...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


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Buenos Aires y su sistema de castas

 

Indios, negros y mestizos en la vida colonial

 

 

Un conjunto de escalas valorativas a partir de la raza, religión y nacionalidad rigió la vida en la sociedad virreinal. Tanto sus leyes tutelares como el imaginario social lograron imponer la superioridad del hombre blanco y europeo.


Mario Margulis / Carlos Belvedere
Capítulo extractado del libro La segregación negada. Cultura y discriminación (Mario Margulis, Marcelo Urresti y otros) publicado por la Editorial Biblos. Mario Margulis es sociólogo y fue decano de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Carlos Belvedere es sociólogo y profesor de la UBA.

El negro, en la época colonial, era usado en actividades manufactureras y muchas veces era castigado por un capataz mulato, descendiente de esclavos. (Grabado de época.)

La conquista y la gradual constitución de la sociedad colonial instalaron desde un principio la idea de la inferioridad de los nativos, que se manifestó –en los varios siglos que abarca el período colonial– de diferentes maneras. En un comienzo se llegó a negar la humanidad de los indígenas, lo que se hizo visible en las prácticas extremas que incluían toda clase de abusos hacia la población nativa, relatados en las crónicas de la conquista y de la colonización y en las argumentaciones de aquellos que denunciaron esas violencias y adoptaron tempranamente la defensa de los nativos.
Durante el período colonial se gestan en América importantes fenómenos sociales, derivados de las grandes variables demográficas que influyen en el crecimiento de la población: la inmigración y la fecundidad. En este caso de brutal dominación tales variables se manifiestan de modo perverso: el traslado forzoso de africanos convertidos en mano de obra esclava y el mestizaje, resultado de la relación autoritaria y desigual entre el hombre blanco y la mujer india, se combinan para dar lugar a una vasta población subordinada, cuyo lugar en la sociedad –en un sistema de castas– dependía de señales físicas que manifestaban el origen étnico y social.
En el largo período colonial se crearon y consolidaron en América escalas valorativas particulares, fundadas en caracteres atribuidos a razas, culturas, etnias y nacionalidades, instalando en el imaginario social la idea de la superioridad indiscutible de lo blanco y europeo –valores que arraigaron fuertemente y se instalaron de allí en más en las clasificaciones sociales– y consagrando el derecho a la utilización, en beneficio de los sectores dominantes, del trabajo (en condiciones sumamente opresivas) de los sectores de la población considerados inferiores.

Las leyes tutelares

La sociedad colonial fue, más que una sociedad clasista, un sistema de castas estratificado según el color de la piel: la cúspide de la pirámide social la ocupaban los blancos españoles, secundados por los criollos; luego seguía una amplia base de personas de piel oscura con ascendencia india o negra, entre quienes era apreciable una variada gama de mestizajes, rescatados por el mundo simbólico y legal bajo la forma de clasificaciones, denominaciones y reglamentos. La legislación colonial reforzaba mediante el derecho esta estratificación de hecho, codificando las desigualdades hasta el punto de hacer posible afirmar como síntesis que las leyes tutelares –como conjunto– consideraban a los indígenas como seres inferiores. Luego de tres siglos de colonia, “estas leyes sirvieron para mantener y fijar esa inferioridad. En consecuencia, al ser declarada la igualdad jurídica, el indígena se hallaba en estado efectivo de inferioridad con respecto al resto de la población, en todos los dominios de la vida económica y social.”1


Marca de esclavos,
usada en la Colonia.
“La legislación del virreinato configuró un sistema estratificado según el color de la piel.”


A medida que el Río de la Plata se fue transformando de una sociedad de castas en una sociedad clasista,2 las desigualdades jurídicas y materiales fueron cambiando su carácter, aunque mantuvieron su coloración. “Las principales características de la situación colonial fueron la discriminación étnica, la dependencia política, la inferioridad social, la segregación residencial, la sujeción económica y la incapacidad jurídica. Paralelamente, la estructura de clases se definía en términos de relaciones de trabajo y de propiedad.”3 Así fue como, de la distinción entre blancos por un lado, y negros, indios y mestizos por otro, se pasó a un sistema de desigualdad social en cuyos polos se encontraban los grandes terratenientes y los peones y campesinos pobres. En esta transmutación algo permanece: en términos de población, la base es la misma, dado que la mano de obra proviene de los sectores que eran marginados en la sociedad colonial según su ascendencia y coloración de la piel. Las relaciones de clase en la Argentina están signadas, desde mucho antes de su nacimiento como nación, por un sustrato racial.4


Los indígenas fueron sometidos a
un trato brutal. Grabado de
Huamán Poma de Ayala.

