...porque la Tierra está llena de
violencia, haz para ti un arca de
madera de árbol resinoso.
Génesis 6: 13,14
El Arca del Nuevo Siglo / Una publicación de La Caja de Ahorro y Seguro S.A.
 


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El humor de Fontanarrosa

 

Héroes que cumplen años

 

 

Lo que va de un Renegáu autóctono e inexportable a un Aceitoso inmigrante de película, explicado por el artista que los concibió. Pero no sólo tiras: el humorista rosarino viaja también en dibujos de un cuadro solo y en una fascinante literatura.


Andres Keitel

El conocimiento que mucha gente tiene de algunos humoristas suele estar fijado, a menudo de un modo definitivo y excluyente, al nombre de uno de sus personajes, especialmente aquel que le ha dado mayor popularidad. Quino es para casi todos el autor de Mafalda, Caloi el de Clemente, Fontanarrosa el de Inodoro Pereyra. Con todo lo que tiene de homenaje o reconocimiento, esta asociación automática opera en muchos casos como un hecho contraproducente. “Hace veinte años que no dibujo a Mafalda y la gente sigue todavía preguntándome por ella”, protestaba semanas atrás Quino en una mesa redonda organizada por la Feria del Libro. Este hecho constituye para él un estigma, además de una verdadera injusticia porque pareciera que impide percibir o disfrutar su actual trabajo, que es de excepcional calidad. “Todas las semanas entrego una página distinta y, sin embargo, nadie me dice nada.

Estoy pensando en dejar de hacer algunas de esas cosas a ver si alguien me pregunta luego por ellas”, agregó ese día ya más en tono de solfa y como resignado a lo que ocurre.
Al “Negro” Fontanarrosa, en cambio, la vinculación de su nombre con el del famoso Renegáu no lo altera. Primero porque la historieta de Inodoro Pereyra se sigue publicando y es, sin duda, su mayor aporte al humorismo nacional, ubicada bastante por encima de sus colaboraciones diarias en la contratapa del diario Clarín. En segundo término, porque durante años Inodoro convivió con Boogie, el aceitoso, sin molestarse, como si cada uno tuviera su propio espacio. Y finalmente porque, después de todo, como dijo Jorge Guinsburg en la misma mesa en la que intervino Quino, “mejor es ser reconocido por un solo personaje que no ser reconocido por nadie.”
El humorista de Rosario sabe, por otra parte, que el Inodoro Pereyra se ha convertido en uno de los personajes más queridos de los lectores argentinos, una verdadera adicción para todos aquellos que encuentran en sus desopilantes y absurdas aventuras una forma más tolerable de mirar la realidad, de soportar las calamidades de cada día. Lo cual tiene como efecto, que ese cariño se transmita al propio autor.


Fragmento de una de las tiras de Inodoro Pereyra que, domingo por medio, aparecen en Viva, la revista del diario Clarín.

Según pasan los años

Inodoro Pereyra cumplió ya más de un cuarto de siglo de existencia. Nació y creció en la revista cordobesa Hortensia, como una suerte de parodia de los giros y estereotipos lingüísticos puestos de moda por el boom del cancionero folklórico. Alguna vez, el propio gaucho explicó en una historieta el origen de su nombre : “Pereyra por mi mama, Inodoro por mi tata, que era sanitario.” Pariente lejano de Martín Fierro, el Renegáu, no obstante, ha subrayado desde el principio su vocación de diferenciarse de sus referencias genealógicas. En uno de sus primeros episodios, al encontrarse con un equivalente de Cruz, que lo salvaba de un grupo de soldados y lo invitaba a huir en dirección a las tolderías, Inodoro rechazaba el ofrecimiento con una rápida respuesta : “A esto ya lo leí en otra parte y yo quiero ser original.”

“El Inodoro Pereyra –Pereyra por mi mama, Inodoro por mi tata, que era sanitario– se ha convertido en uno de los personajes más queridos de los lectores argentinos, una verdadera adicción para todos aquellos que encuentran en sus desopilantes y absurdas aventuras una forma más tolerable de mirar la realidad, de soportar las calamidades de cada día.”

