...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


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Gutierrez Zaldivar: caminos medulares del arte argentino

 

Entre los artistas y el mercado

 

 

La tarea de marchand no es para Gutiérrez Zaldívar una actividad exclusiva. Buena parte de sus horas se proyectan en la investigación y la historia. Promotor entusiasta del “arte de los argentinos”, admite la asimetría de identidad de nuestros creadores frente al secular arte mexicano. Aunque carecemos de “pintores insignia” como Lucien Freud, Bacon o Botero, califica de extraordinarios a los fallecidos Quirós, Fader, Molina Campos, Soldi y Berni.


Sergio Cohen / Periodista

“La mayoría de los fines de semana de mi infancia y de mi adolescencia consistían en ir a almorzar afuera con mis padres y visitar exposiciones o remates de arte” declara Gutiérrez Zaldívar. Y agrega: “en mi casa de soltero había más de 120 obras entre cuadros y esculturas”.

Proviene de una familia de clase media en donde el contacto con el arte era natural y cotidiano. Dicha influencia hizo que a temprana edad –al margen de su tránsito por el mundo del Derecho– descubriese que su misión en la vida consistía en desacralizar e inocular a la gente del placer que significa estar en contacto y gozar con las distintas expresiones artísticas. Actualmente, su principal actividad, la cual viene desarrollando desde hace más de tres décadas, es ser curador y promotor de arte y marchand pero, a la vez, tiene una fecunda actividad como escritor que se ve plasmada en cada uno de sus libros. Sólido en sus conocimientos, seguro de sí mismo y contundente en sus juicios, Ignacio Gutiérrez Zaldívar desanda junto a El Arca, los aspectos medulares del arte de los argentinos, fija su posición sobre ciertos aspectos colaterales que hacen a dicha cuestión y, entre otros temas, devela algunas facetas de su experiencia, esencial para novatos y eruditos que desean adquirir obras de arte.
—¿Cómo se vinculó con el mundo del arte?
—A través de mis padres. Mi familia era de clase media y si bien no teníamos mucho dinero, siempre aparecía un peso para adquirir un cuadrito. En mi casa de soltero, había más de ciento veinte obras, entre cuadros y esculturas. Ninguna con un valor superior a los dos mil dólares. Mis padres destinaban el dinero para estudios y para comprar libros y algún lindo cuadro, cada tanto. La mayoría de los fines de semana de mi infancia y de mi adolescencia consistían en ir a almorzar afuera con ellos y visitar exposiciones o remates de arte.
—¿Cuándo compró su primer cuadro?
—A los trece años. Era una naturaleza muerta de Eugenio Daneri y me costó algo así como cuatrocientos dólares. Recuerdo que al mes de adquirirlo, vino a la casa de mis padres el coleccionista Domingo Minetti. La anécdota era que el mocoso había comprado un cuadro, al que le había puesto un marco nuevo y lo había colgado en una pared de su habitación. Minetti fue a mi cuarto, miró el cuadro y me preguntó: “¿Sabés lo que tenés colgado ahí?”, y yo le respondí: “Sí, un cuadro de Daneri, que obtuvo tal premio, etc., etc., etc.”. El me dijo: “Hace mucho que estoy detrás de este cuadro. Te lo compro” y le contesté que no. Al día siguiente, mi padre me dijo: “Nacho, vos nunca tendrás plata pero es evidente que tenés muy buen ojo, porque dentro de los miles de cuadros que podías haber comprado elegiste éste”.
—¿Por qué lo eligió?
—Porque me había gustado. Si hoy me preguntás: “¿Qué cuadro debo comprar?”, mi respuesta es: “El que te guste”, porque de lo contrario, aunque sea la mejor compra del mundo, no sirve. Pese a que soy un Midas, veo al arte como algo espiritual.
—Volviendo a su pasado, ¿qué sucedió con su padre?
—Me dijo: “Por qué no vendés ese cuadro y con lo que ganás te comprás dos”.
—¿Y le hizo caso?
—En efecto. Así comencé. Este hecho fue en 1965.
—Del universo artístico, ¿qué lo fascinó?
—Para el chico que yo era, disfrutar de la belleza artística era lo mismo que tomarme un jugo en el Parque Independencia de Rosario. Tené en cuenta que mi madre era diplomática y compositora de tangos y a mi padre le encantaba el arte. De hecho, nuestra biblioteca era fabulosa. Yo leía El corazón de piedra verde de Salvador de Madariaga, Ulises de James Joyce y todo Sandokán. Mi casa estaba abierta al arte, la visitaban Juan D’arienzo, Aníbal Troilo, Arturo Jauretche y Arturo Frondizi, entre otros. Cuando alguien me pregunta: “¿Desde cuándo es rico?”, le digo: “Desde que nací, porque me crié en la mejor familia del mundo y entre las mejores amistades”.
—Teniendo en cuenta que la suya no era una familia convencional, ¿qué lo distanciaba de la gente del barrio, de sus compañeros de escuela?
—Yo era igual a mis compañeros. Es más, mi mejor amigo era y es Carlos María Pinasco, quien actualmente dirige Colección Alvear de Zurbarán, una de mis galerías. Su padre creó El Fondo Nacional de las Artes. Por aquellos días, con 14 años, nosotros íbamos a las reuniones del Fondo, a las que asistían Victoria Ocampo, Cacho Carcavallo y Julio Cortázar, entre otros célebres. Para nosotros era normal comprar cuadros, arreglarlos y venderlos. A veces, ganábamos sólo cien pesos, pero lo hacíamos porque ésa era nuestra sana pasión.