Aculturación

En la sociedad colonial se instala un “proceso de aculturación” de los indios y los negros que consiste en “su transformación de hombres participantes de una cultura determinada en miembros de alguna de las castas de la sociedad colonial, en primer lugar, para terminar conformando, mejor que una cultura, la clase social explotada en una comunidad nacional”.5 Los indios, negros o mulatos de la sociedad colonial tuvieron que aprender a ser peones, y en ese aprendizaje transformaron su cultura. Fueron legitimadas nuevas distinciones y discriminaciones: a un determinado color de piel se le asociaban determinados rasgos culturales, y ambos factores devenían indicio de baja estirpe. En los comienzos de la época colonial la cultura de los sectores subordinados era menos importante que el color o la ascendencia para la puesta en marcha de los mecanismos de exclusión: la cultura del negro –por ejemplo– no tenía en general connotaciones positivas, pero se marginaba al negro por ser negro, sin importar demasiado su cultura; más tarde, en cambio, los patrones culturales se volvieron consustanciales respecto de la nueva marginación social: no era preciso adquirir hábitos específicos para ser negro, pero sí para ser peón de campo.

Podemos decir, entonces, que la discriminación clasista es más intrínsecamente cultural que la discriminación de castas. Durante la conquista de América, el indio no fue simplemente discriminado: fueron con frecuencia objeto de tremenda explotación y trato brutal. Por ejemplo, en los primeros tiempos de la conquista de México y antes de que el régimen legal de la encomienda se impusiera plenamente, fue común la esclavitud de indios. En el sistema productivo, el indio ocupaba un lugar más próximo al de la materia prima que al de la fuerza de trabajo, puesto que se lo consideraba “un recurso inagotable y se usó de ellos sin ningún límite. La disminución de la población acarrea un aumento proporcional de los precios de cada pieza” (es decir: de cada indio).6 No se consideraba al indio como un ser humano que despliega su fuerza de trabajo, sino una cosa: una “pieza”, un “recurso”, un bien material de escaso valor. Así, por ejemplo, Nuño de Guzmán, que en Pánuco se dedicaba al tráfico de esclavos, en sólo un año “llegó a enviar diez mil indios esclavos a las Antillas para cambiarlos por mercancías y ganado. La relación de cambio en esa zona llegó a ser de cien esclavos por cada caballo. Gonzalo López redujo a la esclavitud a unos tres mil indios de los pueblos de Zacualpa y Ahuacatlan –por cada indio capturado morían muchos– y luego los vendió en las minas. Entre 1521 y 1535, la época de oro de la esclavitud, las crónicas hablan de rebaños de esclavos,7 con lo que los indios se incluyen en una condición simbólica homologable al ganado.


“La abolición de la esclavitud, en 1584, fue reemplazada por relaciones laborales semiserviles.”

Abolición de la esclavitud

Con el tiempo la utilización de los indios como esclavos se va reduciendo, y ello debe atribuirse menos a la voluntad de los gobernantes que a la drástica disminución de la población y a la incorporación de mejoras técnicas en el proceso de producción de metales. Lo cierto es que en 1548 se decretó la abolición de la esclavitud, que fue reemplazada por nuevas formas de producción (el repartimiento, la hacienda, etc.) y por relaciones laborales semiserviles que incluían la fijación del trabajador al suelo, el endeudamiento y el tributo. A partir de entonces, sólo para la población negra persistió el régimen de esclavitud.
Este tratamiento diferencial entre el indio y el negro redundó en una especie de paternalismo hacia el primero. En los comienzos de la colonia no se produjo la fuerte separación entre indígenas y españoles que después habría de ser tan importante. En otras sociedades, la segregación de las razas menospreciadas era sumamente tajante, por ejemplo durante la Edad Media española, cuando se asignaba “a la población musulmana sometida, así como a los judíos, barrios separados en las ciudades, proscribiéndolos de esta suerte en su gueto.”8 Pues bien: en los primeros tiempos de la colonia no se intentó reproducir una separación de este tipo entre indígenas y españoles. Las leyes de Burgos indicaban que debía asentarse a los indígenas cerca de los españoles, lo que resultaría beneficioso para la evangelización y la utilización de su fuerza de trabajo. Sin embargo, esta política fracasó, por abusos de los españoles y por resistencia de los indígenas a abandonar sus modos de vida y costumbres. Se incorporaron entonces disposiciones segregacionistas, en parte orientadas, por lo menos en la letra, a proteger a los indios de los abusos de los hispánicos, quienes se apoderaban de sus mujeres y los despojaban de sus bienes. Con el tiempo, la política indígena de los españoles llegaría a aislar a los indios respecto de los blancos, pero sin por ello abandonar cierto proteccionismo hacia aquéllos, ya entonces más formal que efectivo. En la práctica, a la vez que se los marginaba con relación al blanco, se los separaba de otras castas tales como los negros, mulatos y mestizos, a quienes se les prohibía radicarse entre los aborígenes.

