Edvard Munch (1863 - 1944).
Autorretrato después de la gripe española 1919, óleo sobre lienzo. |
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*Nació en Buenos Aires, en 1931.
Es poeta y periodista.
Publicó los libros de poesía Orden del día, La tierrita, Espejos y Destierros, Blues de Muertevida, Cuerpo Textual, Para amar a una deidad y De mujer nacido, entre otros. Recibió el Segundo Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1987) y Premio Fondo Nacional de las Artes (1998). |
Allí estaban. Quien esto escribe los vigiló, alarmado, desde su atalaya tras el vidrio del café. ¿Qué demonios era aquel desfile de disfraces? Recién vuelto de un largo viaje no podía entender la invasión. ¿Eran redivivos Hombres de la Máscara de Hierro? ¿Guerrilleros urbanos? ¿Marcianos copando la Tierra? Lo sacudió un escalofrío.
El mozo, socarrón, aportó la luz: se trataba de la flamante moda del barbijo –los había blancos, azules y morados–, diz que aptos para frenar un virus temible, el de la Gripe A (H1N1). Pronto quedaría en claro que no eran aptos ni por asomo, todo lo contrario: constituían un micro clima húmedo donde cualquier virus era arrullado como en el seno materno. Pero, insistió el mozo, nuestros conciudadanos, siempre sensibles a la norma, se habían embarbijado en masa.
Este cronista perdió en un santiamén la tranquilidad conquistada en otras pampas, lejos de nuestros habituales pronósticos apocalípticos: que el dólar se iría por las nubes y las instituciones por el suelo, que volverían la hiperinflación y el “corralito” financiero, que tractores y rastras de púas esparcidos por el agro interrumpirían otras vez las rutas y el flujo de alimentos de primera necesidad, o que la mafia japonesa se aprestaba a atravesar las fronteras.
Corrió a la farmacia. La cola en procura de barbijos y alcohol en gel viboreaba por más de diez metros…
Al cabo del mes, el cronista había caído a su turno en las garras del miedo. Lo anticipó el mozo: “Vea, señor, acá todos nos estamos volviendo paranoicos”.
El prójimo, ese peligro
¿Qué validez tenía aquel diagnóstico lanzado con hispánica autoridad desde lo alto de una bandeja donde humeaban el café con leche y las tres medias lunas?
Sin remontarse a los años oscuros en los que cualquiera podía ser sospechado y extraído por la fuerza de su casa o de la calle, ¿por qué ahora, a tantos años de distancia, cada hombre y cada mujer miraban al prójimo como a un peligro en cierne?
¿Por qué de pronto ahora temblábamos, aprensivos, al tocar el picaporte de una puerta o la baranda de una escalera y después de aferrar una moneda o acariciar el apoyamanos del colectivo? Ni hablar de nuestros aullidos de angustia –silenciosos, claro– si algún asesino nos estornudaba en el cuello. ¿Ir al cine? No, gracias. Más de un romance quedó trunco apenas iniciado. Se cortaron citas amorosas y de las otras. Hasta el fútbol asfixió a las hinchadas en un cono de silencio. Cuando esa muchacha sinuosa se acercaba para darnos un beso en la mejilla, nos refugiábamos al lado del policía, como en el tango.
La televisión instaló el “contador de muertos”, así como en su momento inventó el termómetro de Riesgo País. Para algunas fuentes acaso intencionadas, los muertos por esta afección superarían los cuatrocientos…
Es cierto: el de la flamante influenza “porcina” no era el único motivo de pánico. Ya los meteorólogos venían machacando con que el calentamiento global bien podía ser el paradójico prólogo de una nueva Era Glacial que congelase al planeta; la ola de frío polar que azotó recientemente al país pareció confirmarlo. Inquietaba menos, con todo, la profecía científica de que la Galaxia de Andrómeda, dotada de una masa de entre 300.000 y 400.000 millones de masas solares y rotando hacia nuestra Vía Láctea a una velocidad de 140 kilómetros por segundo, algún día habrá de chocar con ésta, devorándola. Al fin y al cabo, tal catástrofe sólo ocurriría dentro de cinco mil millones de años.
Después de que el atribulado cronista sufriera además, esa tarde, la cola en el banco mientras espiaba a cualquiera con cara de atracador –por las dudas, a la salida caminó evitando dar la espalda a posibles “moto-asaltantes”–, debió reconocer que a él también el miedo le clavaba sus garras en la nuca.
Por no hablar del siempre presente Sida: si bien sus hábitos de vida impolutos lo ponían a resguardo (al menos, eso creía), tampoco se podía estar seguro; se dice que ciertos perversos abandonan agujas infectadas en el asiento del colectivo. El cronista hasta estuvo tentado de hacerse un chequeo para saber si era o no transmisor del mal.
Lo cierto es que cada tanto, con la exactitud de un cronómetro, saltaban y saltan sobre los sufridos argentinos amenazas bien concretas. Se recuerda lo ocurrido aquel 1991, apenas dos años después de que el primer gobierno constitucional electo en democracia, y depositario en su momento de anchas esperanzas colectivas, debiera dimitir por la conjunción de una montaña de aprietes y ahogos económicos: otro nítido aporte a la paranoia social.