Para mí no existen problemas, sino soluciones. Por ello, cuando me propongo algo voy hacia mi objetivo, sin medir cuánto tardo en llegar.

—¿Cómo este juego se transformó en una profesión?
—No lo sé. Creo que eso es producto de un acto de inconsciencia absoluta. Yo me recibí de abogado siendo muy joven y, al poco tiempo, fui Gerente Comercial de la editorial La Ley, a la que ingresé con la intención de ser jurista pero todo indicaba que lo mío era el marketing.
—En su caso, ¿el arte le ganó la pulseada al Derecho?
—Sí, pero el Derecho me dio grandes satisfacciones. Haberme decidido a ser mercader de arte fue un acto de un pródigo, porque como abogado tenía excelentes condiciones, y lo demostré en muchos casos. Por ese entonces, mi esposa tenía una prestigiosa escribanía con lo cual, de alguna manera, tenía la vaca atada. A eso sumale que mi ambición era ser Juez de la Corte Suprema y que mi orientador y padrino era Julio Oyhanarte. Vos te preguntarás por qué dejé el Derecho; porque al ver el otro lado del mostrador del mundo jurídico perdí interés. Además, todos me hacían ver que poseía más condiciones comerciales que jurídicas. Al principio, alternaba mi tarea de abogado con esta actividad, pero llegó un punto en que mi oficina de La Ley parecía un bazar persa. Yo sabía que para ser coleccionista debía estar siempre al pie del cañón. De hecho, ser hoy el comprador de arte más grande del país es producto de estar todo el día vinculado a ese mundo pero… ¿Sabés cuál ha sido el gran desafío de mi vida?
—¿Cuál?
—Buscar la excelencia en lo que hago. Por eso, mi peor enemigo es la rutina. Lo rutinario saca lo peor de mí. Yo me siento brutal buscando la excelencia, pero cuando la logro, automáticamente deja de interesarme. Por eso, comprendo al artista que nunca está conforme con lo que pintó. Tengo conciencia que es una tarea estéril, pero no puedo dejar de hacerla.
—¿Cómo se define profesionalmente?
—Como promotor del arte de los argentinos. Yo soy marchand que asume riesgos porque yo tengo quince artistas a los que les abono una mensualidad, vendan o no. Además, soy escritor y, más allá de los libros, todas las semanas escribo en El Federal y en Ambito Financiero. También soy historiador e investigador de arte, porque me interesa saber lo que otros no conocen o no han escrito.
—¿Existe un gran vacío en el arte de los argentinos?
—Enorme. La única historia medianamente completa es la de José León Pagano, que está escrita más por un crítico que por un investigador. Por otro lado, considero que las investigaciones que se realizan a través de la Universidad de Filosofía y Letras están hechas a la vieja usanza y para historiadores, no para el público en general.
—¿Son elitistas?
—Sí, pero ni mi generación ni la tuya buscan serlo, salvo algunos tontos que piensan que si no lo hacen así, carecen de rigor científico. De nada sirve que diga que alguien es bueno si no demuestro que tengo conocimientos que me acercan a esa conclusión. Cuando me dicen que Quinquela no es tan bueno, les respondo: “Leé mi libro y después conversamos”. Además, no te olvides que yo tengo una tarea muy ingrata.
—¿De qué se trata?
—De escribir la historia oficial de los artistas. Cuando edito un libro, los artistas son lo que he escrito. Esto implica un gran riesgo. Hay muchas cosas que no cuento para que nadie se sienta herido.
—¿Calla más de lo que cuenta?
—Yo cuento la verdad, pero no desmiento a nadie. Cuento lo que puedo comprobar. Yo sé quién es el padre biológico de Quinquela y no lo publico ni lo digo —más allá de tener en claro que editar esa historia sería un best seller, ya que es una persona muy importante— porque no tengo su ADN.