Esclavos, bajo la dura mirada del capataz.
Dibujo del pintor viajero Ruggendas.


La “razón” esgrimida era que “esos alógenos y mestizos maltrataban a los indígenas, los ejercitaban en los vicios y la holgazanería y les infundían creencias supersticiosas que ponían en peligro la salvación de sus almas.”9 Curiosamente, invocando la salud espiritual de los indios, se les infligió una serie de males absurdos, como quitar a las madres indias sus niños mestizos. No debe extrañar, entonces, el fracaso de esta política en su intento por eliminar de la comunidad india a mestizos y zambaigos.

El mestizaje

Desde épocas tempranas los mestizos eran considerados inferiores, poco confiables y enemigos del orden. Tales estigmas se extendían a toda clase de mezclas en las que intervenían indios o negros, con prescindencia de la paternidad de los blancos en su gestación.
El prejuicio hacia la mezcla racial, tan presente en los escritos del siglo XIX, estaba ya en vigencia desde el siglo XVI en la América colonial. Esta actitud aflora claramente en la correspondencia del virrey Luis de Velasco:
Los mestizos van en aumento, y todos salen tan inclinados y tan osados para las maldades que a éstos y a los negros se les ha de temer. Son tantos que no basta corrección ni castigo. Los mestizos andan entre los indios, y como tienen la mitad de su parte, acógenlos y encúbrenlos y danles de comer; los indios reciben de ellos muchos malos tratamientos y ruines ejemplos.”10
La mezcla de españoles con indígenas dio lugar a los llamados “mestizos”. La población de la colonia se volvió gradualmente más compleja y variada al sumarse los africanos y las diferentes formas de descendencia que emanaron de su combinación con españoles, indígenas y mestizos.


“El prejuicio hacia la mezcla racial estaba ya en vigencia desde el siglo XVI en la América hispánica.”

Segregación

En un principio se llamaba mestizos a los descendientes de españoles e indígenas (por supuesto, la combinación prácticamente excluyente era padre español y madre indígena, lo que resultaba coherente con la abundancia de españoles solos y con el imaginario social imperante que tornaba impensable que una mujer española procreara con un indígena) y se denominaba castas a los afromestizos. Pero poco a poco las mezclas se tornaron tan variadas y coloridas que el lenguaje encontró dificultades para expresar la complejidad de la población colonial. Ello no es trivial, pues el lenguaje intentaba expresar las clasificaciones existentes y con ellas el lugar y poder social relativo de cada uno de los grupos. Tales atributos sociales derivaban, casi exclusivamente, de los valores atribuidos al grupo étnico y de la proporción de caracteres blancos y europeos presentes en cada individuo. Como la mezcla de sangres era señal de inferioridad y acarreaba desventajas económicas y sociales (que se expresaban en términos de tributos y derechos o deberes, pero además en la escala del prestigio o la deshonra), se hacían esfuerzos para ocultarla o, en todo caso, se procuraba mediante tergiversaciones de los orígenes obtener beneficios acercándose, en lo posible, a los valores dominantes: la blancura, la españolidad, la sangre española.
Tratar de eludir el pago de tributos, al que también se sujetaba legalmente a las castas, adquirir honor o evitar deshonra eran motivos que llevaban al ocultamiento. Los intentos para salvar las líneas de color han dejado huella en los documentos oficiales, lo que han aprovechado los especialistas para trazar cuadros parciales de la población mestiza. Apreciaciones éstas siempre controvertibles y diferentes entre sí, pero de las que, sin embargo, destaca un hecho indudable, y en el cual sí coinciden los historiadores de diversas escuelas: la importancia creciente de la población mestiza (mestiza en el sentido actual del término) dentro de la sociedad novohispana; una sociedad multirracial, muy complicada.11

Doña Eloísa Soler, bisnieta de esclavos, nació y vivió junto a la laguna de Chascomús. Hasta su muerte –a mediados de los ochenta, a edad imprecisa–, estuvo al frente de la Capilla de los Negros, creada en 1862 por la llamada Nueva Hermandad de los Morenos.

