La pobreza es la cualidad o estado de pobre. Pobre proviene del latín pauper. Se vincula con “escaso”. En una de sus acepciones actuales más frecuentes, se aplica la cualidad de pobre al que tiene poco dinero o pocos bienes de cualquier clase. Pero también pobre tiene otros sentidos –verbigracia– vinculados al ahogo, la falta de medios, a la indigencia, a la mengua, a la miseria, a la privación, a la mendicidad. Cuando la pobreza es extrema se habla de “pauperismo”. Estos significados y los derivados (pobrero, pobrete, pobrezuelo, pobrísimo, paupérrimo…) al igual que el liso y llano “pobre” suelen hilvanarse con lo patrimonial y mejor aún, con la potestad de utilizar bienes y servicios.
Cuando se expresa “escaso” o “poco” no se traza una frontera definida. El “escaso” en Alemania puede ser superabundante para los sudaneses. Considerando a nuestro país, en San Antonio de Areco no se necesita el dinero que se requiere en la ciudad de Buenos Aires, para los gastos de comida, viajes, escolaridad y esparcimiento, pero por más dinero que se disponga en el tradicional pueblo provinciano no se podrá acceder en él y en los rubros mencionados, a la variedad y excelencia propias de la Reina del Plata.
Esta elemental y sucinta introducción, viene al caso para relativizar el concepto “pobreza” que en nuestras playas se lo pone de moda, de tanto en tanto, especialmente para defender o atacar los logros gubernamentales o la falta de ellos, en la lucha por el bienestar social.
Incluso la Iglesia articulada por la Nunciatura y los obispos afines, se muestra proclive a manifestarse críticamente en la materia, haciéndose eco de la cátedra del vicario romano, que más de una vez ha calificado a la pobreza como escandalosa.
Lamentablemente en el asunto hay definiciones y no esclarecimiento.
Se supone que en la especie, la jerarquía eclesiástica no alude al voto de pobreza que desde tiempos remotos han formulado órdenes prestigiosas como la de los franciscanos o la de los carmelitas descalzos. Voto vigente cuando vivían sus máximos representantes: San Francisco de Asís y San Juan de la Cruz. Tampoco estaría incluido el discurso de bienaventuranzas narrado en Mateo 5:3 y en Lucas 6:20 (aquí se habla de “pobre” a secas).
Precediendo a la gran colecta nacional de Caritas, patrocinada por el Episcopado Argentino, no parece antojadizo deducir que la denuncia católica romana contra la pobreza procura sensibilizar a los potenciales contribuyentes, más allá de que el resultado resulte frustráneo (menos de $1 per cápita feligresa) que si habla de algo es de amarretismo. Todo lo contrario del magisterio prescripto por Lucas 12:15.
Dejando de lado la oportunidad, hay demasiadas ambigüedades en esto de rasgarse las vestiduras ante el escándalo de la pobreza.
Traspuesta la arcadía de las primeras comunidades (Hechos 4:32/35) –en orden a la coherencia– la Iglesia de Roma no se ha distinguido por el esmero en la temática. Otrora anatematizó la pobreza de cristianos independientes como los cátaros o los valdenses (condenación de Gregorio IX, circa 1229). Pero para superar el mal –pobreza en el caso– el Vaticano ha insistido en no ahondar en el sistema en el que deviene, sino ha optado por manifestar la necesidad de desarrollar “una gran obra educativa y cultural, que comprenda la educación de los consumidores para un uso responsable de su capacidad de elección, la formación de un profundo sentido de responsabilidad en los productores y sobre todo en los profesionales de los medios de producción además de la necesaria intervención de las autoridades públicas” (36,2) (Centesimus annus – Juan Pablo II – 1°-V-1991). (En cine este paradigma lo filmó Fritz Lang en su famosa realización Metrópolis- 1926).
Curiosamente alguna vez un papa –Albino Luciani (Juan Pablo I)– dejó la retórica a un lado y creyó que había llegado la hora de vivir como Cristo. Implicaba vender los bienes eclesiásticos y dar el producido a los necesitados (Lucas 12:33). Su muerte (29.IX.1978) repentina y extraña le impidió concretar el santo anhelo.
Tanto en la órbita religiosa como en la laica es mucho más fácil protestar por la pobreza que superarla. Más aún, cuando desde el diagnóstico inicial se pisa campo resbaladizo; sin parámetros generados y utilizables con criterio uniformemente válido.
A su vez el reformista Lutero, fiel a su estilo, describió su parecer en la cuestión con palabras simples y contundentes: “El dinero es la palabra del demonio; de él se vale para hacer todo en el mundo…” (Tischreden-97)
¿Demasiado simple?.
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