...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


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Thérèse de Lisieux

Un ser débil portando el estandarte del Carmelo

La pequeña Teresa
hace posible a Lisieux

Horacio Walter Bauer*

Lisieux –en el corazón de la Normandía– convoca al Calvados,
famoso brebaje que una cofradía celosa extrae de las manzanas de la
región, propicia también los recuerdos de la II Guerra Mundial
y muy especialmente a una joven carmelita fallecida a los 24 años.

 

* Del Consejo Editorial de El Arca.
Dedicado a Raúl Casal y su familia.
En el mes de julio de 1897, Teresa compone su segunda obra sobre Juana. A la derecha, sobre piedras, está el “yelmo” usado para la representación.

“Es en las manos de la más débil, quizá
de la más miserable, donde Dios pone el
estandarte del Carmelo.”
Georges Bernanos
(Diálogo de Carmelitas)

En 1873 toda Francia está exultante. Thiers es el nuevo “liberador del territorio”, al anticipar la retirada de las tropas de ocupación alemanas. La burguesía experimenta los goces del triunfo y el “orden bienpensante” ha sido restaurado. Louis Martin y Zelie Guérin, conforman el matrimonio ideal según el criterio católico romano de la época, responsabilidad en lugar de placer en todas las prácticas incluyendo las sexuales. Vivían en Alençon, capital del departamento de Orne en la Normandía. La ciudad contaba con 13.000 habitantes y el aburrimiento como norma. En su negocio de relojería se desempeñaba Louis Martin y en un taller de punto su mujer.
Del piadoso matrimonio derivarían 8 vástagos hasta 1872, pero siendo por entonces muy alta la mortalidad infantil, sólo 4 superaron la infancia. Sobrevivieron cuatro mujeres, otra niña nacería el 2 de enero de 1873. La bautizaron como Marie Françoise Thérèse. El último nombre en homenaje a la Santa de Ávila y en recuerdo de una de las hijas muertas en la infancia (Melanie Thérèse). Familiares y allegados a los Martin Guérin celebraron la contingencia como buenos y felices cristianos, sin que ningún ángel de las cercanías les soplara sobre la trascendencia de este nacimiento, para la construcción profunda de la catolicidad moderna. Poco después los Martin Guérin se mudarían con sus hijos a Lisieux, capital de la Normandía.
Antes que Thérèse cumpliera cinco años su madre moría de cáncer (28 de agosto de 1877).
No vamos a continuar aquí con la historia pormenorizada de Thérèse Martin. A quienes les interese el tema podrán consultar su renombrada Historia de un alma y sus Obras completas (Ed. Monte Carmelo-Burgos,1889) o las sólidas biografías de Hans Urs von Balthasar o de Jean Chalon. Por nuestra parte abordamos a Thérèse con escaso talento pero con gran admiración en el capítulo 50 (L) del libro Construcción de la Iglesia de Edit. Biblos, Bs. As., 2004. Allí comentamos que a los 11 años tomó su primera comunión, en tiempos en los que Nietzsche concluía Así hablaba Zaratustra, se construía el primer rascacielos de Chicago y se creaba la línea ferroviaria “Orient Express”. En 1887 Thérèse cumplía 14 años. Las primeras luces eléctricas iluminaban París. La niña singularmente bella –cargando los escrúpulos que padecía y las visiones que la sobresaltaban– sintió la necesidad de profesar en el Carmelo siguiendo el ejemplo de tres de sus hermanas. La cuarta lo haría en la Visitación de Caen. Su padre se opuso considerando que era demasiado joven, pero accedió a llevarla a Roma para efectuar una petición especial al Papa León XIII y así poder ingresar a la orden de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Ávila. La audiencia con el Papa tuvo lugar el 20 de noviembre. Thérèse escribió: “El Papa está tan viejo que se diría que está muerto. Nunca me lo habría figurado así. Casi no puede decir nada.” Paradójicamente no imaginaba que “el muerto” la sobreviviría 6 años.
La descripción de Thérèse sobre el estado del Papa es clara y contundente y por supuesto nada ofensiva. Pero la actitud mojigata desgraciadamente tan frecuente en los ámbitos curiales, llevó a que la borraran del proceso de canonización. Con el mismo criterio lamentable, se censuró y modificó el diario de Thérèse y otros de sus escritos. Urs von Balthasar se queja por la triste certidumbre que no sólo el texto de las cartas sino el mismo de la autobiografía fue cambiado, acortado, ampliado, pulido, de manera incomprensible e irresponsable. Se ha oscurecido de esta manera la autenticidad de Thérèse, que es todo lo contrario al amaneramiento y la cursilería empalagosa con la que se la suele presentar.
Culminando su tensa espera, Thérèse traspuso la puerta de entrada al Carmelo el 9 de abril de 1889. La jovencita estaba segura que había accedido al sitio donde Dios quería que se escondiera y de él no saldrá. Profesó el 8 de setiembre de 1890. A los 17 años había perdido sus estupendos rizos decidida a una construcción interior apasionante que la consumaría en escasos 7 años.