“Las estrellas como Picasso, Botero, Lucien Freud, Bacon y Claudio Bravo, han tenido detrás un marchand que ha sabido comunicar a los demás que estaban en presencia de un grande”.

El arte de los argentinos

—¿Cuál es su visión sobre el arte argentino?
—A mí me gusta hablar del arte de los argentinos, frase maravillosa que creó José León Pagano. Hago esta salvedad porque todos bajamos de los barcos. De hecho, en la historia de nuestro arte, hay un alto porcentaje de extranjeros.
—Por ende, ¿no tiene identidad?
—No tiene la identidad del arte de los mexicanos, pero eso pasa porque ellos tienen cincuenta siglos de historia y nosotros dos. Cómo le vamos a pedir a nuestros pintores que tengan identidad si nosotros no la tenemos. En ese sentido, lo importante es que cada artista cree lo que sienta, pero también existe otra realidad de nuestro arte.
—¿A qué se refiere?
—A que acá se pinta muy bien, pero no tenemos un Lucien Freud, un Francis Bacon, un Fernando Botero, un Velásquez o un Picasso.
—¿Quiénes conforman la categoría de extraordinarios?
—De los fallecidos: Quirós, Fader, Soldi, Molina Campos o Berni.
—¿Y de los contemporáneos?
—Carlos Alonso, Rómulo Macció, Guillermo Roux, Juan Lascano y Ernesto Bertani, entre otros. Contamos con un seleccionado que ningún otro país de América puede presentar. Hoy, el arte de los argentinos es de primer mundo, pero no está pasando una buena etapa, porque aquí se le da más importancia al mercado que a los artistas, olvidándonos que ellos son irreemplazables pero, para ser justo, digo que los artistas se dan a conocer en la medida de su marchand. Las estrellas como Picasso, Botero, Lucien Freud, Bacon y Claudio Bravo han tenido detrás a un marchand que ha sabido comunicar a los demás que estaban en presencia de un grande. Te cito un caso; para mí, el mejor realista que existe hoy en el mundo es el argentino Juan Lascano. Juan tiene 59 años, es divertido, sencillo y amable y, por eso a la gente le cuesta entender que es un grande. Lo primero que dicen es: “¡Cómo va a ser un genio si es muy amable y pinta naturalezas muertas, bodegones y cebollas!”. Hoy, para ser artista tenés que disfrazarte de raro, porque si usás saco y corbata, la gente no cree que lo seas.
—¿Este prejuicio nuestro excede las fronteras?
—Ese concepto es de la bohemia francesa del siglo XIX, pero en nuestro país está muy acentuado ya que siempre creemos que todo lo que se sostiene en Europa es la verdad revelada.
—¿Qué papel ocupa el marchand en la vida del artista?
—Debe solucionarle los problemas cotidianos que pueden afectar la creación de artista. Por ello, yo les genero una mensualidad. Al tenerla, están más allá de si se vende o no un cuadro. Ellos saben que tienen lo que necesitan y si hay bonus, mejor. La ventaja es que nunca deben plata y si hay que ponerse al día les compro una obra y quedamos a mano.
—De nuestros artistas, ¿quiénes reflejan mejor nuestra confusa identidad?
—Molina Campos y Quirós. Creo que Quirós es el mejor pintor que hemos tenido. Siempre digo que esos gauchos los podría haber pintado Claude Monet o Anglada Camarasa. Si ves un paisaje de Quirós en el Museo de Orsay, seguro que decís: “Esto debe ser un Pissarro”, jamás dirías que esa pintura es de un argentino.
—¿Qué mantiene encendido en usted la intención de difundir a los artistas?
—Mi filosofía de vida, que es la parábola de los talentos. A mí se me ha dado un talento que debo fructificar. Yo soy útil difundiendo el arte de los argentinos. Por otro lado, no dejo espacios vacíos, lo cual implica un gran esfuerzo. Sin ir más lejos, hice televisión durante cuatro años en un canal abierto y, además, escribo todos los días.
—¿Qué es lo más duro de su profesión?
—Para mí no existen problemas, sino soluciones. Por ello, cuando me propongo algo voy hacia mi objetivo, sin medir cuánto tardo en llegar.
—Y hoy, su objetivo, ¿por dónde pasa?
—En verdad, hoy siento que estoy compitiendo conmigo mismo porque casi todo es muy mediocre. Otra de mis misiones es la de demostrar que el arte es de todos. Para que te des una idea de mi dosis de inconsciencia, trabajo sin presupuesto. Por eso te digo que soy un pródigo. Lo mío es 99% de trabajo y 1% de inspiración.

