...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


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Editoriales

Entre escritores y editores

Relaciones inevitables

Ana Larravide*

Alguna vez se dijo que no es fácil editar como que “tampoco es fácil
ser Kafka, Thomas Mann o Proust”. Sin embargo, el dicho no refleja toda
la realidad. Ésta, a través de una larga historia en esa difícil relación, ofrece
un paradójico anecdotario. La cuestión sigue siendo si un escritor puede
prescindir de un editor y viceversa. Y ¿cómo se llega a un acuerdo entre el
amor de un autor por su obra y el ojo de quien la revisa? Probablemente, la seguridad de que la obra funcione comercialmente, garantizará su edición.



*Periodista y dibujante
Entre los amores hay uno –misterioso y necesario– que cuando se da beneficia a miles de personas. Y si no... se pierde para siempre un fragmento de alma humana.
Es la relación entre escritores y editores.
Hay editores mecenas, visionarios, editores distraídos; editores entusiasmadores y entusiastas: editores a toda costa. O no hay.
En el Río de la Plata, el vasco Porrúa editó a Cortázar. Con tenacidad, aunque sus primeros tres libros adornaron librerías sin venderse, once años, hasta que Bestiario (cuarto libro) abrió paso a toda su obra. Antonio López Llausás editó a García Márquez (en 1968, ocho mil ejemplares de Cien años, por los que Gabo recibió de entrada 500 dólares). Menos suerte tuvo al principio Silvina Ocampo: le contó a Hugo Beccacece que el primer cuento que le presentó a su hermana Victoria... se le perdió, a la directora de Sur.


Hay editores desconocidos pero valientes, como los que consideraron que Onetti bien valía si no una misa por lo menos una celebración y, reunidos en el café Metro (al lado de la ONDA, en la Plaza Cagancha), capitaneados por un señor de lentes de cuyo nombre nadie sabe acordarse y que tenía algo como una imprenta o librería en la calle Colonia, costearon quinientos ejemplares en papel de estraza un poquito rojizo (y con un dibujo tan feo en la tapa que podía llevar la firma que llevaba: Picasso; aunque lo hubiera hecho el propio autor de El pozo).

También hay editores malos, que no es lo mismo que malos editores. Malísimos eran los de Salgari que, antes de suicidarse, les dedicó tres líneas: “A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en continua semimiseria, pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado os ocupéis de los gastos de mi funeral. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari.”

La historia del príncipe

Pocos relatos tan impresionantes sobre los caminos editoriales como el de El gatopardo, el gran libro escrito por Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa.
Lampedusa vivía lo más tranquilo en Sicilia, en su querida casa solariega y blasonada (que hasta incluía un teatro con asientos de terciopelo azul, que su madre prestaba a actores ambulantes). Lampedusa era cultísimo: no había hecho mucho más que viajar y leer durante casi sesenta años. Era muy amigo de su primo Piccolo. Lucio Piccolo era poeta. Hubo una vez un congreso de poesía en Bérgamo, en San Pellegrino Terme: escritores famosos invitaban a jóvenes poetas. Allí un poco confusamente fue invitado Piccolo por Eugenio Montale, que había leído y admirado los poemas que le envió y creyó, tal vez por su apellido, que era un joven. Lucio le propuso a su primo Giuseppe que lo acompañara a Bérgamo. Los dos príncipes aparecieron por allí con un criado vestido de negro hasta los pies, que llevaba hasta las sábanas para las camas de sus señores, que también vestidos con trajes oscuros, con chaleco, paseaban al compás de sus bastones con empuñadura de plata, fumando cigarrillos turcos entre los demás poetas. Después de ese encuentro, en 1956, Mondadori publicó los Canti barocchi e altre liriche de Lucio Piccolo, con prólogo de Montale. El otro príncipe, Giuseppe Tomasi de Lampedusa, pensó que bien podría él escribir después de haber leído “todos los libros”, como habían apreciado quienes lo conocieron. Pensó que él también tenía cosas que contar. En Sicilia escribió Recuerdos de infancia, La sirena (que es un cuento bellísimo) y... El gatopardo. Envió ese manuscrito a Turín, a la editorial Einaudi, y a Mondadori. No recibió aceptación. Giuseppe Tomasi di Lampedusa –autodefinido como “amante de la soledad, que prefiere la compañía de las cosas a la de la gente”– murió el 23 de julio de 1957, a sus sesenta años. La historia del príncipe Fabrizio Salina con su heráldico leopardo rampante “dorado como la miel” describe un mundo –el de Lampedusa– que ya no sería más. Resonarán contundentes las frases de Tancredo: “si vogliamo che tutto rimanga com´è, bisogna che tutto cambi”... y la voz de Concetta ordenando tirar a la basura al momificado perro Bendicò, que en las primeras páginas habíamos visto dar audaces saltos: “Portatelo via, buttatelo.”
Al año de morir Lampedusa una amiga napolitana de Giorgio Bassani, el autor de Il giardino dei Finzi Contini, lo llamó perpleja: había encontrado un manuscrito que le parecía muy interesante; sin datos del autor. Bassani lo leyó. Recordaba a cierto príncipe siciliano que había conocido en un encuentro de poetas. Dijo –y acertó– “¡Esto sólo puede haberlo escrito Tomasi di Lampedusa!”

Error de imprenta

Otra anécdota, que Maneco Flores (Dios lo tenga en su gloria y si no hay dios... que lo tenga lo mismo) me aseguró verdadera, es sobre Sherwood Anderson (1876-1941). Este señor escribió allá por 1920 un libro de cuentos, Winesburg, Ohio. Los protagonistas de cada cuento son personajes secundarios en otros. Así que se pueden leer como pequeñas historias independientes o como capítulos de una novela que describe un pueblo de los Estados Unidos.
Sherwood Anderson era director de un diario y tenía lo que se dice un buen pasar. Un día llegó por allí un borracho, de esos que trabajan lo mínimo, para poder tomar whisky el resto del mes. Coincidían en el mismo bar a la misma hora, después de que Anderson concluía su trabajo en el diario. Muchas tardes tomaron whisky juntos. Sherwood Anderson le hablaba de literatura y el vago parecía escuchar interesado. Así pasaron semanas. Pero el vago no volvió al bar. Y el escritor, que lo extrañaba, fue a su pensión a visitarlo. Suba usted –le indicaron. Remontó escaleras, golpeó esa puerta y salió, desmelenado, el vago: ¡Estoy escribiendo un libro! –le dijo, emocionado.
¡Oh, Dios…! –dijo Anderson. Pero después le ofreció editar lo que escribiera, dejando en claro que él no le corregiría las pruebas. El libro se publicó, con un error en tapa: el nombre del autor con una u de más. Una u que el nuevo escritor conservó para siempre en su nombre: William Faulkner.