Última celda de Teresa, parecida a la de Teresa de Ávila del siglo XVI.
Les Buissonnetes es el nombre de la bella y amplia casa (S.XVIII), que el padre de Thérèse alquiló en Lisieux y en la que la niña vivió diez años. Hoy es un museo atendido por las carmelitas.
Imagen juvenil de Teresa a los 13 años. Febrero de 1886.

Thérèse no era lo que pudiera llamarse una intelectual. Pero tampoco era una inculta, aunque no fuera precisamente cultura lo que necesitaba para su misión, que no era otra que la de bregar para colaborar en el plan divino de la salvación, en una tierra donde se mataban los hombres a bocajarro. Igual que hoy.
Su libro de cabecera además de la Biblia, eran las poesías de San Juan de la Cruz y la Imitación de Cristo de Kempis. Será ayudanta sacristana, compondrá poesía y colaborará con la maestra de novicias. También escribirá obras de teatro como La misión de Juana de Arco en dos partes, que producirá y representará en su convento en 1894 y 1895, reservándose el rol protagónico. Hay fotografías que la muestran en su caracterización. Debe haber sido muy grato verla y oírla en la actuación, más si se piensa que estuvo tan consustanciada en su papel que casi se quema realmente en la escena final.
En 1896, Thérèse entregó a sus superiores un cuaderno de memorias desde los tiernos días de la infancia hasta los de su ingreso al Carmelo. 1896 fue también el año donde se anunció la tuberculosis que la diezmaría. “Era en verdad necesario que el sufrimiento nos probare y nos hiciere llegar a la gloria”. El 8 de setiembre redactó otro manuscrito (B) y lo dirige a Jesús (“El que no tiene necesidad alguna de nuestras obras, sino solamente de nuestro amor”). Un principio de rotunda clave pauliana (Carta a los romanos) que hubiera hecho las delicias de Martín Lutero en su convencimiento de la justificación por la fe.
El 9 de junio de 1897 sufrió un agravamiento de su enfermedad. No escribía, ni siquiera hablaba. Tampoco tendría el consuelo de la comunión a causa de los vómitos, de la opresión y de la debilidad. Cuando las hermanas carmelitas le sugerían que la tomara, callaba y un día rompió en llanto y estuvo a punto de morir de dolor. Hasta su muerte no volvió a recibir la comunión. “Es una gracia muy grande recibir los sacramentos; pero cuando Dios no lo permite también está bien. Todo es Gracia” diría. Será en su “ausencia”, cuando Dios esté más presente.
Nos llega con Thérèse el silencio profundo de Dios que se expresa con intensidad paradójica en la agonía de la pasión dolorosa. Tentada hacia la desesperación y cuando lo que tiene por delante “no es un velo, es un muro el que se eleva hasta los cielos y cubre el firmamento estrellado”, accede a la alegría perfecta. El momento supremo del ser. “Qué dicha para él permanecer allí, a pesar de todo y mirar fijamente a la luz invisible que se oculta a su fe”.

Lisieux (1944) es abatida por un primer bombardeo, que afectó la estación de trenes, la avenida de la Basílica y las proximidades del Carmelo. La Basílica no sufrió daños.