Ese año 91 desembarcó en suelo latinoamericano la epidemia del cólera: era el bautismo del Cholera Morbus en América latina, en el siglo XX. Un nuevo delirio de persecución, colmado de fantasías de muerte, comenzaba a erguirse en el imaginario popular.
En los tiempos del cólera
Perú había consignado el primer caso, el 23 de enero. Por cierto, el nombre científico del cólera alude a la idea de enfermedad (morbus) y a la bilis (en griego: chole), ya que Celsius estaba persuadido de que la secreción biliar era responsable del mal, cuyo agente patológico fue descubierto en 1884 por Roberto Koch. Y cuyos efectos eran así descritos en un añejo monolito en un templo en Gujrat, India Occidental: “Los labios azules, la cara enfermiza, los ojos hundidos, el estómago sumido, los brazos contraídos y arrugados como si estuvieran en el fuego; éstos son los signos de una enfermedad grave, la cual invocada como una maldición por los sacerdotes, humilla y asesina hasta a los más bravos”, según lo recogió el doctor François-Joseph-Victor Broussais (1772-1838), quien primero había sido cirujano en barcos piratas (¡) pero en 1820 ya era médico-jefe del hospital de Val-de-Grace y miembro de la Academia de Medicina de Francia.
Los brotes coléricos, que habían diezmado Europa y Asia en diferentes épocas, se propagaron al Caribe entre 1865-70, luego saltaron a los Estados Unidos, al Paraguay en andas de la Guerra de la Triple Alianza, más tarde a Bolivia y al Perú. Una seguidilla mórbida apta para convertir en títere del terror al más pintado.
Si no era paranoia por el cólera, ¿cómo llamar al estado de ánimo colectivo en las principales ciudades argentinas en aquellos discutidos años ’90, cuando el ciudadano sufría la duda hamletiana de beber o no ese vaso lleno de lo que parecía límpida agua?
Un conocido autor de temas criollos, periodista y locutor argentino, Aníbal Cufré, perdió la vida por este mal a raíz de la comida subida en Perú a un avión de Aerolíneas Argentinas que en febrero de 1992 cumplía el trayecto Buenos Aires-Los Ángeles. Vea el lector si la locura entonces reinante, los excesos y errores derivados de la confusión general no hacen evocar a la reciente pandemia de Gripe A, si nos atenemos al tenor de un artículo de esos tiempos:
“No sólo mata el cólera, también ocurre que el exceso de celo en las medidas de precaución causa daño. Mientras se difundía que el precio de las lavandinas comerciales había aumentado desde diciembre del '91 más de un 70 por ciento y su consumo un 40 por ciento, también se daban datos acerca de que los intoxicados por ingerir, inhalar o manipular hipoclorito habían aumentado entre 3 y 5 veces más de lo normal. La otra noticia es el duelo entre los gobiernos de Argentina y Perú por saber quién fue el culpable de la infección con Vibrio Cholerae en el vuelo 386 a Los Ángeles de Aerolíneas Argentinas. Como se sabe, muchos de los pasajeros y tripulantes del mismo enfermaron de cólera y lamentablemente uno falleció (el periodista Aníbal Cufré). La cuestión a dirimir es si la culpa estuvo en la comida cargada en Perú o en el agua y cubitos de hielo de Buenos Aires…”.
| Desde Brueghel a Ieronymus Bosch, desde Rubens a Goya, los grandes pintores de todos los tiempos representaron a las Pestes. |
La mala suerte también metió la cola: los médicos que atendieron a Cufré en los Estados Unidos habrían confundido los síntomas con los de una fuerte colitis.
Pero el piloto Raúl Lacabanne, que condujo aquel “747 de la muerte”, en declaraciones recogidas por La Nación en 1997 señaló que se habría tratado “de un sabotaje”, nada menos. “Los análisis demostraron que el virus era de laboratorio; así se habrían contaminado las bandejas de comida de la clase turista”, sugirió.
Cabe preguntarse, con la mano en el corazón, si en lo relativo al vértigo de acusaciones sobre presuntos manejos inescrupulosos por parte de algunos grandes laboratorios de experimentación, más los despistes médicos propios de los primeros momentos de cualquier plaga, la desaprensión tan común en nuestras latitudes y la habitual costumbre de las autoridades de quitarse el sayo que les corresponda, las semejanzas entre las realidades y las psicosis colectivas del ayer y del hoy no serán mucho más que mera coincidencia. Lo desconocido y la muerte
Las imágenes aterran. Desde Brueghel a Ieronymus Bosch, desde Rubens a Goya, los grandes pintores de todos los tiempos representaron a las Pestes. Una manera, quizás, de exorcismo: ponerlas fuera del inconsciente individual, y así institucionalizarlas; esto es: lavarlas de sus aristas más irracionales.