Ese gaucho parodiador fue luego evolucionando hacia un tipo más común, una especie de argentino promedio que sigue con asombro las vicisitudes del país y a cuyo rancho suelen acudir personajes de toda clase, desde Don Quijote de la Mancha o Jorge Luis Borges hasta el Zorro o los Reyes Magos. El cambio fue acompañado por modificaciones en el dibujo. El Inodoro de los comienzos tenía los ojos achinados y los caracteres físicos de los personajes de La guerra al malón del comandante Prado, del artista plástico Carlos Alonso, como lo señala el propio Fontanarrosa. Después enflaqueció y poco a poco los ojos se le fueron poniendo saltones, la boca más dientuda y la nariz como una batata, al estilo de los almanaques ilustrados por Florencio Molina Campos. Es el Inodoro Pereyra de rotunda comicidad que todos conocemos hoy, un charlatán impenitente y algo grandilocuente, pero que no puede ocultar su condición de antihéroe y que por eso nos cae tan simpático y nos produce tanta ternura. “Un tipo como tantos que hace lo que puede y no lo que quiere. Que reacciona como cualquiera de nosotros, pero que, por sobre todas las cosas, es un personaje digno”, como dice Fontanarrosa.
Junto a él fueron cambiando también el inefable Mendieta, un animal que en otro tiempo “fue crestiano” y una noche de eclipse se volvió perro, y la Eulogia, esposa de Inodoro. Fontanarrosa ha explicado estas modificaciones de dos maneras. Una con humor: “Lo que pasa es que la Eulogia surgió cuando estaba de moda el repertorio folklórico. Recordemos aquello de la sangre rumorosa y la cintura cósmica. Por eso al principio de la historieta era una linda mina, después se puso fulera.” La otra, más seriamente: “El cambio con la Eulogia fue deliberado. En algún momento yo pensé: cómo un tipo así, que vive en un rancho miserable, no es buen mozo ni ningún héroe, va a tener una mina linda.

El Inodoro en sus orígenes, el de 1974 en la revista Hortensia.

Es muy difícil. Yo creo que los personajes cambian como las personas, paulatinamente. Mafalda y Clemente también cambiaron.” Pero, más linda o más fea, con más caderas al estilo neorrealista italiano o de líneas más gráciles, Inodoro siempre ha querido a la Eulogia. “Endijpué de tantos años, si tengo que elegir otra vez, la elijo a la Eulogia con los ojos cerrados —dice con ternura el Renegáu—. Porque si los abro, elijo a otra.
En cuanto a la sucesión ininterrumpida de gags verbales y juegos de palabras que siempre se encuentran en la historieta de Inodoro Pereyra, Fontanarrosa afirma: “De adolescente, cuando leía Patoruzú, Rico Tipo y otras revistas, me sorprendía de algunas historietas cómicas de una página donde el chiste estaba en el último cuadrito. Era un riesgo. Se jugaba toda la página a que el remate fuera muy bueno. Los contadores de cuentos, como Landriscina, en cambio, van metiendo pequeñas cositas, como chispazos de humor a lo largo del relato. Entonces, si el remate no es excelente, por lo menos está más defendido por lo anterior. Yo aprendí de ellos e intenté de a poco, primero cada dos o tres cuadritos, luego en casi todos, introducir toques de humor. Pero, esa estrategia implica más trabajo, porque aparte hay que contar una pequeña historia.”

“Hay un campo en el que el humorista rosarino brilla tanto como en la historieta: la novela y el cuento. Tres novelas(Best Seller, El área 18 y La Gansada) y ocho libros de cuentos, entre otros, Los trenes matan a los autores, El mundo ha vivido equivocado, La mesa de los galanes o el más reciente Una lección de vida son testimonio de una tarea constante y de un crecimiento como narrador.”