Hoy, el arte argentino no está pasando una buena etapa, porque aquí se le da más importancia al mercado que a los artistas.

La oferta cultural

—El espectro cultural argentino es muy amplio. De hecho, existen grandes museos que exhiben piezas artísticas relevantes, ¿cuáles recomendaría visitar?
—El Eduardo Sivori, porque es el único de arte argentino; el de Bellas Artes, porque cuenta con las mejores obras y en el primer piso tiene un recorrido de Arte Argentino; La Casa Yrurtia, porque es una casona espléndida en la que se puede respirar el clima de un escultor importante; el Museo Gauchesco de San Antonio de Areco, por las obras de Figari y de Güiraldes, que no se ven en ninguna otra parte; el de Bellas Artes “Rosa Galisteo de Rodríguez” en Santa Fe, porque es el único edificio que se hizo para museo en el país y cuenta con una de las colecciones más maravillosas del mundo; el Castagnino, de Rosario, porque posee un acervo extraordinario; y el Emiliano Guiñazú, Casa de Fader en Luján de Cuyo. Digo esto con conocimiento de causa porque soy el único que hace exposiciones en forma permanente en el interior.
—¿Cómo se debe analizar la oferta cultural en el país?
—En Buenos Aires, es tan excesiva que ni siquiera se puede ver el 10%. Yo cerraría museos en la capital y los abriría en el interior. Allí, el mayor inconveniente es la discontinuidad. Por ejemplo, yo hago una muestra de Molina Campos en la Casa Fader, y la visitan 100 mil personas. El resto del año, hasta que regreso con otra exposición, van sólo 3 mil. A la gente hay que seguir alimentándoles sus deseos de ver arte.
—¿Qué debe hacer el Estado para que la gente no sólo tome contacto con el arte, sino que pueda crecer con él?
—Debería cerrar la Secretaría de Cultura de la Nación, que es un organismo burocrático que destina el 95% de su presupuesto a sueldos y debería invertir ese dinero en Canal 7, porque en el mundo de hoy, el mejor instrumento para difundir algo es la televisión. Cuando yo hacía el ciclo “El arte de los argentinos” por Canal 7, en la capital tenía un rating promedio de 3,6 puntos que equivale a 360 mil personas. Se calcula que en el interior el nivel de audiencia era el doble. Por ende, cada vez que aparecía en pantalla había un millón de personas mirando el ciclo. Eso es hacer cultura. El Estado debería evitar esa burocracia.
—¿Es posible transmitir una cultura estética no tan elemental y primitiva como la actual?
—Es complejo. De todos modos, el nivel intelectual en el mundo del arte es muy vasto. De hecho, en treinta años, nosotros hemos llevado arte a diez millones de personas en el país. A la última megaexposición de Quirós que hice en el Teatro Argentino de La Plata vinieron 22 mil. Lo importante es comunicar, por eso el 60% de mi tiempo lo destino a inocular a la gente del placer de disfrutar y vivir con arte. Modestamente, creo que he desacralizado el arte. El 99% de la gente cuando me viene a preguntar algo me dicen: “Yo no sé nada de arte” y yo respondo: “No se equivoque, usted disfruta del arte más que yo” y es cierto porque es muy difícil que a mí me emocione un cuadro. A estas alturas, mi capacidad de asombro ce fini.

