imposibilitaba a los países producir y negociar con genéricos. “Ello impide –sostuvo el sacerdote– que Brasil, India, Tailandia o Egipto, que son autosuficientes en medicamentos, puedan vender producción a países pobres, a bajos precios.” Lo afirmado por el jesuita D’Agostino en la capital de Kenya tuvo eco en el propio territorio y en el exterior, en momentos en que, solamente en ese país, morían 600 personas por día a causa de la mencionada enfermedad. Según estadísticas de ese tiempo, elaboradas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año morían 17 millones de personas por no tener acceso a los medicamentos básicos y más de la mitad de ellos, en África. Y a la cabeza de esa fatídica estadística se encuentra el país más chico del continente, Malawi, del cual trascribimos el testimonio y una crónica visual de la experiencia de Lucas Werthein.
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Una postal permanente: los familiares de niños en el hospital central
Kamuzu, de Lilongwe, aguardan para la visita. En el centro, el Dr. Kebba Jobarteh. |
En las cercanías del hospital, las madres preparan sus alimentos. |
Metro a metro por Malawi
(Lucas Werthein)
Mañana en Johannesburgo. Tras aproximadamente nueve horas de ansiedad, por fin en el continente negro. Dos horas más tarde estaría subiéndome nuevamente a un avión. Destino: Lilongwe, capital de Malawi.
Mediodía. Unos sellos en mi pasaporte, el pago de la visa, el retiro de mi equipaje, y tras salir del área restringida del aeropuerto, mi destino final. Calor, humedad, una leve brisa. A la distancia, pude divisar una camioneta que se acercaba a mí. Tras fundirnos en un cálido abrazo con mi queridísimo primo, el Dr. Kebba Jobarteh, arrancamos hacia la ciudad con las ventanillas bajas. Así que esto es respirar el aire africano, me dije. Pero después de todo, ¿será esto?
Luego de estudiar en la Universi-dad de Buenos Aires, trabajar en una organización no gubernamental y viajar por el mundo, sentí que debía darles algo más a los más necesitados. No es que falte necesidad en Argentina, claro. Pero secundar a mi primo como voluntario en el hospital central de Lilongwe, cuya tarea principal era asistir a niños y niñas infectados con el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) y en muchos casos enfermos con el síndrome (SIDA), era una experiencia diferente y desafiante. Al día siguiente, entonces, comenzó mi labor.
Yo ya había estado en hospitales, tanto públicos como privados, en Sudamérica y en Estados Unidos. Pero el hospital Kamuzu era distinto. Para comenzar, cuando llegué no había médico para adultos, pues el alemán que estaba a cargo había concluido ya su trabajo. Por tanto, algunas veces a la semana nos tocaba lidiar con los más grandes. Me sorprendieron los olores. Era algo distinto, una gran mezcla de mucha gente que tras largas horas de viaje bajo el rayo del sol logró llegar al hospital. Los aromas culinarios, que surgían de preparados a la veda de la clínica, también aportaban los suyo. Mientras, el día a día continuaba. Una ronda general para ver el estado de los pacientes, indicaciones a las enfermeras, un poquito de contención –en la medida de lo posible–, y al consultorio. Bah, en realidad, a un pequeño cuarto con una mesa y una silla, no mucho más.
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Poco a poco, fui conociendo cosas que había escuchado alguna vez, o visto en el cine. Malaria y tuberculosis por doquier. SIDA en todos lados. Es que el VIH deprime el sistema inmunológico, y si a eso les sumamos altísimas deficiencias en alimentación, desnutrición infantil, casi nulo acceso a agua potable, y demás necesidades básicas insatisfechas, imaginen el resultado. La tuberculosis, los hongos y el cólera se hacen un picnic. Y no saben cómo mata. Sí, allí, en el hospital, estaban, contra una pared olvidada, unos bultos envueltos en las típicas mantas colorinches de estas latitudes. Los pequeños cuerpos, ya sin vida. También una chica, de unos doce años, a quien revisamos durante mi primera semana. Necesitaba realizarse estudios de alta complejidad, y Malawi no contaba con los equipos necesarios. Su suerte estaba sellada… unos días más tarde, su cama estaba ocupada por otra criatura.
Entonces comencé a comprender lo que es un país, una nación, estructuralmente devastada. Las camas ocupadas por tres bebés o dos personas, las enfermeras sin dar abasto, los médicos haciendo de todo durante largas horas. Niños de seis años pesando 9 kilos. Y yo, aprendiendo a escuchar los pulmones de los chicos con el estetoscopio, mientras la enfermera de turno le traducía las indicaciones del Dr. Kebba (así lo llamaban) a los padres o tutor. Es notable la diferencia entre un pulmón sano y un pulmón invadido por microbios y bacterias. El sonido del segundo se asemeja al ronquido de una vieja locomotora. También entendí que el trabajo de las enfermeras es crucial. Sin ellas, ¿qué sería de esta pobre gente?