Los días de Boogie

A pesar de su demoledora gracia, Inodoro Pereyra tiene una limitación evidente: sus juegos de palabras, sus giros gauchescos o sus locuciones son difíciles o imposibles de traducir a un idioma extranjero. De manera que, salvo al Uruguay donde goza de mucha aceptación, la historieta es inexportable. Fontanarrosa es, sin embargo, conocido en otros países de América latina. Esa difusión la logró principalmente con Boogie, el aceitoso, un personaje que comenzó a aparecer también en la revista Hortensia alrededor de 1972 y que Fontanarrosa había elaborado como parodia de Clint Eastwood en Harry, el sucio, y dedicado a su amigo, el humorista cordobés Crist. La divulgación de Boogie, además de la potencia del personaje, se facilitó gracias al uso de un español más neutro, de traducción televisiva, y rápidamente reconocible. En el extranjero se publicó en El Tiempo de Bogotá y en la revista Proceso de México. En la Argentina en Humor, La Maga y Rosario/12.
Fontanarrosa confesó que dejó de publicarlo alrededor de 1997 porque se cansó de él. “Me parece que pasó su época y había dejado de divertirme”, precisó. Los que ahora quieran conectarse con las aventuras del personaje de Fontanarrosa tienen a mano un excelente libro de Ediciones de la Flor, Todo Boogie, el aceitoso, que reúne las historietas completas del personaje.


Boogie y una sensación casi olvidada. Drástico, como siempre; todo lo humano le es ajeno.


“¿Qué siente cuando mata a un hombre, Boogie?”. “Si uso silenciador, no siento nada”, contesta él, impasible. Cínico e impenetrable, duro hasta la insensibilidad, Boogie paseó este estilo inconfundible durante veinticinco años, ganando en su itinerario miles de adeptos, no sólo entre quienes entendían la caricatura como una forma de ridiculizar por la exageración ciertos rasgos de la violencia, sino aun entre aquellos que, impedidos de metabolizar el verdadero propósito del autor, idealizaban el modelo que se quería ironizar. En Colombia, una infeliz lectura literal de las historietas llevó a ciertos lectores a escribir cartas a Fontanarrosa defendiendo al personaje. “Era una cosa terrible. Había tipos contentos porque por fin llegaba alguien que les pegaba a los negros y a las mujeres”, comentaba el autor de la tira.
“Presentado como una suerte de sarcasmo desesperanzado e integrante de un conjunto de personajes amorales que comenzaron a irrumpir en la década del 70, Boogie —dice el semiólogo Oscar Steimberg— fue una novedad en la historieta argentina, ya que apareció en el momento en el que el género empezaba a reconocerse a sí mismo como arte.

“¿Qué siente cuando mata a un hombre, Boogie? Si uso silenciador, no siento nada, contesta él, impasible. Cínico e impenetrable, duro hasta la insensibilidad, Boogie paseó este estilo inconfundible durante veinticinco años, ganando en su itinerario miles de adeptos, no sólo entre quienes entendían la caricatura como una forma de ridiculizar por la exageración ciertos rasgos de la violencia...”

Se trataba de un trabajo sin componentes didácticos y, en la medida en que no tenía un mensaje aleccionador y no comunicaba una moral, empezaba a parecerse más al arte contemporáneo que al sermón o a la página del libro de lectura.” Como Inodoro Pereyra, también Boogie fue cambiando. Al principio era más atlético. Luego engordó y se fue haciendo más pesado. Sin embargo, Fontanarrosa considera que esta metamorfosis física se fue produciendo de un modo involuntario. “Lo que en cambio constituyó un giro deliberado fue pasarlo de centro de atención a personaje lateral. Una especie de testigo de las historias que le cuentan otros. Y eso fue porque, dadas las características del personaje, siempre terminaba igual, cagando a tiros o pegándole a otro. Así se empobrecía el humor”, reconoce el autor. Todo eso sin hacer perder al personaje su carácter frío y calculador de siempre.


La clásica seriedad del autor y el más reciente de sus libros de cuentos: el humor en una narrativa sin dibujos.