El 30 de agosto de 1897 expiraba Thérèse. Su asombrosa lección resultaría fundante para tres grandes literatos del siglo XX: Graham Greene, Julien Green y sobre todo Georges Bernanos.
En 1923 fue beatificada y dos años después canonizada. A pesar de la sorpresa entre sus familiares y hermanas carmelitas que la consideraban muy amable y muy discreta pero que nunca habían sospechado de su santidad. Es como si dijéramos: “Vino a los suyos y los suyos no la conocieron”( Jn. 1.11). Fue el precio que pagó por ser extraordinaria, aparentando ser ordinaria. El Padre Leonardo Castellani enseñaba que ésa era una de las principales señales de los santos verdaderos.
Curiosamente Thérèse, que nunca había pisado un aula universitaria, por decisión del papa Wojtyla fue nominada como Doctora de la Iglesia. Honra excepcional por tratarse de una mujer y que en el Vaticano sólo existen los antecedentes de Catalina de Siena y de Teresa de Ávila. Ni siquiera se asignó el honor –por lo menos todavía– a Edith Stein declarada santa y mártir, discípula predilecta de Edmund Hüsserl y original expositora del tomismo en clave fenomenológica. Quizá no sea necesario destacar que el doctorado de Thérèse fue otorgado por su sabiduría en la única Virtud que no desaparecerá. (Cor. 13.13)
Avancemos hasta junio de 1944. Lisieux –como buena parte de Francia– está ocupada por las tropas alemanas. El día 6 los aliados desembarcan en las playas próximas a Caen y casi de inmediato comienzan los bombardeos sobre Lisieux, recibiendo la instrucción de no dejar piedra sobre piedra, los pilotos aliados se hicieron a la tarea en varias noches propias del Apocalipsis. Nadie pudo explicar qué había sucedido en el Carmelo, la Basílica erigida en homenaje a Thérèse, la catedral de San Pedro y Les Buissonnetes –casa en la que vivió Thérèse antes de su profesión– donde a pesar de los numerosas explosivos que cayeron , ninguno había detonado. En cambio la ciudad se había transformado en un vasto erial de escombros. Convencidos de la intercesión teresiana o de la casualidad, lo cierto es que los que visitan los sitios preservados no tienen otra perspectiva que admitir que la reina es la petite Thérèse. En efecto, la Catedral construida a fines del siglo XII nos permite esencialmente seguir los pasos de la joven parroquiana, el confesionario donde Thérèse recibía la absolución (¡!), el altar mayor ofrecido a la Catedral por el padre de Thérèse (1888); la capilla de la Virgen erigida en el siglo XV por Pierre Cauchon, el indigno funcionario del Vaticano que juzgó y condenó a Juana de Arco y que fue obispo de Lisieux durante 10 años hasta su muerte en 1442 (aquí Thérèse rezaba por el criminal Pranzini en 1887); la capilla arrendada por la familia Martin para la misa dominical en 1887; la estatua de Nuestra Señora del Monte Carmelo delante de la cual rezaba frecuentemente Paulina, la hermana de Teresa; la capilla con la imagen de la Santa Faz que motivó la devoción de Thérèse hasta el punto que al profesar adoptó el nombre de Sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.

El aspecto de la ciudad silenciosa estaba más cerca de lo metafísico que de lo real. El silencio y la soledad tienen resonancias introspectivas y caras a la espiritualidad de la petite Thérèse.