No obstante, con el paso del tiempo, también fui descubriendo las pequeñas cosas. Día a día revisamos a niños, algunos de los cuales por su condición requerían pasar internados un largo tiempo. Y al vernos llegar, una sonrisa. Veían llegar el momento de calidez humana en su día. Sólo con intentar transmitirla, un poquito, hacía que una tenue carcajada descubriese aquellos dientes blanquecinos y, cuando no, una rebelde tos. De la misma manera, los chicos que cumplían el tratamiento antirretroviral y lograban vencer al virus del SIDA, volvían a correr, a sonreír, a engordar. ¡Qué lindo ver a un bebé gordito, atento e inquieto! Esas sonrisas, ese instante, no eran otra cosa que pequeños rayitos de sol que se colaban a través de la tempestad del todo mal, produciendo en mí una sensación casi de plenitud.
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Malawi es un país hermoso, con un lago imponente, una estepa más que pintoresca cuyos habitantes son serenos y amables. Pero estas bellezas naturales no logran morigerar el desastre humano en el que está envuelta esta sociedad. Manejamos largas horas a través de rutas en un estado cuasi intransitable, pasando por numerosas aldeas, en donde vive el 90% de la población. En algunas decidimos parar. Allí, me señalaron que algunas jóvenes adolescentes ya no pueden ir al colegio, porque deben caminar cuatro horas de ida y cuatro de vuelta para buscar agua y ocuparse de los hermanitos. En otra, decidimos bajarnos, sacar una pelota de fútbol de la camioneta, y armar un picadito, ahí, in situ. La alegría de la gente era impresionante. Armamos dos equipos, y descalzos, como ellos, jugamos un rato, Kebba en un equipo y yo en otro. Transpirados y contentos, les dejamos la pelota, y arrancamos nuevamente, recibiendo ese tan amable saludo que despide a un viajero. Nos preguntaron también, si teníamos biromes o lápices, para poder sacarle mayor provecho a la escuela. El problema no es el gas, las computadoras o las paredes sin pintar. Simplemente lápices o biromes… Es notable cómo la necesidad no le quita al ser humano la dignidad ni el don de gente. Al irnos, algo me llamó la atención. No hay gente vieja, le dije a mi primo. Es que la expectativa de vida en Malawi es de treinta y cuatro años, me respondió. Por eso los que quedan son algunos abuelos que no se enfermaron, o los jóvenes o los pequeños. Los padres ya no están. Increíble, pero real.
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| También para el doctor Kebba Jobarteh la experiencia en Malawi resultó un desafío. Aquí el médico con su primo, Lucas Werthein, autor de esta nota. |
El SIDA, cruel enfermedad, requiere de largos tratamientos e internaciones. |
De todas formas, no todo está perdido. Hay mucha gente trabajando con la firme convicción de que la voluntad todo lo puede. Instituciones del más variado tenor, junto a organismos públicos y no gubernamentales, implementan, día a día, nuevos sistemas de salud pública, mejoras en los precios de los medicamentos, contribuyen en la construcción de clínicas, y más. El Dr. Peter Kazembe, formado en el primer mundo y jefe del Dr. Kebba, aporta lo suyo, todos los días, para que la gente viva más y mejor. Su tenacidad y fortaleza es tan firme como el tronco de un roble. Y por suerte, no es el único.
Un mes más tarde, después de mucho hospital, visitar a otros centros de salud, recorrer parte del país, conocer gente cuya vida está dedicada a ayudar e interactuar con una organización local (con la que armamos un comedor que hoy alimenta a más de trescientos chicos), me volví, junto a Kebba, a Buenos Aires. Me sentí confundido, al llegar y ver tanto asfalto, edificios altos, canillas y mangueras, algunas abiertas descansando sobre las veredas. Un poco de bronca recorrió mis entrañas. Argentina, un país que produce alimentos para más de trescientos millones de personas, que exporta tecnología, tiene recursos naturales, un suelo privilegiado y cuatro premios Nobel, tiene también muchísima pobreza y una importante parte de su población con necesidades insatisfechas.
Un mes en Malawi, un baño de realidad como ningún otro. Me sentí distinto, un poquito más pleno. Seguramente volveré, ahí, o a otro país de aquel continente tan lleno de mística. Unos días, unos meses, y unos años más tarde, la bronca con mi país persiste. La gran diferencia, pensé, es que aquí la gente no se muere de SIDA ni camina ocho horas por día para buscar agua.
“Al irnos, algo me llamó la atención.
No hay gente vieja, le dije a mi primo.
Es que la
expectativa de
vida en Malawi es
de 34 años, me respondió.”
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