Y esa filosofía que él transmite tan claramente en una expresión que es el revés de una sentencia de Terencio: “Todo lo humano me es ajeno, Marcia.”
Muchos lectores —en la necesidad de identificar a los autores con sus personajes— han preguntado con frecuencia a Fontanarrosa, qué tenía en común con Boogie. El contestó: “Yo digo que es la antítesis mía. Pero a lo mejor es que, en un rincón del corazón yo querría tener esa impunidad, ese manejo de la violencia y esa capacidad física. La pureza de los superhéroes siempre me han hinchado las pelotas. Los villanos son mucho más atractivos. Y, si bien Boogie es inescrupuloso, también tiene un grado de sutileza. No será un intelectual, pero...”


Otros personajes

Los personajes de Fontanarrosa no concluyen, sin embargo, en Inodoro Pereyra o Boogie, el aceitoso. Hay un campo en el que el humorista rosarino brilla tanto como en la historieta: la novela y el cuento. Tres novelas (Best Seller, El área 18 y La Gansada) y ocho libros de cuentos, entre los que se pueden mencionar Los trenes matan a los autores, El mundo ha vivido equivocado, Uno nunca sabe, La mesa de los galanes o el más reciente Una lección de vida, son testimonio de una tarea constante y de un crecimiento como narrador que lo ubica en un lugar destacadísimo de las letras argentinas. Una lección de vida, el último de sus volúmenes de cuentos, nos descubre personajes como el obsesionado profesor Reiner, que ha elaborado toda una teoría para explicarle a su alumno Borzone cómo el Para Ti y otras revistas pudrieron la cabeza de las mujeres; a Susana, la sobrina que visita a su tía moribunda para que le deje el vestido verde de botones forrados; a Tatalo, el alegre botarate que cree salvar a un amigo de la depresión y en realidad lo empuja al suicidio; o a los voraces comensales Pecenti y Basso, que preparan exquisitas cenas con los mejores libros de la literatura universal. Todos ellos, más otros, nos llevan por un universo de ficciones fascinantes donde las costumbres, a la manera como lo hacían Twain o Chejov, son sometidas a una crítica que no por humorística deja de ser menos ácida y corrosiva.


Consultado en una mesa redonda sobre las diferencias entre cuento e historieta, Fontanarrosa contestó: “Las diferencias son técnicas. En la historieta hay que resolver la historia de manera más sintética. Tenés una página y no más. Tenés tantos cuadritos y además debes entregarlos en una fecha concreta.Y eso te apura siempre. Al cuento se lo puede tomar con más tiempo, ir haciéndolo, pensándolo. No tengo un contrato de los que firma Harold Robbins, que recibe un dinero muy importante antes de empezar a escribirlo. Eso es una diferencia. En cuanto a la idea puede ser la misma, contar una situación de conflicto, cómo resolverla o cómo terminarla puede ser lo mismo en el cuento que en la historieta. Lo demás son diferencias técnicas.”
Quino contó en la Feria del Libro que en Cuba le preguntaban por qué el Negro tenía siempre cara de enojado.
“Estaban preocupados y me interrogaban: ‘Está fajado con nosotros’. En realidad, yo creo que él es uno de los que más ha contribuido a la leyenda de que los humoristas somos tristes”, bromeó Quino.
“Todo es de acuerdo con la expectativa que se tenga. Si uno es humorista la gente espera que haga chistes. Si no los hacés, te dicen melancólico”, respondió Fontanarrosa. “Yo melancólico no soy. Soy sí un poco aburrido. Algunas amigas de mi mujer se encuentran a veces con ella y le dicen: ‘Vos sí que te debes entretener un vagón con el Negro.’ Y mi mujer generalmente no encuentra respuestas. O lloriquea”, agrega sabiendo que de inmediato provocará la risa de la gente.
Es lógico que se produzca esa reacción. Pocas formas del humor hacen reír tanto como las que los humoristas practican sobre sí mismos. Es un ejercicio que trasunta inteligencia y refinamiento, dos virtudes que a Fontanarrosa le sobran y gracias a las cuales produce un humor superior, uno de los más potentes de la Argentina.