Aparte de los rastros de las bombas fallidas, nadie se ocupa mayormente de otras cosas del viejo edificio, con su interior gris, despojado y frío como tumba.
En cambio el Carmelo presenta el aspecto pulcro de la Orden, imperando la sobriedad y el gusto refinado. Todo es Thérèse: el jardín con la escultura que la representa y el monumento fúnebre cerrado por una alta vidriera contiguo a la capilla, para el que no se dispuso reclinatorio alguno pero sí un banco austero y apto para la meditación.
Les Buissonnetes (pequeños arbustos) es el nombre de la bella y amplia casa (S.XVIII), que el padre de Thérèse alquiló en Lisieux y en la que la niña vivió diez años. Hoy es un museo impecablemente conservado y atendido por hermanas carmelitas.
Finalmente, en este breve recorrido de los lugares que resistieron invictos los estragos de la guerra, aparece la Basílica erigida en homenaje de Thérèse. Se inauguró y bendijo el 11 de julio de 1937 por el legatario papal cardenal Pacelli, futuro Pío XII. Concebida y realizada con el espíritu restaurador de la arquitectura del Sacre Coeur parisino (1895). Pomposa y enorme, ajena a las libertades del gótico francés, dudamos que sea afín a la estética reservada e intimista de la Santa. Basta –para probarlo– con visitar su habitación en el Carmelo.

Thérèse no era lo que pudiera llamarse una intelectual. Pero tampoco era una inculta, aunque no fuera cultura lo que necesitaba para su misión: colaborar en el plan divino de la salvación.

Hasta esta Basílica en la que hacen cumbre vastas peregrinaciones de fieles de todo el mundo, también ha llegado la influencia teresiana, pero también referida a sus antecesores. En efecto, como los padres de Thérèse están muy cerca de formar parte del canon que la iglesia de Roma reserva para los seleccionados por sus virtudes, en varios lugares externos e internos del templo se exhiben consignas y panegíricos de los santos inminentes.
Cuando fuimos a Lisieux el invierno se hacía sentir. Además ese día de enero hubo huelga de trenes y los turistas brillaban por su ausencia. El aspecto de la ciudad silenciosa estaba más cerca de lo metafísico que de lo real. En verdad, fue como otra gracia porque el silencio y la soledad tienen resonancias introspectivas y caras a la espiritualidad de la petite Thérèse.
Fachada de Les Buissonnetes, casa familiar de los Martin en Lisieux.

Esta afirmación no pretende ser la única ni la mejor lectura teresiana. A la santa la han abordado los teólogos, los místicos, los poetas como Peguy, los espíritus simples, los mansos de corazón, los taumaturgos de diversos pelajes y hasta los de esa subclase tan peculiar que forman los psicólogos.
Recuerdo en ese día proverbial de mi visita a Thérèse –ya que Lisieux fue el epifenómeno– que en su Basílica me puse a rezar. Recordé en ese momento a Heidegger, cuando en sus años finales, a pesar de su fama de ateo hizo lo mismo en un templo cristiano. Su interlocutor le preguntó: “¿Cómo Maestro, Ud. haciendo esto?” recibiendo por respuesta del filósofo: “¡Cómo no iba a hacerlo en un sitio donde lo hicieron tantos antes que yo!”.
Ahí apareció el hondo misterio del ser y del tiempo. El instante del pensador cuando el “dasein” (ser ahí) que transita en el tiempo concientiza el vacío, la nada. El evento (Ereignis) supremo del ser ahí. El esclarecimiento de su arrojo, angustia y existencia. Acaso el “muro” de Thérèse ¿no es de esa característica?
“Cuando quiero tranquilizar mi corazón fatigado de las tinieblas que lo rodean, con el recuerdo fortificante de una vida futura y eterna, mi tormento se redobla. Me parece como si las tinieblas, tomando la voz de los impíos, me dijeran burlándose de mí: Sueñas con la luz, con una patria embalsamada, sueñas con la posesión eterna del Creador de estas maravillas, crees que un día saldrá de estas tinieblas en que languideces: ¡…avanza…! ¡…avanza…! alégrate de la muerte, que te dará, no lo que tú esperas, sino una noche todavía más honda, la noche de la nada” (Historia de un alma).
En la trama heideggeriana del ser, éste no es ni la suma total de los seres particulares ni su propiedad común, ni siquiera Dios (El Absolutamente Diferente como dice Barth). Ser es aquello a través de lo cual todos los seres son posibles. Si ello es así, Lisieux es posible porque está atravesada por un ser débil que sigue portando el estandarte del Carmelo.
Me retiré recordando los versos de Juan L. Ortiz:
“Hagamos un silencio como el de las orillas oscuras para escuchar esta voz innumerable y tenue”.