“El nivel intelectual en el mundo del arte es muy bajo. De hecho, en treinta años, nosotros hemos llevado arte a diez millones de personas en el país. A la última megaexposición de Quirós que hice en el Teatro Argentino de La Plata vinieron 22.000...”

Contaminación visual y urbanismo

—En las grandes urbes, el grado de contaminación visual es muy importante. Esta contaminación visual que, en cierto modo, propone y promueve la publicidad, ¿ha eclipsado las verdaderas imágenes artísticas?
—Creo que no. Conozco sobre el tema porque estoy vinculado a Decaux, que es la empresa más importante del mundo en mobiliario urbano. La primera ciudad en la que actué fue París, hace más de treinta años. Allí hoy no existe polución visual, porque Decaux creó un mobiliario urbano por medio del cual en cada parada de colectivo existe información de la ciudad y una publicidad. En cambio aquí, desde que licitaron la vía pública, es al revés. Esto sucede porque hay funcionarios que se enriquecen con eso. Recuerdo que una vez le dije a De La Rúa,: “Mirá Fernando, la ciudad es un disparate. Hay 1800 pantallas públicas”, él me respondió: “¡Qué bueno! ¿Hasta cuánto podemos llevarlas?”, y yo le contesté: “Al revés. Hay que reducirlas a 180 y ubicarlas en los lugares adecuados porque, además, comercialmente no es bueno porque hay muchas y se cobra muy poco”.
—¿Qué opina de lo que sucede en las Galerías Pacífico, donde existe una profusa exhibición de carteles que no dejan ver las obras artísticas?
—Me sentiría incómodo criticándolas, porque cuando se licitaron, me llamó Carlos Menem y me dijo: “Nacho, te vamos a dar por diez años, 7 mil metros cuadrados de las galerías para que hagas un centro cultural. Sos la persona a la que las empresas privadas le tienen confianza”, y yo le dije que no, porque jamás acepté un cargo público. Existe un libro de mi hermano Ramón Gutiérrez que muestra todos los cambios de la Plaza de Mayo, desde el primer intendente Torcuato de Alvear, quien en ocho días mandó tirar abajo La Recova que costó ocho años edificar. Esa recova era el primer Shopping Center del mundo, era el centro de reuniones de la ciudad. Tiempo más tarde, para hacer la Diagonal Sur cercenaron un pedazo del Cabildo, que quedó reducido a una caja de bombones. Aquí, arquitectónicamente reina el vale todo. Por otra parte, nosotros siempre hemos querido ser París. Cuando nombrás nuestras grandes obras arquitectónicas, como el Banco de Londres, la Biblioteca Nacional, el Edificio del Correo y el de Aguas Argentinas, te das cuenta que no tienen nada que ver con nosotros. Igualmente, estos edificios son divinos, pero en otros países cada uno de ellos tendría a su alrededor cuatro manzanas vacías para que se los pudiera apreciar desde cualquier sitio.
—¿Usted cree que la propiedad horizontal destruyó la arquitectura liberal tradicional que reinaba, por ejemplo, en la Avenida de Mayo?
—Eso se debe a nuestra falta de identidad y a la costumbre ancestral de mirar siempre hacia Europa.