Por ejemplo, pese a nuestra actual paranoia con la Gripe AH1N1, son más los fallecidos cada año por la gripe común. Y no puede compararse esta “peste” moderna con la Peste Negra o bubónica (así llamada por los bubones o crecimiento de los ganglios linfáticos) que aniquiló a ¡un tercio de la población europea! entre los años 1348 y 1361, estadística que no contabiliza los muertos por rebrotes. El mal pasaba al humano a través de la pulga en contacto, a su vez, con la rata negra. El germen invadió Europa desde Asia, por medio de los barcos (con sus ratas y pulgas) que jalonaban el comercio inter-continental.
Todos recordarán la faena encomendada al Flautista de Hamelin: llevarse a los roedores tras sus melodías y ahogarlos en el río Weser.
Los castigados habitantes del Medioevo debían tener a la Muerte, así con mayúsculas, como la gran convidada a la mesa de cada día. Aquel colapso fenomenal traducido en crisis económica y demográfica, hambrunas, guerras y pestes, golpea con la contundencia de un cross en la obra El triunfo de la muerte, pintada en 1562 por Brueghel El Viejo. Un tópico reeditado por otros genios como Durero, Holbein, El Bosco, Rubens, Goya en sus Desastres (y en La Peste, de 1823) o, casi a comienzos del siglo XX, Arnold Böcklin (La peste, 1898).
Entre temores, barbijos y alcohol:
el invisible fantasma del peligro. |
¿Y cómo nombrar, sin estremecerse, a otra de las pandemias más feroces jamás vistas, esa Gripe española que exterminó, por lo bajo, a 50 millones de seres humanos en todo el globo, a pesar del mote de “española”, entre 1918 y 1919? Se estima que aquella gripe causó 25 millones de víctimas mortales en las primeras 25 semanas, en tanto que el Sida mató a 25 millones en los primeros 25 años… También un pintor mayúsculo, Edvard Munch, documentó el flagelo en su Autorretrato después de la gripe española.
Por su parte, en el siglo XX Keith Haring, un gran artista callejero neoyorquino de los ’80, dio testimonio del Sida que le robó la vida a los 32 años.
Otro Enemigo Público muy letal, la fiebre amarilla que arrasó con el Barrio Sur de Buenos Aires en 1870-71, obligando a la gente rica a mudarse al Norte, acarreó una psicosis gigante: del total de 190.000 habitantes de la ciudad capital murieron 14.000. Los hospitales desbordaban, hubo que improvisar decenas de lazaretos, no funcionaban ni bancos, ni escuelas, ni iglesias, ni comercios, ni oficinas públicas. Hasta el Gobierno central debió emigrar.
En fin, para no abrumar al lector: ¿Hace falta reiterar que la enfermedad viral bautizada dengue, y transmitida por la picadura del mosquito Aedes Aegypti, llegó a nuestro país para quedarse, con el riesgo omnipresente de su expansión por medio de su vector preferido: cualquier envase u objeto que contenga agua? |
El club de los asustados, cuyo número aumenta año a año, coincidirá con Gilles Lipovetsky en que “lo que nos tiene que preocupar cada vez más es la fragilización de los individuos… En muchos puntos hoy en día tenemos más posibilidades de optar, pero al mismo tiempo nunca los individuos han demostrado tantas dificultades, tantos malestares, tantas penas, tanta dificultad para vivir. El individuo hipermoderno es libre, pero frágil y vulnerable, librado a su suerte.”
A su vez, la psicoanalista Silvia Ons, miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana, EOL, ha hecho notar en su trabajo Notas sobre la paranoia social: “Hace ya más de diez años, Jaques Alain Miller y Eric Laurent caracterizaron esta época como la del momento del ‘Otro que no existe’, época signada por la crisis de lo real (…) Tanto Freud como Lacan nos indican que el paranoico no cree en algo diferente a su yo, ya que –en términos lacanianos– para que exista creencia es preciso que también exista división subjetiva, es decir, que el yo admita un orden que lo traspasa”. Hoy “no hay creencia, sino certeza relativa a la malignidad de los otros…”
Consultada sobre este fenómeno, la psicoanalista Dolly Aubía, de la Asociación Psicoanalítica Argentina, señaló a El Arca: “Lo que aterra es lo desconocido, aquello que no tiene parámetros de referencia. Cuando es posible determinar de qué se trata, sobreviene una cierta calma por el sólo hecho de poder nominarlo y ejercer cierto control. Lo espantoso de esta gripe radica en que es desconocida, lo mismo que la ignorancia de hasta dónde podrá llegar o si seguirá mutando, etcétera. El desconocimiento es más persecutorio que la enfermedad misma; cuando se la puede encuadrar en un marco determinado y se sabe que hay un remedio, aunque no se tenga acceso al mismo, la gente se calma. ¿Y por qué? Porque lo único realmente desconocido es nada menos que la muerte.”
¿Habrá que asumir en carne propia lo desconocido, entonces, y desmitificarlo? Aquel genio que se llamó Sigmund Freud lo propuso, quizás, con otras palabras: “Soportar la vida es, y será siempre, el deber primero de todos los vivientes. Recordamos la antigua sentencia si vis pacem, para bellum. Si quieres conservar la paz, prepárate para la guerra. Sería de actualidad modificarlo así: si vis vitam, para morten. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”. Y si él lo dijo… |