Régimen de trabajo

A medida que evolucionó el sistema económico colonial, fueron cambiando las formas de organización del trabajo sobre la base de las exigencias económicas y las posibilidades de obtener fuerza de trabajo abundante y barata. El maltrato a los indígenas y el impacto que la conquista y la implantación del sistema colonial ejercieron sobre la población nativa redundaron en un fuerte descenso demográfico que adquirió características catastróficas en las regiones en las que florecieron las grandes civilizaciones prehispánicas, principalmente en Nueva España (actual México) y en las zonas de influencia del imperio inca. La población era numerosa antes de la llegada de los españoles, sobre todo por la buena resolución de las necesidades alimentarias y la articulación de formas sociales que favorecían el crecimiento demográfico. No discutiremos aquí las diversas estimaciones realizadas acerca de la población alcanzada por las grandes naciones americanas; existe consenso en que su número (en el México o el Perú prehispánicos) era muy elevado (aproximadamente veinticinco millones de personas en cada uno de esos imperios) y que la floreciente demografía respondía al éxito alcanzado en la producción de alimentos y en el modo de organización económica y política que atendía a la reproducción de la vida. En ese sentido es importante consignar que la España que realiza la conquista tenía una población total que se estimaba –para inicios del siglo XVI– en no más de ocho millones de habitantes, que sus principales ciudades no superaban –al decir de los primeros cronistas– en tamaño y esplendor a las capitales indígenas, y que su sistema de producción y distribución de alimentos generaba una condición demográfica de escaso crecimiento, alta mortalidad, grandes epidemias, frecuentes hambrunas y una esperanza de vida que implicaba un muy lento crecimiento de la población, con frecuentes regresiones como la acaecida en el siglo XVII.
Como resultado de la conquista e instalación del régimen colonial, la población indígena descendió brutalmente, y llegó a sus niveles mínimos, tanto en México como en Perú, hacia 1650. En este primer período de la experiencia colonial, las consecuencias fueron trágicas para la población nativa: se calcula que los veinticinco millones en que se estimaba la población anterior a la llegada de los conquistadores se habían reducido a su mínima expresión; no superaba en México el millón de indígenas y mestizos, según recuentos realizados en la época. Puede discutirse la cifra original, pero por baja que fuera la estimación no deja de ser evidente que las consecuencias de la llegada de los europeos, la conquista y la instauración de un nuevo régimen económico, político, cultural y social fueron desastrosas para los pueblos que habitaban esas tierras.

 

 


“El impacto de la Conquista
en América redundó en un
catastrófico descenso demográfico.”

1. Rodolfo Stavenhagen, Las clases sociales en las sociedades agrarias, México, Siglo Veintiuno, 1969.
2. Sobre la distinción entre sociedades de castas
y sociedades de clases, véase Max Weber,
Economía y sociedad, México, FCE, 1966.
3. R. Stavenhagen, ob. cit.
4. No consideramos aquí las razas como entidades biológicas sino como creaciones sociales, como taxonomías socialmente construidas que apelan a características fenotípicas.
5. Leandro Gutiérrez, “El indio y el negro en el
proceso de transculturación en América latina”, en Cuadernos de Comentario, 20, mayo-junio de 1970.
6. Richard Konetzke, América latina. La
época colonial, México, Siglo Veintiuno, 1971.
7. R. Konetzke, ob. cit.
8. R. Stavenhagen, ob. cit.
9. Idem.
10. Carta del virrey Luis de Velasco a Felipe II en 1554 (citada por Andrés Lira y Luis Muro, “El siglo de la integración”, en Historia general de México, El Colegio de México, 1976).
11. Idem.


Las poblaciones prehispánicas


Hernán Cortés, conquistador de México.
Diversas estimaciones se han realizado para tratar de evaluar la población existente en las grandes civilizaciones prehispánicas en el momento de la llegada de los europeos. A los estudios realizados por Paul Rivet y Karl Sapper, que tenían en cuenta los datos formulados por misioneros, conquistadores y cronistas de las Indias y que evaluaron el potencial ecológico de cada región, llegando a cifras consideradas entonces elevadas, se opuso una corriente denominada escéptica, cuyos principales referentes fueron primero el antropólogo A. L. Kroeber y luego Angel Rosemblat, que redujo las magnitudes. Son destacables los minuciosos estudios realizados para México central por Woodrow Borah, Sherburne Cook y Leslie Bird Simpson, basados en técnicas de proyección retrospectiva así como en investigaciones sobre el régimen social, la productividad agrícola, la nutrición y la patología. Estos autores estimaron en 25,3 millones el monto de la población de México en la época del desembarco de Hernán Cortés. Véase Nicolás Sánchez-Albornoz y José Luis Moreno, La población de América latina: bosquejo histórico, Editorial Paidós, 1968, cap. I.