Al principio, alternaba mi tarea de abogado con esta actividad, pero llegó un punto en que mi oficina de La Ley parecía un bazar persa.

Razones de una compra

—¿Qué impulsa a la gente a adquirir una obra de arte?
—La primera razón es la decoración, luego el prestigio y, por último, la inversión. No creo que los movilice un fin especulativo. En general, lo primero que piensan es: “¿Dónde cuelgo el cuadro?”, y eso es un error. Lo ideal es rotarlos. En cuanto al prestigio, la gente compra los cuadros reconocibles. Por ello, una figura de Soldi vale entre 50 y 100 mil dólares y sus paisajes oscilan entre los 10 y 30 mil dólares. En lo personal, considero tan valioso un Soldi que crea mujeres etéreas, como un Berni que pinta a la santiagueña de Río Hondo. Yo creo que los paisajes de Soldi son mejores que sus figuras, pero sucede que cuando entra la vecina a la casa y ve una figura del maestro, automáticamente, dice: “¡Ay qué lindo Soldi!”. Por esa misma razón, a nadie se le ocurre comprar un cuadro de Quinquela que no sea de la Boca.
—Al comprar una obra, ¿qué se debe valorizar?
—Que te guste y adquirirla en el lugar más prestigioso. Por ejemplo, si mañana quiero comprar una esmeralda, como no soy entendido voy a ir a Tiffany’s. Sé que me va a costar un 40% más, pero el prestigio de Tiffany’s vale mucho más que una esmeralda porque sé que todo lo que me dicen allí es vero. Lo mismo ocurre con el arte.
—¿Está de acuerdo con el precepto que sostiene que “el arte debe ser provocativo”?
—No. El arte es siempre un autorretrato del que lo hace. Por eso, tenés gente mansa como Soldi que pinta cosas mansas y personas iracundas como Quirós.
— En el arte underground, ¿se pueden apreciar artistas valiosos?
—Sin duda, pero ser underground no es condición sine qua non de que tenga valores artísticos per se. Ahora, cuando lo underground pasa a ser arte deja de ser underground.
—¿Qué ventajas tiene el arte frente a otras manifestaciones de la vida?
—La ventaja es que ante la misma obra, todos tenemos sensaciones diferentes. La obra de arte vive cuando alguien la observa y la disfruta, si esto no ocurre, no existe.
—La creación artística, ¿acerca a un estado de felicidad?
—Sí. Por eso, mi misión es inocular a la gente de lo que disfruto y lograr que ese placer sea para todos.
—¿Qué le puede aportar el arte a la vida de la gente?
—El arte mejora la calidad de vida. Estar en un lugar rodeado de cuadros es mucho más agradable que estar en ese mismo lugar sin esos cuadros.
—Así como Pablo Picasso constituyó una figura artística paradigmática de su época, ¿quién es la figura más trascendente de nuestro tiempo?
—Lucien Freud, que tiene 82 años, es nieto de Sigmund, y vive en Londres. El es el pintor realista más extraordinario de los últimos dos siglos. Curiosamente, no pinta la belleza, sino las miserias humanas. Eso es lo único que me divorcia de él, entre comillas.
—Más allá de lo académico, ¿qué es el arte?
—Según Henri Matisse: “El arte es un cómodo sillón desde el cual se puede contemplar la vida”, y yo vivo sentado en ese cómodo sillón contemplando la belleza del arte de los argentinos.